29 sep 2020

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HOTEL CADOGAN (2)

El gran amor de Graham Greene

El escritor se retiró a Saigón a escribir 'El americano impasible' poniendo tierra de por medio a su relación con una amante

Olga Merino

El escritor Graham Greene.

El escritor Graham Greene. / CAMERA PRESS / KARSH

Si a Oscar Wilde lo detuvieron en la habitación 118 del Cadogan, en Londres, Graham Greene se atrincheró durante largas temporadas, entre 1952 y 1955, en la número 214 del Hotel Continental Saigon, en la rebautizada Ciudad Ho Chi Minh. Un placa de latón lo recuerda en el pasillo del segundo piso: “El famoso escritor británico Graham Greene se alojó en esta habitación mientras escribía su novela ‘The Quiet American’”, ambientada en la Indochina del ocaso francés, cuando el Tío Sam comienza a hacer de las suyas para detener el avance del comunismo.

Ignoro si desde la ventana del cuarto alcanzaba a ver el Mekong, pero pongamos que sí, que el escritor atisbaba tras los cristales los meandros turbios del río, en cuya orilla aparece muerto el joven Alden Pyle, el agente encubierto de la CIA. Por unos segundos, el escritor contemplaba el Mekong con sus ojos azulísimos (“como los de un husky siberiano”, a decir de su biógrafo) y regresaba enseguida a la concentración en sus cuartillas, 300 disciplinadas palabras cada mañana. Ya habría tiempo después para el despacho de la correspondencia, el paseo y el Glenfiddich, su whisky favorito. ¡Ah, el hábito! Nada se construye sin él.

Acabó sus días en Antibes

Greene se retiró a Saigón a escribir 'El americano impasible', resuelto a poner tierra de por medio para sobreponerse a un gran amor, la tortuosa y prolongada relación que mantuvo con la norteamericana Catherine Walston, una dama rica, inteligente, liberal y, sobre todo, casada. En realidad, ambos lo estaban con sus respectivos cónyuges. A la bella Catherine dedicó, con un discreto “A C.”, la espléndida novela ‘El final del affaire’ (1951), que acaba de reeditar Libros del Asteroide. Qué digo espléndida; es la mejor novela de Greene.

El aclamado autor acabó sus días en Antibes, en la costa Azul francesa, junto a otra señora que nunca llegó a divorciarse del exmarido: Yvonne Cloetta. Greene, que de jovencito jugaba a la ruleta rusa con la pistola del hermano, tenía querencia por las situaciones al límite, y solía repetir que el peligro es la cura del aburrimiento. Algo debía de tener el caballero británico, desde luego. Hasta la superagente Carmen Balcells llegó a confesar al periodista Xavi Ayén que Graham Greene fue “el único escritor que he representado del que me he enamorado”. Ooops, qué gran historia.