Ir a contenido
Dr. Calypso, el viernes pasado, durante un ensayo para preparar los conciertos de despedida

RICARD CUGAT

EL 2 Y 4 DE ENERO

El último vals de Dr. Calypso

El grupo catalán, pionero en la divulgación de los ritmos caribeños, se despide con dos conciertos en la sala Apolo tras 30 años de trayectoria

Nando Cruz

El paisaje musical de Barcelona va a ser distinto a partir de la próxima semana. Dr. Calypso desaparece de los escenarios tras sus dos últimos conciertos, que darán el 2 y 4 de enero en la sala Apolo. Con ellos desaparece el gran referente de la música jamaicana catalana. Del mismo modo que la Orquestra Plateria introdujo en Catalunya la salsa y otros ritmos latinos durante los años 70, ellos divulgaron el ska, el rocksteady, el calypso, la soca y el bugalú en los años 90.

Para muchos melómanos, Dr.Calypso ha sido la vía de acceso a nombres clave de la música tropical como Joe Bataan, Laurel Aitken y The Skatalites. “Siempre hemos tenido ese rollo didáctico. Nuestra música es como los juegos educativos de 8 a 88 años”, reivindica Sergi Monlleó, alias Xeriff. El cantante de la banda, junto con Luismi López, asume que si hoy hay veladas de reggae en cada fiesta mayor es, en parte, culpa suya. También se propusieron retratar su entorno mediante letras antirracistas (‘Pole man’), antifascistas ('Brigadistes internacionals') y ecologistas ('Pardalets') que tienen una inquietante vigencia.

La historia de Dr. Calypso es la de una Barcelona que ya no existe. La de La Destilería, el Sot, el KGB y tantos otros escenarios extintos. La de sellos de la independencia preolímpica como Tralla y Semaphore. La transformación de la ciudad también ha marcado el rumbo de un grupo numeroso, de 12 músicos, que ha acabado en Sant Adrià de Besós tras abandonar locales de ensayo en Zona Franca, Poble Nou, Eixample y Gràcia, el barrio en el que empezó todo.

Calle Ágata, calle Perill

La historia empieza en el bar L’Aritjol de la calle de Santa Ágata, “un bar de currantes” donde coincidieron varios jóvenes aficionados a la escalada y a la música. A mediados de los 80 era posible que en un bar se juntaran rockers, mods y hardcoretas. “Iba gente de L’Odi Social, Brioles y Skatalà”, recuerda el guitarrista Jordi Manyà. alias Maniac. “Los camareros eran amigos y ponían las cintas que llevábamos. Yo salía de casa con una rocksteady y una de soul y después de escuchar una de los DRI, ponían la mía”, añade Xeriff. Los dos recuerdan el ambiente variopinto y fraternal que transpiraba el barrio. A todos les unía el deseo de descubrir músicas y “un enemigo común: los skins fachas”.

Diez travesías más al sur, en un sótano de la calle del Perill, tenía su local de ensayo el grupo de thrash metal Acció Directa. Varios clientes de L’Aritjol se animaron a aprender allí a tocar ska imitando las canciones de sus artistas favoritos. “Para estar todo el día en el bar, nos llevamos las xibecas, un canuto y tocamos un rato”, planearon. Pronto llegaron Luismi y Xeriff, dos mods que ya empezaban a interesarse por el ska jamaicano de los años 60. Para insonorizar el sótano, reunieron colchones y moquetas tirados en los contenedores de la zona. “Allí nos inmunizamos contra cualquier enfermedad”, afirma Maniac. Era 1987.       

Dr. Calypso, en una vieja imagen de 1990.

Dr. Calypso aún tardaría año y medio en dar su primer concierto. Fue en Sant Boi de Llobregat, en un local de carretera dedicado a la venta de cerámica que se alquilaba para fiestas. Ellos montaron las barras, compraron la bebida, convocaron a la gente y barrieron el suelo. Y, por supuesto, aprendieron a tocar un repertorio inspirado en aquellos discos de ska que llegaban a la ciudad con cuentagotas. “Si Txarly Brown (diseñador, impulsor del fanzine dedicado al ska ‘FBI’ y aliado del grupo) descubría dos copias de un álbum de The Skatalites en Discos Castelló, compraba una y me llamaba diciendo: ‘Te he escondido la otra copia en el cajón de la ópera para que nadie la encuentre’”, explica Xeriff.

La 'master class' de Laurel Aitken

Cuando los Calypso no habían grabado ni una canción, apareció por Barcelona el pionero del ska Laurel Aitken. Txarly Brown lo convenció para organizar un concierto y como no tenía banda, lo juntó con los Calypso. “Su mánager solo nos puso un requisito: nada de porros en el local”, explica Xeriff. “Se sentó a la batería, tocó el teclado, tocó la guitarra… Nos hizo una 'master class' particular”, recuerdan hoy. El concierto se celebró en junio de 1990 en la sala Sot de la calle Diputació y disparó la popularidad de aquel grupo de aficionados. De su primera casete, con cuatro canciones, colocaron más de dos mil copias. “Creo que costaba 250 pesetas”, calcula Xeriff. Aún hoy se revenden por 35 euros.

