CRÍTICA DE LIBROS

'Ni aquí ni allí': con las plumas puestas

Tommy Orange da voz a los nativos americanos en una sólida primera novela que despliega una fascinante galería de personajes

Tommy Orange.

Tommy Orange.

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Sergi Sánchez
Sergi Sánchez

Crítico literario

Especialista en cine y literatura

Escribe desde Barcelona

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No estar ni aquí ni allí. Como decía Gertrude Stein del Oakland de su infancia, ya no existe un aquí aquí. Un pueblo desterritorializado en el tiempo y el espacio, el de los nativos americanos, con un pie en una tradición milenaria, que se ha convertido en folclore turístico incluso para sus protagonistas, y con otro en las grandes urbes o las reservas indias o los casinos chillones, que han borrado la Historia, siempre escrita por los conquistadores. En su brillante primera novela, Tommy Orange, miembro de las tribus cheyenne y arapajó de Oklahoma, ha decidido darle voz a este pueblo en busca de una identidad borrosa, que ha perdido la memoria a fuerza de entornar los ojos para recuperarla, y que pelea con la convicción de quien sabe que lleva las de perder.

El prólogo del libro puede leerse como un auténtico cuaderno de bitácora para no iniciados en la cultura india. No nos da tanto una lección de Historia -que vendría a ser un recordatorio del genocidio, la sangre derramada, la marginalización, la negación de la culpa por parte de los colonizadores- como nos sitúa en el contexto de lo que significa ser indio en el presente. "Todo es nuevo y está condenado. Cabalgamos en autobuses, trenes y coches por, sobre y bajo llanuras de cemento. Ser indio nunca ha tenido que ver con regresar a la tierra. La tierra está en todas partes y en ninguna", escribe Orange. Es una excelente introducción a la narración polifónica que vertebra toda la novela, predestinada a confluir en un espacio-tiempo artificial, el Gran Powwow de Oakland, una gran celebración de la identidad india donde los nativos americanos, plenamente inmersos en el anonimato líquido de la vida urbana, mantienen el contacto con las costumbres de su comunidad a través de cánticos, danzas y otras tradiciones. Hay un concurso con un jugoso premio en metálico, que pondrá en circulación los deseos, de una colorida disparidad, de una fascinante galería de personajes, que podría protagonizar una película de Robert Altman a lo 'Nashville' o la versión literaria de un 'Magnolia' de piel roja.  

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Ni una sola página delata que 'Ni aquí ni allí' es una primera novela. Orange sabe mantener el pulso entre las distintas voces de su coro y equilibra una creciente tensión narrativa con el didactismo de la información etnográfica, sin que la reivindicación de las singularidades de esa cultura india aún aplastada por la civilización del hombre blanco resulte panfletaria, porque aquí también hay espacio para la autocrítica. La prosa es tersa y accesible, cada personaje consigue desplegar su modo de relacionarse con el mundo, su manera de vivir su identidad racial, con el lenguaje que le acompaña en su viaje. Acaso hay voces más conmovedoras que otras -la historia de las hermanas Jacquie y Opal, o la de Tony Loneman, el chico con síndrome alcohólico fetal-, y tal vez el 'planting' de una pistola impresa en 3D nos pueda dar una pista demasiado obvia de que habrá balas y heridas. Pero, en cierto modo, esas balas son necesarias, son balas que llevan "kilómetros viniendo", la prueba de la lucha secular para que se reconozca a los indios como "un pueblo en tiempo presente, actual y relevante, vivo, solo para morir sobre la hierba con las plumas puestas".