ENTREVISTA

Seymour Hersh: "Es más fácil hacer la guerra contra la gente de color"

El gran periodista de investigación estadounidense, que con apenas 30 años descubrió la masacre de My Lai en Vietnam, publica sus memorias

El periodista estadounidense Seymour Hersh, en su despacho. 

El periodista estadounidense Seymour Hersh, en su despacho.  / RICARDO MIR DE FRANCIA

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Seymour Hersh se ha pasado la vida rebuscando en las cloacas del poder estadounidense, un trabajo que le ha servido para convertirse en el periodista de investigación más célebre del último medio siglo. Con apenas 30 años, descubrió la masacre de My Lai en Vietnam y fue el primero en informar de los bombardeos sobre Camboya. Destapó el espionaje de la CIA en suelo estadounidense contra los activistas contra la guerra y la trama del golpe contra Salvador Allende en Chile. Sus artículos sirvieron para que EEUU restringiera su programa de armas químicas. Y, más recientemente, alertó sobre la falacia de las armas nucleares en Irak o dio a conocer las torturas en la cárcel de Abu Graib

A sus 82 años Hersh sigue trabajando en un despacho modesto y caótico del centro de Washington, que sugiere cualquier cosa menos una personalidad metódica. Encima del ordenador tiene una foto burlona de Henry Kissinger comiendo y, en una esquina, su libro manuscrito y nunca publicado sobre Dick Cheney, otra de sus bestias negras. Hersh habla por los codos y cambia de tema a la misma velocidad con la que recupera viejos episodios de su carrera o colorea el relato con un inagotable arcoíris de blasfemias. En España acaba de publicar ‘Reportero. Memorias del último gran periodista americano’ (Península), un gran retablo sobre el periodismo y los trapos sucios de la historia. 

¿Cuántas calles le han dedicado en Estados Unidos?

(Ríe) ¿Está bromeando? No, ninguna. Me siguen poniendo a parir. La última vez, la semana pasada. Todavía se me critica mucho.

Pero usted ha hecho un enorme trabajo de servicio público...

Cuando conseguí la historia de My Lai, tenía también la copia de la acusación contra un hombre que había matado a 109 vietnamitas y, aun así, me costó seis semanas publicar el artículo. Es verdad que presté un servicio público, pero no olvide que también hubo para mí fama, fortuna y gloria. Sabía que, si lo publicaba, tendría una recompensa. 

Ganó el Pulitzer...

Yo crecí en Chicago. Mis padres eran inmigrantes de Europa del Este. En casa no hablaban inglés, sino yiddish. No sabían nada de América. Mi padre murió de cáncer cuando yo tenía 15 años y me hice cargo de la tintorería familiar hasta que fui a la universidad cuatro años después. Allí aprendí algo sobre el mundo. Siendo un niño al frente del negocio entendí que mi vida sería mejor que la del chico negro que planchaba las camisas. Mi piel era blanca, la suya negra. Le digo esto porque la guerra en Vietnam fue una guerra racista. Desde la segunda guerra mundial siempre ha sido así. La excepción fue Clinton en Kosovo. Fue el primer presidente americano en bombardear a gente blanca. Siempre hemos hecho lo mismo. Es más fácil ir a la guerra contra la gente de color. 

"La diferencia entre Trump y el resto es que abusa del poder abiertamente"

Se ha pasado la vida investigando abusos de poder y violaciones de los derechos humanos. Con Nixon, Ford, Reagan, Clinton, Bush, Obama... ¿Qué patrón ha encontrado?

Siempre es lo mismo, nada cambia. Poder y mentiras. El primer mandato siempre está centrado en la reelección. Es lo único que a Trump le preocupa. ¿Qué es para él Venezuela? No le importa nada, pero derrocar a Maduro quizás le daría unos votos en Florida, aunque como se ha vuelto demasiado complicado, ha abandonado la misión. Ahora piensa que, haciendo ruido contra Irán, podría conseguir algo, pero la mayoría de estadounidenses no quieren otra guerra. La única diferencia entre él y el resto de presidentes es que Trump abusa del poder abiertamente. Yo lo describo con un niño de tres años con continuas rabietas. Es como un bebé. 

Imagen de archivo de Hersh / Archivo

¿Prefería a Obama? 

La política de Obama no fue mucho mejor. Daba gusto oírle, pero yo me rendí en el segundo mandato. Mi historia favorita sobre la caza de Bin Laden es cuando dijeron que lo habían enterrado en el mar con una ceremonia islámica. Yo me decía, ¿de verdad quieren que creamos que todos los portaviones americanos tienen un imán a bordo? La prensa estaba desesperada por obtener detalles y les dieron muchos, aunque luego tuvieron que rectificar porque no llevaba encima un kalashnikov, ni miraba pornografía ni leía libros en inglés. 

