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CONVIVENCIA DE LENGUAS Y RELIGIONES

Eduardo Paniagua, música de cuando el Mediterráneo "no era una frontera"

El músico presenta 'Trovadores de las tres cultturas', alianza con Pedro Burruezo y el sudanés Wafir S. Gibril, en el ciclo Caprichos de Apolo

Jordi Bianciotto

Wafir Gibril, Eduardo Paniagua y Pedro Burruezo.

Wafir Gibril, Eduardo Paniagua y Pedro Burruezo.

Aquella península Ibérica en la que, en tiempos medievales, se abrió paso el islam sin que se esfumaran las huellas ni cristiana ni judía abre un imaginario inspirador para Eduardo Paniagua, referencial instrumentista e investigador de la música antigua, que establece ahora audaces alianzas con el barcelonés Pedro Burruezo y el sudanés Wafir S. Gibril. El recital ‘Trovadores de las tres culturas’, que el trío ofrecerá este jueves en el ciclo Caprichos de Apolo (y el viernes en la Casa Irla, de Sant Feliu de Guíxols), aparece como una metáfora de la convivencia de religiones y lenguas, “y con el mensaje de que es una música hecha por amigos, cada uno con su tradición y herencia”.

El apellido Paniagua es portador de esa memoria ancestral: tanto Eduardo como su hermano pequeño, Luis, llevan décadas cultivándola, incluyendo episodios como el grupo Babia, que a principios de los 80 les asoció a otra figura clave, Luis Delgado. Ahora, en su trío con Burruezo (el exmiembro de Claustrofobia, al frente de su cambiante Camerata) y Gibril, Eduardo Paniagua propone un repertorio que acude al “misticismo con un lenguaje que puede tener una dimensión tanto de amor humano como divino”, y en el que se cruzan textos en árabe, castellano, catalán, galaico-portugués y latín.

El cauce del Mare Nostrum

Composiciones, algunas, de Burruezo, y otras, de autores remotos. “El 60-70% vienen de atrás”, explica Paniagua. "De Alfonso X el Sabio o de un poeta andalusí como Sustari, místico del siglo XII que nació en Granada y que viajó por todo el Mediterráneo, cuando este mar era un cauce de civilización y no, como ahora, una frontera". Poemas y músicas de otra era a las que se ha podido tener acceso ya sea a través de “códices con partituras transcritas por los musicólogos" o de “la tradición oral”. A todos ellos imprimen ellos su carácter, dándoles “un ‘tempo’, una expresividad o un carácter épico o recogido”, así como “un punto de improvisación y de riesgo”.

Ahí juega un papel la voz solista de Pedro Burruezo, con su manera “efusiva, expresiva, incluso con gesticulaciones”, que quizá distancia el conjunto de los rigores académicos. Pero al fin y al cabo, ellos no están “tocando en una mezquita ni en un templo”, sino más bien “en una corte, cantando canciones de amor tanto dirigidas a un amante como al amado Dios”.

Menos decibelios

Paniagua tiene reservas respecto “al pop y la música que está encorsetada por la grabación discográfica y la explotación industrial”. Y con la amplificación acústica, a la que se acogerá su música en Apolo. “Cuando veo que me tengo que someter a la tiranía de la megafonía siempre pido a los técnicos: ‘Cuando la tengas ajustada, por favor, baja cuatro o seis decibelios’. Porque para esta música no hace falta un gran volumen, sino que el público busque el sonido y le preste atención”.

Pero Paniagua atesora experiencia en hacer brillar su músico en contextos distintos. “En los 80 toqué en Rock-Ola, en Madrid, que era un templo del rock’n’roll más agresivo, y conseguimos una especie de tranquilidad en el público”. Él toca el salterio y las flautas, mientras que Burruezo se encarga de un instrumento de cuerda, el mondol argelino, y Gibril, el laúd árabe y la flauta ney. Todos manejan además percusiones. Una formación “muy transversal”, estima. “No inventamos nada, aunque nuestra puesta al día de ese repertorio es 100% contemporánea”. Ahí, un escenario como el de Apolo puede presentar, apunta, “una mayor facilidad de compresión que un festival de música antigua”.

Temas: Sala Apolo