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CITA CON EL METAL EN BARCELONA

El gran aquelarre de Metallica

La banda californiana lució su buen momento con un concierto aplastante en el Estadi Olimpic en el que recorrió sus clásicos metaleros con citas a su último disco, 'Hardwired... to self-destruct'

Jordi Bianciotto

James Hetfield y Kirk Hammett, de Metallica, durante el concierto en el Estadi Olímpic.

James Hetfield y Kirk Hammett, de Metallica, durante el concierto en el Estadi Olímpic. / FRANK VINCENT

Fueron linchados por los fans cuando criticaron las descargas de internet, airearon sus miserias en un documental en modo 'de perdidos al río' y se les dio por acabados varias veces, señal de que no lo estarían tanto. Ahí están los cincuentañeros chicos de Metallica, viviendo una segunda juventud y llenando los estadios que les resultaron demasiado grandes en la primera. Como el Olímpic, que cayó este domingo a sus pies en una exhibición de metal que tres décadas atrás era extremo y que ahora es simplemente rock para todos los oídos, violento y épico.

Metallica vive la etapa más próspera de su historia, desde que allá por 1981 procedió a ensanchar los límites del 'heavy metal' en su Los Ángeles natal. La razón: una obra, 'Hardwired… to self-destruct' (publicada a finales del 2016), con la que el grupo saca pecho tras un ciclo discográfico perezoso y de medias tintas, y la incorporación de una nueva generación de público que desea rendir honores a los gigantes. Asistencia récord de Metallica en Barcelona, 52.000 personas, en una noche de furia, ceremonia y fuego. La primera de las tres citas de estadios de esta temporada: le seguirá, en Cornellà, otra atracción metalera, Rammstein (1 de junio), y en el mismo Olímpic, el joven astro pop Ed Sheeran (7).

'Show' multiplicado

Un año y tres meses después de reconquistar el Palau Sant Jordi, la banda vino en segunda vuelta con un 'show' corregido y aumentado, con quirúrgicos cambios de repertorio para sorprender a la clientela. Consumado el pase previo de la banda sueca Ghost, con un metal más accesible de lo que su ultramontano aspecto da a entender (y llamando a las puertas de Belcebú, Satanás y Lucifer en uno de sus hitos, 'Year zero'), la tradicional sintonía de bienvenida de Ennio Morricone ('El bueno, el feo y el malo') puso el pórtico a la primera andanada: 'Hardwired', escupida por James Hetfield en un escenario enmarcado por una piel ondulante de pantallas de vídeo.

Aunque 'The memory remains', con imágenes de Marianne Faithfull (que puso coros en la versión original, de 'Reload', 1997), trajo cierta contención de energía, un 'Ride the lightning' a tumba abierta, con urgente solo de Kirk Hammett, regaló los oídos de la afición más 'hardcore'. Hetfield nos había avisado, saludando a la "familia Metallica" con complicidad. "Hoy tocaremos un poco de material viejo para vosotros". Sí, aunque el último disco sea a coartada de la gira, vamos a lo que vamos.

Regreso a la pesadilla

Pero era difícil pronosticar el siguiente rescate: 'The things that should not be', del álbum 'Master of puppets' (1986), con su imaginario de pesadilla y sus guiños a la literatura de H. P. Lovecraft, entre cruces y lápidas que asomaban en las pantallas de fondo rojo. Metallica 'on fire', en su versión más cavernosa, saltando luego a la era del 'Black album' (1991), el disco del fenómeno 'mainstream', con el medio tiempo de 'The unforgiven'. Hetfield cruzó la pasarela para acercarse al público (en particular, al del Gold Circle, acomodado a pie de escenario) y presentar dos canciones del último disco: 'Here comes revenge' y 'Moth into flame', esta última en torno a la adicción a la fama y envuelta en aparatosas llamaradas que fueron muy bienvenidas en la fría noche de mayo.

El sentido de la comunidad, ese clásico del universo 'heavy', fue destacado por Hetfield, que siguió refiriéndose a su gente como una familia y aseguró que "Metallica es un grupo agradecido", apelando a los "38 años" de ruta y poniéndose la mano en el corazón. El público de Metallica será muy fan de los sonidos duros, pero hay que ver lo bien que recibe el melodioso sonido de la guitarra acústica: por ejemplo, tras 'Sad but true', en la introducción de 'Fade to black', que fue acogida con una sentida ovación.

Homenaje al "rey" Peret

El siniestro viaje a los 80, con su crescendo dramático, condujo al momento de distensión de la noche, allí donde Metallica vacila a la afición de cada ciudad con el guiño a un éxito local. No hubo sorpresas: como el año pasado en el Sant Jordi, Robert Trujillo anunció un homenaje "al rey de la rumba catalana", o sea, Peret, con un asalto a 'El muerto vivo' (composición del colombiano Guillermo González Arenas) compartido con la guitarra de Hammett.

Un solo de bajo (imágenes del llorado Cliff Burton) condujo a un 'Frantic' un tanto histérico y al himno antibelicista 'One', y de ahí a ese cementerio de Arlington hecho canción llamado 'Master of puppets'. Metallica ferozmente sensibles a la tragedia de la guerra, con ‘For whom the bell tolls’, Hemingway mediante, haciendo sonar sus avisos a la humanidad camino de 'Creeping death' y 'Seek & destroy'. Y un bis en el que a través de 'Lords of summer' (si el viernes, en Madrid, mostraron ahí la bandera española, en el Estadi eligieron la de Barcelona) y 'Nothing else matters'  llegaron hasta 'Enter sandman': el homenaje a los terrores nocturnos que se llevó las listas por delante en 1991 y que demostró que la música del lado oscuro podía fascinar a multitudes.