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CRÓNICA

Sibelius con Clara-Jumi Kang

Nuevo triunfo del ciclo de Camera Musicae en el Palau

Pablo Meléndez-Haddad

La Orquestra Simfònica Camera Musicae, con la violinista Clara-Jumi Kang, en el Palau de la Musica, el pasado domingo.

La Orquestra Simfònica Camera Musicae, con la violinista Clara-Jumi Kang, en el Palau de la Musica, el pasado domingo. / MARTÍ E. BERENGUER

Después de pasear el programa por auditorios de Lleida y Tarragona, la Orquestra Simfònica Camera Musicae continuó con su ciclo en el Palau de la Música Catalana esta vez con dos obras de máxima exigencia, el 'Concierto para violín' de Jean Sibelius y la 'Octava Sinfonía' de Antonin Dvorák. En la primera actuó como solista la violinista Clara-Jumi Kang -en reemplazo de la previamente anunciada Esther Yoo-, dando vida con gran éxito al único concierto para instrumento solista del genio finlandés, de fuerte carga posromántica y de extrema dificultad técnica para el virtuoso que pueda con él.

La joven intérprete coreana, de larga trayectoria al contar con un pasado de niña prodigio y a pesar de incorporarse a los ensayos en último momento, deslumbró con su actuación gracias a su pericia, a su virtuosismo y a su gran expresividad, atacando sin problemas esas escalas indomables, los trinos eternos, las notas dobles y la comunión con la orquesta que exige la complicada obra de Sibelius. La orquesta, bajo las órdenes de su titular, Tomàs Grau, supo brindarle el apoyo y la complicidad necesarias para que la intérprete estuviera siempre segura.

Con un 'allegro moderato' en el que se la vio siempre a punto, el romántico 'Adagio di molto' (que incluye guiños incluso a la poética de Wagner) fue uno de los momentos más conseguidos de la velada, con adecuados contrastes y un lirismo emocionante, desembocando en ese 'allegro ma non tanto' que no da tregua a la solista y que Kang dominó con energía y sin perder fuerza expresiva. El abrupto final vino coronado por una ovación por parte de un público muy concentrado que supo apreciar tanto talento; la calurosa reacción provocó que la violinista regalara una propina sensible y emotiva.

En la 'Octava Sinfonía' de Dvorák hubo pasión en la entrega, tanta como pulcritud en los solistas, con flautas, oboes y clarinetes brillantes. Aunque se escucharon algunos compases dubitativos en cuanto a acción de conjunto, el equilibrio general en la lectura por parte del maestro dejó una magnífica impresión, con un trabajo que diferenciaba adecuadamente los planos sonoros, alcanzando los clímax con los contrastes adecuados. Las fanfarrias de las trompetas que abren el 'allegro ma non troppo' del final contaron con la protesta espontánea de un niño al que tuvieron que sacar de la sala. En este ciclo vespertino se ven muchos niños pequeños, siempre de comportamiento intachable salvo por este crío que demostró ser más fan de Sibelius que de Dvorák.