05 jun 2020

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CRÓNICA

Rammstein, fantasía totalitaria en Cornellà

El grupo alemán convirtió el RCDE Stadium en un escenario apocalíptico en la presentación de su nuevo disco homónimo, el primero que publica en una década

Jordi Bianciotto

Till Lindemann en el concierto de Rammstein en Cornellà.

Till Lindemann en el concierto de Rammstein en Cornellà. / FERRAN SENDRA

Antes de que Rammstein saliera a escena sonó música clásica con pompa y fanfarria, preludio de la gran batalla. Una secuencia de calma tensa, con las primeras y graves notas de 'Was ich liebe', y el estadio en expectante silencio, que recordó aquella escena de 'Titanic' en que, con el transatlántico ya partido en dos y encaramada a la barandilla de la mitad que seguía a flote, clavada sobre el océano, Rose le preguntaba a Jack, aterrorizada: "¿Qué va a pasar ahora?".

Pues la gran hecatombe: primera explosión, salva de bienvenida, y esa canción del flamante álbum ‘Rammstein’ (el primero con material nuevo en una década), cayendo a plomo sobre las 35.000 personas que hace meses agotaron las entradas del RCDE Stadium, de Cornellà, única actuación del grupo no solo en España sino en todo el sur de Europa (la gira peina el continente en su franja norteña, de París a Moscú). Lírica romántico-catastrofista: "Todo aquel que me ame morirá / Aquello que yo ame debe morir / Debes pagar por todo lo que es hermoso".

Disfrutando de la alienación

Altas torres escupiendo humo negrísimo como siniestras chimeneas, dando al recinto un aire de campo de concentración que haría suspirar de emoción a Leni Riefenstahl. Hay que ver cómo nos pone la estética totalitaria, aunque sea para denunciar su fondo ideológico. Los músicos, marcando el paso como en un desfile militar, en un cuadro de película pos-apocalíptica, con grandes turbinas de central nuclear obsoleta. Un primer clásico: 'Links 2-3-4', haciendo rugir a las masas, y el nuevo álbum casi al completo (nueve de las once canciones), con el dramatismo de 'Tattoo' y los coros sobrenaturales de 'Zeig dich'.

Tremendismo pasado de rosca, sí, y sentido del humor: ¿cómo sino puedes tomarte en serio un 'show' en el que ahora sacan una carromato del que salen altas llamaradas, luego un enorme caldera, y un cañón, y hay más explosiones, y más lenguas de fuego y cohetes que cruzan el estadio y encienden la mecha en lo alto de las torres como el disparo de Antonio Rebollo al pebetero de Barcelona-92? No hay un liderazgo icónico en el grupo, ni siquiera el del cantante, Till Lindemann, cuya presencia resulta engullida por el conjunto del espectáculo. Imaginería de lo que podría ser el mundo si todo saliera mal, que te hace volver a casa suspirando de alivio.

En la estela de Kraftwerk

'Riffs' metaleros como dagas (celebrada 'Heirate mich', de su primer disco), en alianza con la electrónica gruesa, y un llamativo viraje hacia Kraftwerk en el 'mix' de 'Deutschland'. Fue el momento con menos hierro, autoparódico incluso, cuando los miembros del grupo bailaron convertidos en esqueléticas figuras de neón. De ahí a una de nuevas bombas, 'Radio', celebrando el subgénero industrial-pachanga (imagínensela sin guitarras metaleras), y las cargas de profundidad construyendo el clímax: 'Du hast', 'Sonne', 'Ohne dich'.

Un último 'gag', cuando para regresar del pequeño escenario en el que tocaron 'Engel' (con el Duo Jatekok, las dos pianistas francesas que actuaron como teloneras), los músicos embarcaron en lanchas hinchables que recorrieron la pista del estadio sustentadas por los brazos en alto del público (algo así hizo David Lee Roth hace tres décadas en el Palau d’Esports, aunque sobre una tabla de surf). Otro momento de feliz disparate previo a las últimas andanadas, como esa loa a la cópula exprés titulada 'Pussy', y las definitorias 'Rammstein' y 'Ich will': "quiero que confíes en nosotros / quiero que nos creas…". Nada deben temer: el círculo de confianza continúa.