Está diciendo que hubo muchas mentiras en el relato sobre la muerte de Bin Laden...

Construyeron un relato fantasioso para impulsar la reelección de Obama. Dijeron que habían arrestado a algunas de las mujeres de Bin Laden. Pues, bien, dónde están, nunca más se supo. Los servicios de inteligencia pakistanís hicieron todo el trabajo. Osama era su prisionero de guerra. Lo tenían encerrado en la finca de Abottabad. 

"No hay artículos sensacionales si la historia no es sensacional"

¿Qué hubiera ganado la Casa Blanca inventándose una versión alternativa?

Rompimos el acuerdo que teníamos con los pakistanís. La idea era que lo matáramos, cosa que hicimos, pero no debíamos decir que lo capturamos en Pakistán. Había que decir que murió en un bombardeo con drones en las montañas del Hindu Kush, entre India y Pakistán. 

¿Qué impacto han tenido tantas mentiras en su estima por EEUU? ¿Es usted un patriota o un disidente?

Yo llegué al periodismo por accidente, porque alguien me ofreció un trabajo para ser reportero de sucesos. No tenía conexiones ni había estudiado en Harvard. A los 23 años trabajo de 'freelance' y doy con la historia de My Lai, que me permite meterle los dedos en el ojo a un presidente republicano que odia todo lo que yo defiendo. A cambio consigo fama y fortuna. ¿Quieres que me enfade con mi país? ¿Acaso no soy un estadounidense leal? Se lo dije un día en el Pentágono a un general. Me para y me dice: ‘¿por qué has escrito esa historia?’. Y yo le respondí: “puede que tú tengas tres estrellas y yo no tenga nada, pero mi artículo era cierto y esa es la esencia de este país”. Nadie es más leal hacia este país de lo que yo he sido.

¿No se ve entonces como un disidente al estilo Noam Chomsky?

No, no soy un disidente. Me he encontrado alguna vez con Chomsky y le respeto mucho, es brillante. Pero yo no tengo más que respeto por este país, que te concede unas libertades inmensas. 

"No soy un disidente. No tengo más que respeto por mi país, que te concede unas libertades inmensas"

¿Cómo se las ingenia para encontrar siempre fuentes en el aparato de seguridad, la CIA o el Ejército? 

Hay artículos que podría haber escrito, pero no lo hice para proteger a mis fuentes. Y ellas lo saben. Si he escrito estas memorias es porque no podía proteger a las fuentes de mi libro sobre Dick Cheney, en el que llevaba cuatro años trabajando. A la editorial le ha costado mucho dinero y yo he tenido que renunciar a un contrato de siete cifras. 

Siga, siga...

No le voy a contar mis secretos, pero le daré una versión abreviada de ello. Si eres un general de dos estrellas y te retiras es porque alguien te impidió seguir ascendiendo. Si trabajabas para la infantería no me importas, pero si estabas cerca de las decisiones políticas, eres uno de los míos. Dejo seis meses para que se aburra y entonces aparezco. Otra cosa que hago es seguir los obituarios, que te dan detalles autobiográficos. Esos obituarios me permitieron conocer a la familia de una fuente involucrada en el derrocamiento de (Salvador) Allende. Me enviaba cartas anónimas, pero nunca publico nada a menos que sepa quién es la fuente. Le di las condolencias a su familia y un día me escribió su hija para decirme que su padre guardaba un par de cajas llenas de material. Fue como en las películas, encontré un montón de cosas interesantes. 

En el libro critica las reticencias de los medios, particularmente ‘The New York Times’, a publicar temas que comprometen la reputación de EEUU. 

Ni que lo diga.

¿Son los medios una plataforma de cambio o guardianes del statu quo? 

Dios mío, estoy negro con ‘The New York Times’. Todos los días empujan hacia la confrontación con Irán. ¿Vamos a una guerra? Te aseguro que si hay alguien que no quiere la confrontación es Trump porque es lo suficientemente listo para saber que hundiría sus opciones de reelección. Es completamente irracional nuestra hostilidad hacia Irán.

Sería posible publicar sus historias actualmente...

No. La prensa ha cambiado mucho, no hay dinero. He tenido muchos problemas para publicar sobre Siria, los ataques químicos o la muerte de Bin Laden. Incluso con mis colegas. Te dicen: ‘nosotros publicamos otra cosa, tienes que estar equivocado’ (ríe). Dos años después no hay más historia. Se acaba con las filtraciones interesadas que publicaron la primera semana. Hoy sería imposible publicar en ‘The New York Times’ un artículo crítico con Trump y que sus seguidores se la crean. ¿Por qué? Porque el diario tiene una línea muy clara contra Trump. Viven de sus tuits y no informan de lo que importa, como los profundos cambios que está haciendo en la burocracia. 

