10 ago 2020

Ir a contenido

CRÓNICA DE TEATRO

'Jerusalem', la epopeya decadente del patriotismo inglés

El director Julio Manrique se enfrenta a un exigente éxito del teatro contemporáneo con un brillante Pere Arquillué como protagonista

Manuel Pérez i Muñoz

Un momento de ’Jerusalem’, en el Teatre Grec.

Un momento de ’Jerusalem’, en el Teatre Grec. / ALFRED MAUVE

Si fuéramos ingleses, el nombre 'Jerusalem' nos conectaría rápidamente con una cancioncita popular de William Blake, himno oficioso del país con la capacidad de activar ese simbolismo patriótico entre romántico y mitológico. Este es un sustrato fundamental para entender el éxito internacional de Jez Butterworth del 2009 cuya adaptación es el plato fuerte local del Festival Grec, una de las pocas obras de texto que veremos este año en el teatro al aire libre de Montjuïc.

Justamente la canción 'Jerusalem' abre el montaje, una caricia a capela que nos deja caer en los engranajes grasientos del auténtico motor de la obra, el arrollador Johnny Byron 'El Gallo' (Pere Arquillué), un antihéroe romántico, un Falstaff contemporáneo que vende droga a los adolescentes para sobrevivir, un ser renqueante y por momentos violento que de vez en cuando apunta al cielo para brillar con fantasiosas ocurrencias mezcla de leyenda, lecturas dispersas y delirios anfetamínicos.

'Rave' druídica alcoholizada

En el claro de un bosque no muy lejos del telúrico Stonehenge, 'El Gallo' vive en su destartalada caravana, celebra una permanente 'rave' druídica alcoholizada. Sobre ese refugio iniciático para jóvenes se cierne una amenaza: un inminente desahucio y los planes expansivos de una moderna urbanización. Todo pasa en el Día de San Jorge, en la feria de un pequeño pueblo de la Inglaterra rural lleno de probables 'brexiters', inspiración para la serie 'Little Britain'.

Atrapados en un decadente realismo mágico, los protagonistas parecen más subversivos de lo que la testosterona les permite. Muy inspirado, el director Julio Manrique estira más la comedia que la épica, se mueve resbaladizo entre las densas trampas de un texto lleno de referencias locales hasta encauzarlo por la senda fértil, el trabajo de los actores. Por momentos nos recuerda su crepuscular versión de 'American Buffalo' de Mamet, pero con su mística Butterworth toca más teclas, se eleva con un aire poético sobre ese patriotismo sanguíneo y ramplón.

Volcánico Arquillué

Curtido últimamente en la miseria tóxica de personajes extremos –del 'Blasted' de Sarah Kane a 'Àngels a Amèrica' de Tony Kushner–, Arquillué se vuelca en uno de sus trabajos más complejos. Recompone 'El Gallo' de forma volcánica, rabiosa, y con sus inflexiones más tiernas le da el matiz humano sin el que la obra se hundiría. Entre lo bandarra y lo sublime, actor y personaje brillan en su arrollador destino trágico.

Destaca también Marc Rodríguez, su Ginger –algo así como un Sancho pero a la inversa, crédulo y soñador– parece hecho a medida de esa bufonería de perdedor que borda. Sin papeles femeninos de entidad, los jóvenes Adrian Grösser y Guillem Balart contraponen esperanza y resignación, y las borracheras de Víctor Pi y Albert Ribalta espolean la decrepitud de ese mitificado claro del bosque que podría haber integrado mejor el entorno natural del Grec. Detalles menores en un montaje que responde con pulso a la ambición poética de un texto colosal. Manrique y Arquillué tratan a 'El Gallo' con el fulgor de una milenaria estrella fugaz a punto de desaparecer.

Temas Teatro