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ENTREVISTA

Toti Soler: "A las nuevas voces les falta un poco de pimienta"

El guitarrista y la cantautora Gemma Humet presentan en el Auditori 'Petita festa', su primer disco conjunto

Jordi Bianciotto

Toti Soler  y Gemma Humet.

Toti Soler  y Gemma Humet. / EL PERIÓDICO

Toti Soler, cómplice durante largos años de Ovidi Montllor, autor de clásicos de la canción catalana como el álbum ‘Liebeslied’ (1972) y guitarra exquisita abierta a la colaboración, reaparece este domingo de la mano de Gemma Humet, con quien firma a medias el disco ‘Petita festa’. Una cita enmarcada en el festival Barnasants (Auditori, sala 3, 19.00 horas).

Este disco, ¿es tanto una presentación como la culminación de su ciclo con Gemma Humet?

Sí, Gemma y yo comenzamos a colaborar hace ocho o nueve años, cuando ella tenía 21. Desde entonces la he ido incorporando en alguna canción de cada disco mío, hasta este que firmamos a medias. ¡Y tenemos para rato!

Aunque se le reconoce por su labor con Ovidi Montllor, ha trabajado asiduamente con voces femeninas, desde Jeanette en los tiempos de Pic-Nic hasta Sílvia Pérez Cruz. ¿Hay alguna cualidad en las voces de mujeres que explique esa inclinación?

Es cierto que he trabajado con muchas mujeres: Pat Baptiste, Ester Formosa, Llúcia Vives… Y ahora, Gemma. Pero lo importante de un cantante es la actitud, más que ser mujer u hombre. Si canta con la intención adecuada, no hay ningún problema. Gemma canta como un trueno: tiene voz, presencia, conciencia y conocimiento de la historia, lo cual es muy importante. Y además de cantante, es muy música, dos cosas que no siempre van juntas. Hay cantantes que pueden tener calidad, pero no el conocimiento musical que tiene ella.

¿Fue el caso de Ovidi?

Él no tenía un conocimiento musical, pero eso no le impidió hacer canciones preciosas, sobre todo letras, con una conciencia social absoluta. Venía de un entorno humilde, obrero, y tenía claro lo que era ser pobre y luchar por las condiciones básicas de las personas.

Para titular el disco ha elegido ‘Petita festa’, la canción basada en un poema del chino Li Bai, del siglo VIII, que grabó hace décadas en ‘Liebeslied’. ¿Por qué?

Li Bai fue un poeta chino importante, que perteneció a un grupo llamado ‘los poetas del vino’, a los que les gustaba beber. Lo descubrí a través de mi padre, de un libro de adaptaciones de Marià Manent, ‘L’aire daurat’, con adaptaciones al catalán, no traducciones literales, de sus poemas.

El mensaje del poema es más bien desolador.

De soledad absoluta. Explica la historia de un hombre que está en una barca, después de haberse tomado algunas copas, ve entonces la luna reflejada en el río y se lanza para abrazarla, ahogándose. Pero ‘Petita festa’ es mi realidad desde hace muchos años: yo vivo en un pueblo muy pequeño del Baix Empordà, y estoy muy tranquilo ahí, en una soledad casi absoluta. Tengo familia, mi hijo, mi hija, y nietos, y amigos, pocos, porque siempre se tienen pocos que sean fieles, pero básicamente vivo solo. Y no lo digo con pena: necesito esa soledad para hacer mi vida y mi música. La soledad no me da miedo. ‘Petita festa’ es una muestra de mi vida. Mi padre también la musicó.

Su padre, Jordi Soler Bachs, médico.

Médico y, sobre todo, ingeniero: inventaba aparatos, e inventó el primero de España para hacer electro-encefalogramas. Yo le hice de ayudante muchas veces: fui con él a menudo a poner electrodos a pacientes de Sant Boi, a Pere Mata, en Reus, o al Clínic. A la vez era un enamorado de la música y de la poesía; un humanista. Le debo mucho.

