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CRÍTICA DE MÚSICA

Pires y su Chopin inmortal

La intérprete portuguesa subyuga al público del Palau

Manel Cereijo

Maria Joao Pires, en una actuación anterior en el Auditori.

Maria Joao Pires, en una actuación anterior en el Auditori. / JULIO CARBÓ

Maria João Pires regresó a Barcelona con toda su elegancia, categoría y sabiduría artística. Apartada de las grandes salas de concierto en las que se ha consagrado como una referencia del teclado de las últimas décadas, solo actúa en escenarios que la seducen; acaba de presentar su Festival Days of Wisdom, hecho por ella y para ella junto a otras compañeras de viaje –todas mujeres–, que se desarrollará en agosto en el monasterio de Santa Maria de Cervià. Un Palau repleto, con aforo ampliado con sillas en el escenario, fue testimonio de este recital del ciclo Ibercamera con un atractivo programa. Con 74 años cumplidos, Pires conserva la frescura de antaño; lo dejó claro con populares piezas de Mozart, Beethoven y Chopin de gran exigencia técnica, detalle que pasó a un segundo plano gracias a la sabiduría y sensibilidad acumuladas en su amplia trayectoria permitiendo que el público, casi hipnotizado, le respetara casi todos esos silencios emocionantes y cargados de dramatismo.

Los asistentes tuvieron la sensación de ser testigos de algo especial, irrepetible y conmovedor, ya desde el inicio de la ‘Sonata Nº 12 en fa mayor’ de Mozart, interpretada con una gran pureza del sonido, siempre timbrado y luminoso en el Allegro’, con un gran sentimiento y lirismo en la bellísima melodía que protagoniza el segundo movimiento y con un importante despliegue técnico en el virtuoso ‘Allegro assai’ conclusivo. Con la popular ‘Sonata Nº 8 en do menor "Patética"’ de Beethoven, de las más difíciles del compositor y una de las piezas cruciales en la evolución del clasicismo al romanticismo, Pires se explayó en toda su compleja extensión con gran pasión –¡esos desgarradores silencios iniciales!–, minuciosa en el difícil tejido armónico del primer movimiento; el divulgado ‘Adagio cantabile’ fue servido con gran sencillez y nostalgia, así como enérgica y detallista fue la ejecución del ‘Rondo allegro’.

Sensibilidad única

En la segunda parte dejó volar su expresividad en una de sus especialidades, Chopin, cristalizando con su sensibilidad única seis nocturnos y dos valses del compositor romántico. A estas alturas de madurez artística es casi un ritual escuchar su Chopin, interprete lo que interprete. Dejando de lado la dificultad técnico-interpretativa necesaria para ejecutar los 'Nocturnos' al completo, con el ‘Nº 2 en re bemol, Op. 27’ consiguió paralizar el tiempo en un ‘crescendo’ interminable y cargado de emoción. Un único bis, el popular ‘Vals en do sostenido menor, Op 64 Nº 2’, cerró un recital inolvidable.