De los 12 músicos que grabaron la primera maqueta, cinco aún forman parte del grupo que ha llegado al 2018

De las fiestas autogestionadas pasaron a los bares de barrio y de allí a las casas okupas, las salas de conciertos y el circuito de fiestas mayores. “Nos adaptamos bien porque somos una orquesta con espíritu de rock’n’roll. Nos gusta gritar, sudar y todo lo que se hace en el rock, pero nuestra formación es de orquesta”, opina Xeriff. “Pero cuando pasas del bareto al 'envelat' y entras en un entorno más profesional cuando tú no lo eres, tienes que mejorar”, añade Maniac. Y así empezó la purga de miembros que no daban la talla. El primero en saltar fue el batería y cuando ficharon a otro mejor, el resto del grupo tuvo que espabilar. Hasta Luismi y Xeriff se matricularon en el Taller de Músics.

El grupo fue amasando un repertorio de versiones y títulos originales en catalán, castellano e inglés mientras crecía la legión de fans. “Montábamos autocares para la gente que nos seguía. Daba igual si teníamos público en el pueblo al que íbamos a tocar: lo traíamos nosotros”, asegura Xeriff. Y cuando empezaron a grabar su primer disco se acercaron las multinacionales. “Tenían en mente un producto comercial como The Refrescos y hacer las campañas de promoción llevando a los dos cantantes a Madrid y dejando al grupo en casa. Nosotros éramos amigos ante todo y nuestra intención era pasarlo bien”. No hubo trato. De aquel ‘Original Vol. 1’ (1993) vendieron más de 15.000 copias.

La asamblea de majaras ha decidido...

Calypso siempre ha tenido un funcionamiento asambleario. “Nunca ha habido un líder y nadie podía tener más poder que otro”, afirma Xeriff. Por ello se han pasado “horas y horas discutiendo asuntos que no tenían nada que ver con la música”. Discutiendo sin llegar a ningún acuerdo, perdieron oportunidades de oro como aquella gira por Venezuela. Arrimando todos el hombro, publicaron ‘Toxic sons’ (1996) desde su propio sello. Manteniendo un raro equilibrio entre grupo de amigos y empresa familiar han aguantado tres décadas sin dejar sus trabajos. Porque en Dr. Calypso hay cocineros, estampadores, transportistas...

Dr. Calypso, en una actuación del año 2001. / jordi morera

A lo largo de estos 30 años han pasado por el grupo cinco bateristas, tres bajistas y cuatro teclistas. Aun así, cinco de los doce músicos que grabaron la primera maqueta forman parte de la formación que ha llegado hasta el 2018. No ha sido fácil. Hubo épocas en que todos los pueblos querían a Dr. Calypso en sus fiestas. Fueron años más locos que por poco acaban con su salud. Xeriff aún recuerda aquella noche de Sant Joan en la que tenían no una sino dos actuaciones. Esa noche su pareja dio a luz. Al llegar al hospital, la enfermera le soltó a la madre: “Deja que se estire este en la cama, que está peor que tú”.

La crisis y La Pegatina

La crisis económica del 2008 fue letal para muchos gremios. También para el de la música. Calypso llevaban un lustro sin sacar disco. Los conciertos cada vez eran menos, pero no todo era culpa de la crisis. “Salió la moda de la rumba y los grupos festivos”, recuerda Xeriff. “Las asambleas de jóvenes escogían a quién querían para sus fiestas y los jóvenes quieren grupos de su generación, claro: Txarango, La Pegatina...”, concreta. Por otro lado, “ya habíamos tocado tanto en todos los pueblos que la gente nos tenía muy vistos”, añade Maniac.

Dr. Calypso se había dejado llevar por la inercia, pero al no grabar temas nuevos, el público empezó a olvidarlos. Llegaron los años duros. “No puedes hacer 50 ensayos al año para dar diez conciertos”, explica Maniac. En el 2013, una década después de ‘Mr. Happiness’ (2003), llegó ‘Sempre endavant’. Ya era tarde. “Seguíamos ensayando y la gente me preguntaba: ah, pero ¿seguís tocando?”. La desmotivación empezó a calar en el grupo. Por lo menos, en una parte del grupo. Y esa desmotivación ha acabado forzando su despedida.

Hasta los componentes de Dr. Calypso más partidarios de la separación reconocen que ahora están disfrutando como nunca en el escenario. La banda suena como nunca, pero la decisión está tomada. En el cajón quedan un puñado de canciones nuevas sin grabar. Pero en el 2023 se cumplirá el 35º aniversario del nacimiento de Dr. Calypso en aquel sótano insalubre de la calle del Perill. Y de aquí a entonces, cualquier cosa puede suceder.