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Un secuestro a cuatro voces

Cantoría, cuarteto especializado en repertorio del Renacimiento y el Barroco, brindó sus exquisitas polifonías en una librería de la Ribera

Nando Cruz

El cuarteto Cantoría en su actuación en la librería Pèrgam. 

El cuarteto Cantoría en su actuación en la librería Pèrgam.  / ÁLVARO MONGE

Un secreto: pocos materiales absorben mejor el sonido que una estantería llena de libros de diferentes tamaños. Otro secreto: en el barrio de la Ribera hay una librería que cada semana acoge recitales de jazz y clásica. Joan Fontbernat inauguró hace dos inviernos Pèrgam Llibres. Su idea era programar charlas, presentaciones de libros y actuaciones. Lo que tal vez no imaginaba es que los siete metros de altura del local y el ilustrado aislante que le proporcionan esos libros de segunda mano le garantizarían una acústica tan espléndida.

 Son las ocho de la tarde de un martes y la veintena de sillas plegables que caben en esta pequeña librería del silencioso pasaje de Sant Benet están ya ocupadas. No es lo habitual, pero el llenazo de hoy es de los que alegran la semana. Entre el público, y contra lo que uno pudiera imaginar, predominan los espectadores jóvenes. Los protagonistas de tan discreto sold out, también lo son. Se trata de Cantoría, un cuarteto especializado en polifonías vocales del Renacimiento ibérico. Tres de sus componentes no han cumplido aún 23 años. Sin embargo, llevan un par de temporadas actuando por media Europa tras ser seleccionados en varios programas europeos de artistas jóvenes y emergentes.

La soprano Inés Alonso es madrileña. El contratenor Samuel Tapia es canario. El bajo Valentín Miralles es de Murcia, como Jorge Losana, el tenor y director de este proyecto surgido en departamento de música antigua de la ESMUC. La Biblioteca Nacional les ha encargado un repertorio centrado en la época de Lope de Vega, protagonista de la exposición ‘Lope y el teatro del Siglo de Oro’. Lo de esta tarde es un preestreno exclusivo y, al mismo tiempo, un último ensayo general con público. Estamos en 2019, a cien metros de la bulliciosa calle Trafalgar, pero nos disponemos a viajar a los siglos XV y XVI.

Cancionero de palacio

“Señora de hermosura, por quien yo espero perderme, ¿qué haré para valerme de este mal que tanto dura?”. Son versos de Juan del Encina, recogidos en el ‘Cancionero de Palacio’ y proyectados hacia las obras poéticas de Virgilio y Horacio, el diccionario nomenclator de pueblos y poblados de Catalunya y demás volúmenes que ocupan las estanterías de la librería. No es necesario decorado alguno. Ni vestuario que emule la moda del año 1519. Cuatro voces bastan para transportarnos 500 años atrás. Losana asume el rol didáctico de contextualizar cada composición. Al presentar la siguiente, ‘Más vale trocar’, una espectadora susurra el refrán completo antes de que lo haga él: “Más vale trocar placer por dolores que estar sin amores”. En la calle, un hombre pasa en bicicleta por el pasaje y frena ante la puerta de la librería para escuchar.

“Esto es lo más moderno que cantaremos hoy”, anuncia el tenor. Es un romance anónimo del siglo XVII, todo un desafío para un cuarteto que no suele salirse del XV-XVI. Valentín saca el diapasón del bolsillo interior de la chaqueta, se lo entrega a Jorge y este se golpea con él en la mano izquierda. Su vibración le ayudará a encontrar el tono para encarar la siguiente pieza. La proximidad entre artistas y público nos permite ver cómo Inés expande la mandíbula para que su voz emerja con la mayor claridad y potencia, cómo Samuel ensancha la sotabarba para que sus graves vibren mejor y cómo Valentín dilata las cuencas de sus ojos y alza las cejas hasta casi rozar las vigas de madera del techo.

El placer que genera la conjugación de sus voces trasciende lo musical. No es solo el disfrute de estos prodigiosos timbres perfectamente trenzados. No son solo estas excursiones polifónicas que coronan inusitados agudos para descender vertiginosamente de tono. Es el viaje, es el secuestro: la abducción espacio-temporal a la que hemos sido sometidos. Aquí nadie tose. Aquí nadie se mueve un milímetro. Explica Losana que estas piezas debieron amenizar en su día cortes como la del Duque de Alba. Pero aquí estamos, en una librería de segunda mano, totalmente ajenos al siglo XXI. Cuando Cantoría interprete el anónimo ‘Por la puente Juana’, solo el ruido de una moto romperá el hechizo.

Ensaladas de agua y fuego

Cantoría ataca el bloque de ensaladas, composiciones polifónicas que alternan distintos idiomas y géneros musicales y que, por tanto, exigen gran versatilidad. Es su especialidad. Las voces de Inés, Samuel, Valentín y Jorge avanzan como olas hacia la orilla, avivándose unas a otras en desincronizada disciplina. Antes de ‘El fuego’, los cuatro beben un poco de agua. La ensalada de Mateo Flecha demanda gargantas hidratadas. “¡Corred, corred, pecadores! ¡No tardéis en traer luego agua al fuego!”, declaman. Esta pieza recuerda cómo Nerón asistía impávido al incendio de Roma. Pero ahora mismo podrían estar ardiendo todos los gastrobares, vinotecas, talleres de tatuajes y espacios de coworking de la zona y aquí tampoco pestañearía nadie. El cautiverio polifónico es total. En la calle se ha formado un tímido corrillo de curiosos. No dan crédito.

‘Vida bona’ es otro estreno que, además, bebe del cancionero teatral de Lope de Vega. Por primera vez, el cuarteto evidencia errores de interpretación. A Inés le da un ataque de risa. Para compensar, ‘La bomba’. “No es la de King Africa”, bromea Losana, “sino una bomba para achicar agua en un barco y que no se hunda”. El galeón se hundirá, los náufragos sobrevivirán agarrados a una tabla de madera y los rescatará otra nave, a cuyos tripulantes agasajarán con un villancico tras afinar una vieja guitarra. Todo eso narraba esta enrevesada ensalada de Mateo Flecha. Diez minutos más teletransportados a mundos que jamás soñamos poder visitar, gracias, únicamente, a estas cuatro gargantas.

Cantoría brinda una última interpretación para la que Samuel tiene una sorpresa. Tocará el único instrumento de la noche: unas castañuelas. Aún así, ni el cuarteto ni la librería han quebrantado normativa municipal alguna. Todo se ha desarrollado en un formato estrictamente acústico, aunque los agudos de Inés hayan podido agrietar esa botella de sifón reciclada como sujetalibros. Las cuentas también son de otra época. A ocho euros la entrada, ni los artistas ni el librero harán negocio hoy. Al cuarteto le habrá servido para pulir el repertorio de cara al concierto en la Biblioteca Nacional. A Joan, para persistir en su objetivo de convertir Pèrgam Llibres en un espacio cultural. ¿Y al público? El público tiene que aceptar la realidad. El recital ha concluido y hay que regresar a 2019.

Temas: Música