Él le descubrió los poemas de Joan Vinyoli que adapta en este disco.

Tenía una amistad con Vinyoli, y adaptó doce poemas de su libro ‘De vida i somni’. Un disco que ya no se encuentra, del que se hizo una tirada muy pequeña. Canciones líricas, influidas por Schumann, Debussy… En algunas adaptaciones le ayudó Gaspar Cassadó, uno de los grandes violoncelistas catalanes, totalmente olvidado, quizá tan bueno como Pau Casals, aunque sin sus manifestaciones patrióticas. Eso ha ocurrido con muchos músicos de aquí: tenemos una tendencia a olvidar a nuestros artistas, a diferencia de Francia u otros países. Aquí no hay memoria artística. La gente no sabe quién fue Miquel Llobet, apenas sabe quien fue Mompou, que era un músico de una dimensión espectacular… Y otros muchos. Podríamos hacer una lista. Y bien, mi padre tocaba el violoncelo, pero también la viola de gamba en Ars Musicae, una agrupación dirigida por Enric Gispert que tocaba música del Renacimiento, música antigua. Grabaron un disco con Victoria de los Ángeles, y posteriormente entró en el grupo Jordi Savall. Gispert fue quien acogió a Raimon cuando vino a Barcelona siendo un desconocido, y uno de los fundadores de Edigsa. Una de esas figuras que quedan en la sombra, pero que han hecho mucho por la música.

En el disco incluye un ‘Liebeslied’ distinto del suyo: con música de su padre adaptando el texto de Vinyoli.

Sí, no la había grabado en ningún disco. Cuando hablábamos de ello, coloquialmente, en las sobremesas, mi padre siempre decía que su ‘Liebeslied’ era mejor que el mío, y es cierto que al mío yo le veo unas connotaciones muy  Simon & Garfunkel que no me gustan mucho. En cambio, con ‘Petita festa’ estábamos de acuerdo en que mi adaptación musical era mejor que la suya. Yo hice estas canciones cuando era un crío, tenía 15 o 16 años. ‘Petita festa’ la grabé cuando todavía estaba en Pic-Nic, con la Orquesta de Radiotelevisión Española, en el enorme estudio de Hispavox en Madrid, para un ‘single’ que en la cara B tenía ‘Tot mentida’, de Joan Vergés. La grabamos con un aire alegre, ligero, con dirección de Rafael Trabucchelli, que era quien nos hacía los arreglos para Pic-Nic copiando un poco a Peter, Paul & Mary.

Culmina el disco una selección de cuatro canciones francesas: de Léo Ferré, Georges Brassens, Jacques Brel y Boris Vian. Con Ferré llegó a trabajar, ¿cómo recuerda la experiencia?

A Ferré le tengo un cariño especial porque tuve la suerte de grabar un disco con él. En la última época de su vida, Ferré vivía en el pueblo de Castellina in Chianti, en la Toscana, y Ovidi fue a verlo y a llevarle todos sus discos. ¿Y quién tocaba en ellos? Pues yo, claro. Así que Léo Ferré me conocía. Cuando en 1980 vino a dar tres conciertos al Palau, compré entradas para los tres días. Yo lo escuchaba desde adolescente por mi padre. Al terminar el primer recital fui a verle al camerino. Él abre la puerta y me suelta: "Yo a ti te conozco y quiero grabar un disco contigo". Me quedé de piedra. Fue gracias a Ovidi. Y me dijo: "Mañana tráete la guitarra; no para hacerte una prueba, ¿eh?, está clarísimo que haremos un disco; solo tráela porque lo pasaremos bien". Y el segundo y tercer día toqué con él en el Palau. A mí, Ovidi me trató siempre muy, muy bien, pero cómo me trató Ferré fue algo fuera de serie. El respeto que me demostró…

¿No iba de divino?

