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ENTREVISTA

De Chernóbil a la Croacia nazi de la mano de Benesiu

El escritor alicantino regresa con 'Serem Atlàntida' tras la celebrada 'Gegants de gel', donde reflexiona sobre "la identidad, la frontera, la nostalgia y el simulacro"

Anna Abella

Joan Benesiu, este martes, en Barcelona. 

Joan Benesiu, este martes, en Barcelona.  / SÍLVIA CORTADA

Un mismo narrador y unas mismas meditaciones, en torno a conceptos como “la identidad, la frontera, la nostalgia, el simulacro...”, recorren las tres novelas de Joan Benesiu (Beneixama, Alicante, 1971), amaradas de la filosofía que enseña a sus alumnos de instituto. Tras ganar el Premi Ciutat de Xàtiva 2007 con ‘Intercanvi’ dio la campanada con la celebrada ‘Gegants de gel’, con la que logró los prestigiosos Llibreter (2015) y Crexells (2016). Si en aquella un grupo de personajes se encontraban en Ushuaia, en la Patagonia, en el confín del mundo, ahora regresa con ‘Serem Atlàntida’ (Edicions del Periscopi), donde la evocación de la isla mítica de la que Platón hablaba en sus diálogos le funciona como “simulacro del hundimiento” de la Unión Europea y donde reverbera la memoria croata de los colaboracionistas nazis, Chernóbil o el drama actual de los refugiados

Con ella experimenta con la novelística entrelazando una narrativa ensayística con la de viajes, pinceladas autobiográficas o con la historia. Porque, opina, “la novela está en evolución”: “No quiero vivir en una novela del siglo XIX sino en una novela viva, que implica esa mezcla de géneros, el ir de uno a otro, que exige un lector despierto. La novela es un arma del pensamiento”.

‘Serem Atlàntida’, explica Benesiu, “está vertebrada por el concepto de simulacro y de la ficción. El verbo apela al futuro y la Atlántida al pasado, un pasado que es una ilusión y cuya historia es la de su hundimiento, provocado de alguna forma por el ensimismamiento de los propios atlantes. Dios castiga su banalidad y los hace desaparecer. Esta referencia vale para esta Unión Europea que no es capaz de reaccionar y de dar respuesta a dramas humanos como el de los refugiados mientras que la ultraderecha los utiliza como elemento disgregador de la idea europea, que implica integración y solidaridad. Podemos hundirnos como la Atlántida”. 

"La Atlántida funciona como simulacro del hundimiento de la UE, incapaz de responder sobre los refugiados"

De hecho, avisa, “las alarmas están ahí: el ‘brexit’ y el ascenso de la ultraderecha, que reivindica una nostalgia de la reconstrucción, que nos enroca en el ‘como éramos antes’, por ejemplo, el querer volver a la España franquista, un país encerrado en sí mismo”. Pero también, como revela su narrativa, existe otra visión de la nostalgia, “la reflexiva, que permite ver el pasado con ironía, evitando sus ruinas”. 

Un narrador del que poco sabe el lector se cruza con tres personajes, Mirko Bevilacqua, valenciano de origen croata, que busca sus raíces y está fascinado por Clara, joven que mantiene una relación lésbica con una anciana dama croata que la tiene a su servicio. “Son personajes que han perdido algo, no saben qué, pero eso les hace buscarlo, viajar, aunque sea siguiendo una línea imaginaria como la del meridiano de Greenwich o el de París”. 

Sus búsquedas les transportan a la Croacia de la segunda guerra mundial, a los crímenes de “los ustachas, respaldados por el Tercer Reich”. En su interés por la memoria histórica y contra el olvido, Benesiu recuerda casos como el de Josef Oberhauser, “que seguía trabajando en una cervecería a 500 kilómetros de donde se le juzgaba ‘in absentia’ en Italia”, o a Vjekoslav Luburic, enterrado en Carcaixent tras vivir allí durante años tranquilamente en Valencia. “Son figuras secundarias sin las cuales la máquina no hubiera funcionado”, recalca antes de denunciar que también ante el régimen franquista “hemos querido mirar hacia otro lado”.      

"La ultraderecha reivindica una nostalgia de la reconstrucción del pasado, el querer volver, por ejemplo, a la España franquista"

Escenario de esa búsqueda es Trieste, “de triple frontera, Italia, Eslovenia y Croacia”. “Antes era territorio del Imperio austrohúngaro (que desapareció, como puede pasarle a la UE). Es otra de las metáforas que reverbera en la novela. Está llena de multinacionalidad, tiene una identidad muy rica y da idea de una ciudad que puede cambiar rápidamente de identidad. Eso me daba juego para hablar de la movilidad de las fronteras, que no son inmutables y pueden cambiar. De hecho, en Europa han cambiado”, considera Benesiu, recordando la pugna entre los nacionalismos catalán y español y el ‘procés’. “Debemos pensar qué clase de democracia queremos y pensar en el futuro, no en el pasado. Eso debe estar presente en la discusión política. Los políticos deberían entender que un cambio de fronteras no siempre tiene que ser dramático. No hay cosas inamovibles. Y hay que hablar de qué significa el concepto de nación en un debate tranquilo. Las cosas no deben resolverse por la fuerza”.     

Con continuos referentes literarios -Walter Benjamin, Sebald, Baudelaire, Kundera, Rousseau, Claudio Magris, Vila-Matas, Cartarescu, Jan Morris, Joyce, Patricio Pron...- y artísticos -Remedios Varo, Egon Schiele, Jaume Plensa...-, Benesiu huye de “la reconstrucción falsificada de algo que no está”. “Eso lo promueve el turismo, que es ingenuo y toma por verdaderos monumentos que no lo son; convierte en espectáculo la propia memoria -opina-. De ahí el viaje a Pripiat, la zona de exclusión de Chernóbil, el lugar que permite enfrentarse con la barbarie de la energía nuclear y con la mentira continuada del Gobierno soviético y donde nuestra cultura se enfrenta al abismo que significa la tecnología”.        

Temas: Libros