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LO QUE NO SABÍAS DE...

La directora Laura Jou nos desvela los secretos de 'La vida sense la Sara Amat'

Para simular un orgasmo hicieron que el protagonista, Biel Rossell, pusiera los pies en un cubo con hielo

La responsable del departamento artístico cuenta los problemas de rodar una película ambientada en los 80

Eduardo de Vicente

Laura Jou (a la derecha), con sus dos protagonistas, durante el rodaje.

Laura Jou (a la derecha), con sus dos protagonistas, durante el rodaje. / LUCIA FARAIG

Esta semana se estrena una pequeña joya del cine catalán, una película modesta, humilde pero con mucho corazón que utiliza un tema habitual en la pantalla como el despertar sexual de un adolescente, pero dotada de unos ingredientes muy especiales y una gran sensibilidad. Se trata de La vida sense la Sara Amat, el debut en el largometraje de Laura Jou, una experimentada actriz que se ha dedicado, sobre todo, a formar a niños actores y buena prueba de ello es este filme.

La acción transcurre en los años 80 en un pequeño pueblo donde una chica, Sara Amat, desaparece misteriosamente y todos los habitantes intentan hallarla. No quiere saber nada de sus padres y se ha escondido en casa de un vecino de su edad, Pep, un joven de ciudad que pasa el verano con su abuela y está secretamente enamorado de Sara. Durante esos días compartirán confidencias, leerán libros, su relación será cada vez más estrecha y Pep irá dejando atrás la adolescencia para empezar a madurar.

Pep está pasando el verano en la casa de su abuela en el pueblo. / LUCIA FARAIG

Es una obra delicada, minuciosa en los detalles, que te enamora y que carece de actores conocidos. Sorprende lo creíbles que resultan los niños protagonistas, Biel Rossell y Maria Morera, aunque quizás no deberíamos extrañarnos dada la experiencia de la directora en tratar con pequeños. Decidimos indagar más en las interioridades del filme y para ello nos ayudarán Laura Jou y la directora de arte, Maite Sánchez Balcells. Empezamos por la realizadora.

Biel Rossell y Maria Morera destacan por su espontaneidad. / LUCIA FARAIG

-Un casting de 20.000 niños. “Como los actores de la serie Merlí son alumnos míos les pedí que colgasen en Instagram la convocatoria del casting y, como tienen miles de seguidores, enseguida recibimos unas 20.000 solicitudes lo que nos fue muy bien (excepto para los directores del casting, claro). Ya sé qué tipo de actores tienen las agencias y las escuelas de teatro y no quería niños que actuasen, quería niños muy auténticos porque creía que los podría dirigir como quisiera. Entiendo que un director convencional esté más seguro con un niño con experiencia pero como, justamente, me dedico a esto me daba igual que no la tuvieran”.

Los adolescentes fueron escogidos entre más de 20.000 aspirantes. / LUCIA FARAIG

-Unas colonias para conocerse. “Antes de rodar los niños se fueron con su entrenador a una casa de colonias en medio del campo donde dormían, comían, se explicaban secretos y jugaban. Lo hacían todo juntos pero no tenían el guion, se lo di el último día de rodaje. Les explicábamos muy bien cada escena y sus objetivos detallando cómo era el personaje y acotando el texto que debían decir. Allí ensayaron las secuencias y, ya en Barcelona trabajaban sobre las improvisaciones que habían hecho sobre ellas. Mi labor consistía en ir barriendo hacia el guion, les cambiaba una palabra o una expresión para que se pareciera a lo que había escrito, pero quería que fuera lo más espontáneo posible porque cuando un niño no lo hace bien en una película, por muy bueno que sea el texto, cae en picado. Estaba muy obsesionada en que todo sonara muy natural, muy fresco, muy auténtico”.

