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LA 72ª EDICIÓN DEL FESTIVAL DE CANNES

Oliver Laxe: "Hacer una película tiene que doler"

El premiado director gallego nacido en Francia presenta en el festival su tercer largometraje, 'O que arde', retrato de un hombre pirómano

Nando Salvà

El director Oliver Laxe, tras la presentación de O que arde en el festival de Cannes

El director Oliver Laxe, tras la presentación de O que arde en el festival de Cannes / AFP / LOIC VENANCE

Su primer largometraje 'Todos vosotros sois capitanes' (2010), obtuvo en Cannes el premio FIPRESCI; el segundo, el wéstern 'Mimosas', se alzó aquí con el triunfo en la Semana de la Crítica. Hoy regresa al certamen para presentar el tercero, 'O que arde', retrato de un hombre que vuelve a casa de su madre, en la Galicia rural, tras cumplir condena por provocar un incendio.

Sus dos películas previas fueron premiadas en este festival. ¿Qué sensaciones tiene respecto a la tercera?
Estoy tranquilo, he hecho la película que quería hacer. Es muy curioso que aquí, en Francia, la gente que te encuentras te felicita por el mero hecho de haber sido seleccionado. En España, en cambio, te desean suerte, como si venir a Cannes no tuviera valor a menos que ganes el premio, o como si no ganarlo significara un fracaso. Hay 40 películas en la sección oficial además de la mía, que es muy chiquita. El mero hecho de estar aquí es un milagro.

¿Qué le interesó de hacer una película alrededor de la figura de un pirómano?
Galicia es una de las zonas de Europa con mayor índice de incendios. Y la mayoría son provocados, pero solo un 3 por ciento de quienes los provocan son considerados pirómanos. Sea como sea, la figura del pirómano es una de las más demonizadas de la actualidad. Y cuando toda la sociedad se pone en contra de alguien, yo sospecho. Soy de naturaleza muy tolerante. Yo no diría que es una película sobre la piromanía pero, al menos tangencialmente, la idea era sugerir que los incendios responden al mito del progreso y a este tiempo tan histérico que ha hecho que el mundo rural sea abandonado.

¿Cómo se rueda un incendio tan espectacular como el que aparece en la película?
Tuvimos que recibir entrenamiento físico y teórico de bomberos. Al principio no sabíamos si las lentes de la cámara se fundirían, o si los bomberos nos dejarían filmar. Con el tiempo nos ganamos su confianza y su respeto. El de 2018 resultó ser el verano con menos incendios en la historia reciente Galicia en muchísimo tiempo, y eso nos puso en una situación paradójica: estábamos tristes. Que no hubiera incendios era bueno para Galicia pero malo para la película.

¿Qué ha significado para usted rodar en Galicia por primera vez en su carrera?
Yo nací en Francia pero mis padres son gallegos. Rodamos en la aldea de mi madre, Vilela, en los Ancares lucenses, que son poco más que cuatro casitas. Mi primer recuerdo del lugar es de cuando tenía 4 años. Cuando veníamos en verano de vacaciones teníamos que bajar por un camino de cabras. Para mí era como alcanzar otro mundo, en el que la gente vivía sometida a la naturaleza, aceptando humildemente lo pequeños que eran frente a ella. Esa actitud vital siempre me marcó.

Pasó 10 años viviendo en Marruecos y ahora se ha instalado en Galicia. ¿Siente haber vuelto a casa?
Un cineasta está siempre fuera. Somos extranjeros, 'outsiders'. El cine nos sirve un poco para adaptarnos, para desandar ese camino de inadaptación y conocernos a nosotros mismos. Y para pedir amor. Madurar consiste en entender que no hace falta hacer películas para tener ese amor.

¿Significa eso que, cuando alcance la madurez, dejará el cine?
Mi proyecto vital está relacionado con el desarrollo rural del área que aparece en la película. Me quiero ocupar de eso. Las películas a veces me hacen sentir como un niño que juega con cochecitos. Creo que hacer una película tiene que doler, yo no sé hacerlas con comodidad. Y eso, por otra parte, cansa. Y no quiero seguir rodando una vez que ya esté cansado. Cuando mis películas respondan menos a una necesidad personal van a ser menos viscerales, tendrán menos verdad.