"No existe la objetividad. Todo el mundo tiene opiniones personales y no por eso tienes que distorsionar la realidad"

Usted nunca ocultó sus opiniones políticas ni tuvo reparos en defender las causas en las que creía. ¿Confunden algunos periodistas la objetividad con la equidistancia?

No existe la objetividad. Yo soy demócrata, pero el hecho de tener opiniones personales, no quita que vea las cosas desde un prisma profesional y sea capaz de evaluar fríamente los hechos. Len Downie, que fue mánager ejecutivo de 'The Washington Post', pensaba diferente. Creía que el periodista no debe tener opiniones personales. Pero eso es una locura, todo el mundo las tiene y no por eso tienes que distorsionar la realidad. 

La presidencia de Trump se percibe en Washington como una nueva edad de oro del periodismo, semejante a la del 'Watergate'. ¿Por qué no escribe sobre Trump?

Tendría que ver las dificultades que estoy teniendo para publicar. Tuve que ir a Londres y a Alemania para que me publicaran algo. Uno de mis problemas hoy es que soy caro. Se tarda mucho en completar la clase de historias en las que trabajo y los editores acaban cansándose de gente como yo. Y les entiendo. Les dices que tienes una historia importante, que te pasarás seis meses trabajando, que les costará 50.000 dólares y luego tendrán que verificarlo todo, les amenazarán con querellas y perderán subscriptores. Te paras y piensas ¿quién cojones necesita a alguien como yo? Si pudiera, no escribiría sobre Trump, sino sobre lo que hicieron los demócratas después de que ganara. 

¿Habla sobre la supuesta conspiración para hundirle? 

Sí, y tiene mucho de verdad. Primero lo tiene que investigar el Gobierno y luego yo escribiré de lo que la prensa no hizo. 

Sus críticos dicen que se ha vuelto muy conspiratorio, que ha perdido la cabeza...

Hace poco el ‘New York Review of Books’, me destrozó. Decía que soy un gran reportero, pero que mis métodos son horribles, que miento, que amenazo a la gente al teléfono. Y yo pienso, pero ¿acaso se creen que puedes llamar a un ministro, a un general o un veterano de la CIA y amenazarle? No entiendo cómo pueden publicar mierdas de ese calibre. Y luego está la historia de Snowden. Durante mucho tiempo la NSA recolectaba todo fuera de EEUU, pero respetaba las comunicaciones de los estadounidenses. Tras el 11-S cambiaron las reglas. Ahora pueden escuchar todas las conversaciones de los norteamericanos. Snowden se entera de que la recolección ya no discrimina, piensa que es ilegal y lo hace público. Los 50.000 empleados de la NSA sabían desde hace años que se está violando uno de los principios básicos de la Constitución. ¿Cómo me hablan de conspiraciones?

"My Lai quizás sirvió para que la gente se diera cuenta de que nosotros no hacemos la guerra mejor que otros"

El libro es muy periodístico. Casi no habla de su familia ni de su vida fuera del periodismo. Otros hubieran aprovechado para agrandar el mito...

Mi mujer es psicoanalista, tiene una consulta en Washington desde hace mucho tiempo. Un día me llamó Brad Pitt, quería preguntarme algunas cosas para una película sobre periodistas. Se ofreció a venir a mi casa con Angelina Jolie. Yo llamé a mi mujer y se lo dije. Me respondió: ‘¿estás loco? Todo el mundo se enterará, incluidos mis pacientes'. Luego hay otro punto que tiene que ver con la seguridad. Hace años publiqué un artículo en la portada de ‘The New York Times’ acusando a (Manuel) Noriega de haber asesinado a uno de sus principales rivales. Le diré que la historia no me sirvió para hacer amigos entre alguna gente muy dura. 

¿Ha conseguido que se haga justicia con alguno de sus artículos? Porque ni Kissinger, ni Bush o Cheney pagaron nunca por lo que hicieron, por poner algunos ejemplos. 

Parece increíble, ¿verdad? No hay justicia para los poderosos. My Lai quizás sirvió para que la gente se diera cuenta de que nosotros no hacemos la guerra mejor que otros. Creo que el libro sobre Kissinger fue importante, la historia me juzgará más por ese libro que por los otros. Noam Chomsky me escribió diciéndome que era el mejor libro sobre política exterior contemporánea que ha leído. 

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¿Cómo le gustaría que le recordarán? 

Y a mí qué me importa. A los estudiantes de periodismo siempre les digo dos cosas: hay que leer antes de escribir y debes quitarte de en medio para dejar sitio a la historia. No hay nada sensacional en un artículo si la historia no es sensacional. 

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