Laura Jou tenía muchas vivencias en común con su joven actriz. / SOPHIE KOEHLER

-Trabajando con los protagonistas. “El entrenador Isaac Alcaide se encargaba más del niño y yo, de la niña. Teníamos unos códigos de transparencia emocional, cosas que les habían pasado en la vida nos servían para la película. Curiosamente, teníamos un historial muy parecido entre María y yo y esto fue muy bonito porque confió mucho en mí. Yo había vivido lo mismo que ella, esta necesidad de ser diferente, de no sentirse como las otras, de reafirmarse en sus ideas… esto nos unió mucho. Y Biel también se unió mucho a Isaac y encontraron múltiples paralelismos. Cuando trabajas a fondo, como nosotros, has de entrar en la vida personal de los chicos, hacer puentes. Les decía: esta escena es como cuando le dijiste aquello a tu tía o como cuando te enfadaste con tus padres”.

-Besos para todos. “Biel nos confesó que nunca había besado a nadie y sabía que en la película habría besos y nos pusimos a practicar el juego del morreo. Todos se morrearon con todos. Unos estaban más contentos, otros más tímidos, pero era la manera de que, cuando lo tuvieran que hacer en el rodaje, fuera como una habilidad más. Para que pensaran: “esto lo he ensayado mucho, lo sé hacer, y lo hago”.

Antes del rodaje, Biel Rossell aún no había besado a nadie. / SOPHIE KOEHLER

-Un orgasmo muy frío. “En una escena, Biel tenía que fingir un orgasmo, pero me parecía muy fuerte que un niño de 13 años tuviera que representarlo. No le quería dar esa responsabilidad y pensé que el frío provocaría una reacción muy similar. La manera de hacerlo fue ponerle un cubo con hielo para que introdujera los pies en ese momento… y funcionó”.

La directora de arte, Maite Sánchez Balcells, nos explica algunos detalles más técnicos de la producción del filme y las dificultades para recrear una época pasada.

-Estamos en los 80. "Como la película transcurre en 1981, nuestro primer trabajo consistió en localizar lugares que no tuviesen muchas huellas actuales en vez de escoger el pueblo y luego camuflarlas. Si se tenían que hacer muchos cambios, lo descartábamos. Pese a ello siempre hay elementos inevitables, por ejemplo, el mobiliario urbano. En algunos casos se pide directamente al ayuntamiento si puede retirarlo o disimularlo de una manera discreta. No tapábamos un cartel con otro sino con un toldo, por ejemplo, o con algo que no dijera nada. Consistió, sobre todo, en eliminar información en los exteriores. En esta película intentábamos fijarnos en lo más peculiar de la época. Trabajamos desde la premisa de que antes había muchas menos cosas que ahora. Es el recuerdo que tenemos de cuando éramos niños, y más en un pueblo".

-Los decorados. "Aunque la acción pasa en los 80, en realidad, los decorados tienen que parecer mucho más antiguos. Por ejemplo, la barbería se debía haber construido en los 40 y quizás fue remodelada en los 60. Pensamos muy bien en esto porque es una película que habla mucho del pasado. Los 80 son más bien un deseo, un sitio al que Sara quiere ir, pretende escapar del pueblo porque está estancado en el pasado. También hay que añadir detalles como la cabina telefónica para que nos podamos identificar. Es más difícil, pero siempre hay algún lugar de alquiler especializado en cine donde encontrarlo".

El equipo intentó reproducir la ambientación de los años 80. / LUCIA FARAIG

-El atrezzo. "Hay objetos de los 80 que se conservan en bastante buen estado y se pudieron aprovechar, pero los libros están creados por un diseñador gráfico a partir de los recuerdos que teníamos. En este caso concreto, el niño debía forrarlos, por lo que debían estar impecables ya que representaba que estaban nuevos. A veces se tiene la idea de que en las películas antiguas todo está viejo y destartalado pero cuando se estrenaban, las cosas eran nuevas. Puedes hacer búsquedas en anticuarios pero en otros momentos tienes que rehacerlos para que sean nuevos".

-Y las chuches… "Con las chuches nos pasó lo mismo porque salen pintalabios, que ahora vuelven a estar en las tiendas pero hace un año no estaban. Encontramos un proveedor en Andalucía que nos las envió. Se llamaba Retro Chuches. También cuidamos mucho el tema de las pipas. Los adolescentes de ahora no comen tantas como entonces por lo que tuvimos que ensayar con ellos para que aprendieran a pelarlas con más agilidad. Algunos no sabían ni quitarles la cáscara rápidamente…"

Resultó bastante difícil encontrar chuches antiguas. / SOPHIE KOEHLER