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EL COLOFÓN DE UN GRAN FENÓMENO AUDIOVISUAL

'Juego de tronos': Daenerys, del terror rojo, al terror blanco

La gran serie de HBO se despide con fans soliviantados por un cruce de cables de su heroína no tan imprevisible

Ernest Alós

Emilia Clarke, como Daenerys, en el último episodio de ’Juego de tronos’. 

Emilia Clarke, como Daenerys, en el último episodio de ’Juego de tronos’.  / HBO

'Juego de tronos' acabará el lunes con la madre de todos los 'spoilers', el desenlace de la 'Canción de hielo y fuego'. Llega a su fin con sus seguidores provisionalmente soliviantados por la transformación de Daeneys Targaryen en psicópata culpable de crímenes contra la humanidad. Sobre cómo los troneros se han hecho suya la serie hasta el punto de irritarles que su heroína no cumpla el destino que cada uno de ellos ha imaginado, olvidando que romper las expectativas creadas con un chasquido de dedos ha sido para George R. R. Martin un arma más socorrida y efectiva que el fuego de dragón, Pep Prieto decía este sábado todo lo que se debe decir en estas páginas. Un pero, Pep: que a la pretendiente nacida en la tormenta se le crucen los cables y le salga el ramalazo genocida no debería entrar en la categoría de las sorpresas. ¿Qué serie habéis estado viendo, criaturas?

Daenerys Targaryen, a lomos de un dragón.

Y quien dice criaturas dice Pablo Iglesias y sus fantasías insurgentes cuando la madre de los dragones se dedicaba a liberar esclavos. Que estamos hablando de una señora obsesionada por recuperar un trono que merece por ser hija de quien es. Nacida en una familia real con más consanguineidad que los Austrias o los Borbones, de los que salió aquel Felipe V que ordenó al duque de Berwick que dejara de Barcelona solo un monolito para celebrar su triunfo. Claro que el rey Sol, en modo Twyin Lannister, le dijo a su mariscal que no le hiciese caso al sonado de su nieto, que matanzas, las justas y necesarias, y sin arruinar la propiedad urbana. Lo de que las estirpes de sangre noble y pura garantizan el surgimiento de un legítimo heredero de comportamiento heroico, depositario de todas las virtudes y salvador del mundo es puro Tolkien: y Martin, como otros renovadores de la fantasía épica, facción cínica, han venido a bailar sobre la tumba de Aragorn.

Cosas de reyes locos

A Daenerys la han tenido que frenar más de una vez, a veces con éxito y a veces sin, cuando la moneda le ha caído del lado genocida en lugar del benefactor (no descartemos redención en el último capítulo, por si acaso). ¿Esa orden leninista de asesinar a todos los mayores de 12 años de las familias de los amos de Astapor? ¿Esa crucifixión neroniana de los maestros de Mereen? ¿Ese churruscamiento innecesario del padre y el hermano del simpático Sam? Ya sabemos que el terror rojo, de la guillotina a la revolución de octubre, siempre 'a fi de bé', ha tenido mejor prensa que el terror blanco reaccionario y monárquico. Pero es que Daenerys también ha tenido momentos dignos de las hordas mongolas en que se inspiran los dothrakis. ¿No hacía cara de 'este es mi chico' cuando Khal Drogo proclamaba "mataré a los hombre de trajes de hierro y derribaré sus casas de piedra, violaré a sus mujeres y esclavizaré a sus hijos"? Unos episodios después ella refrendaba palabra por palabra la promesa (sin la parte de violar y esclavizar, eso sí).

Que una estirpe pura garantice virtudes heroicas es propio de Tolkien,
no de Martin 

Así que de transformación inesperada, nada de nada. Eso sí. A los escritores se les puede reprochar que el elogiado empoderamiento femenino haya acabado con una reina histérica cuando sus mansplainneros consejeros masculinos no la reconducen (desliz que solo Arya y Sansa pueden corregir esta madrugada) y que hayan metido la directa, así en general: los cinco libros ya escritos por Martin han dado para seis temporadas. Y parece que de los dos que aún nos debe Martin, 'Vientos de invierno' y 'Sueño de primavera', el sexto habrá cundido una temporada y media y el último se lo planchan en dos capítulos, y sin diálogos de Martin que transcribir literalmente (y se nota).

Que la serie se haya convertido en un masivo 'spoiler' de los libros no escritos no es banal. Cuando la ficción serial ha entrado en mansalva en el mundo del libro en busca de ideas se ha producido una simbiosis en la que Juego de tronos marca un giro inquietante; el libro pasa de ser la inspiración a un producto secundario de lo audiovisual. Hay más señales: J. K. Rowling renunció a publicar una precuela o secuela de los libros de Harry Potter para dedicarse a la novela social y negra (mejor la segunda que la primera). Eso sí, como desahogo creativo. La secuela de Harry Potter ha sido una obra de teatro y la precuela, como demuestran cada vez más las películas de 'Animales fantásticos', existe. Eso sí, Rowling no se tomó la molestia de dedicar una década a escribirla: para qué, donde hay el dinero de verdad basta con dibujarles la trama a los guionistas.

Igual que esta madrugada aún hay margen para que Benioff, Weiss y Martin (que amenazó con un "final agridulce") satisfagan o no a sus fans, el escritor tiene la oportunidad de resarcirse con 1.500 páginas que salven el honor de la letra impresa. Aunque al ritmo que lleva, el reto será más difícil que desescombrar el cataclismo que nos han dejado.