En absoluto: un hombre sencillo, auténtico, con un humor muy especial, porque cuando se enfadaba, se enfadaba. Conmigo tuvo una ternura, una calidad que nunca he visto, tanto aquí como cuando fuimos a Milán a grabar el disco, un triple álbum que ahora existe como doble CD, ‘Ludwig-L’imaginaire-Le bateau ivre’ (1982). Cuando un tiempo después tocamos en la plaza de la Catedral, hizo una pieza dirigiendo la orquesta (la OCB, Ciutat de Barcelona) sin cantar, para que yo pudiera lucirme. Esto es muy grande. Los de la orquesta no se lo tomaron del todo bien.

¿Ve a Ovidi Montllor como alguien muy influido por Ferré?

Sí, era un enamorado de Ferré, pero yo diría que estaba influido por la canción francesa en general. Había también mucho de Brassens en Ovidi. Esas canciones antiguas, como ‘La samarreta’ o ‘Les meves vacances’, todo eso suena a Brassens. Aparte, Ovidi era un actor. Yo, las cosas más bonitas que hice con él, fueron de poesía, que es lo que menos conoce la gente. Teníamos once montajes poéticos, ‘Deu catalans i un rus’, donde el ruso era Maiakovski. Para mí, lo más grande que hicimos fue ‘Coral romput’, de Vicent Andrés Estellés, una serie de poemas recitados con música en buena parte improvisada y que dura una hora y veinte minutos. Allí se nota al Ovidi actor, que para mí era lo máximo. Cuando decía poesía, nadie pensaba que estuviera diciendo poesía, no hacía cantinelas: te contaba algo de verdad.

De Brassens, Gemma Humet y usted adaptan al catalán su clásico ‘La chanson pour l’auvergnat’.

Es la canción del agradecimiento. En la segunda guerra mundial, los franceses de un pueblo estaban obligados a ir a unos campos de trabajo de los alemanes, y un día Brassens se cansó y se escondió en casa de unos campesinos, que le protegieron.

Como autor de canciones tenía el don de la sencillez.

Un don extraordinario. Como letrista, era de lo más inteligente que he oído. Tan sencillo y divertido y a la vez tan penetrante, llegando al fondo de las cosas. Ferré representaba una poesía complicada, y era un músico: Brasssens no, era sencillo.

Este disco sigue la tradición de la ‘nova cançó’ de contribuir a divulgar la poesía, empezando con Raimon y sus adaptaciones del ‘segle d’or’ y Espriu.

Por supuesto. Cuando yo empezaba, hacia 1965, tocaba en un conjunto bastante malito, Els Xerracs, e íbamos a aquellos festivales con gente como Raimon y miembros de Els Setze Jutges. Y Raimon era la estrella. Para mí, la figura más importante que ha habido en la ‘cançó’. Él y Ovidi. Raimon, en un aspecto más intelectual, y Ovidi, más popular. Ovidi hablaba directamente a la gente de la calle, y por eso ahora mucha gente lo está descubriendo.

Gente joven, lo cual no deja de ser sorprendente.

No lo es: Ovidi es el artista verdadero, que habla de cosas que nos tocan. Eso lo echo en falta en las nuevas generaciones de voces, que han ido a mejores escuelas y están mejor preparadas, pero a las que les falta un poco de pimienta, contar la realidad que estamos viviendo. Gemma lo hace, ha hecho un esfuerzo y habla de la emigración y de cosas que estamos viviendo. Ovidi hablaba de lo que pasaba hace 45 años, de lo que pasa ahora y de lo que puede pasar de aquí a 45 años si no vamos con cuidado.

¿A qué se refiere?

Pobre Ovidi, si viera lo que está pasando ahora, con toda esa gente que está injustamente en la cárcel… Estaría bien que Europa reaccionara. Parece que no hayamos avanzado. Es difícil ser optimista. Sería el momento de recuperar aquel ‘Tot és mentida’, de Joan Vergés, o una canción de Pere Quart que grabé, ‘Cançoneta noucentista del mal camí’. Refleja el diálogo entre la fe y la esperanza, cuando la fe va aguantando la esperanza, y la esperanza ya no sabe qué decir.