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ENTREVISTA

Jon Savage: "La rabia juvenil puede degenerar hacia un lado oscuro"

El autor de 'England's dreaming' publica en España 'Teenage', una tan monumental como indispensable historia del 'nacimiento' de la adolescencia y sus consecuencias a lo largo de la primera mitad del siglo XX

Kiko Amat

Jon Savage.

Jon Savage. / AUBREY MEYER

En los colegios de secundaria, quizá la frase más repetida entre padres veteranos sea "está pre-adolescente total" (pronunciada con rictus de terror mientras se señala al guiñapo granujiento y aborrecible que en otro tiempo fue su bebé). Pero la adolescencia es un descubrimiento; no siempre estuvo allí. Aunque en el siglo XVIII las hormonas turbulentas ya existían, de cara a las atribuciones sociales uno pasaba de mocoso a mozallón (y de allí a fiambre ulceroso) sin estadio intermedio. El inglés Jon Savage, autor de varios libros definitivos ('England’s dreaming', sobre el punk-rock; '1966', sobre el año más explosivo de los 60), nos cuenta en 'Teenage; la invención de la juventud 1875-1945' una historia inaudita: cómo el adolescente asomó por primera vez su (absurdamente peinada) cabeza a finales del siglo XIX y, tras descubrir la propia entidad, se entregó -en pandilla o en solitario- a sentimientos parricidas, anhelos de apocalipsis, alegría nihilista y su propia versión de "desafío acicalado".

-Sorprende el monumental trabajo de investigación y escritura, así como el ámbito y la visión. ¿Dónde empezó?

-Todo empezó cuando fui a ver a las Runaways, en octubre de 1976, y me topé con los primeros 'punk-rockers'. Llevaban una mezcla de estilos juveniles previos, de los años 40, 50 y 60, unidos en sus cuerpos en una especie de 'collage' viviente. Allí empecé a pensar en cultura juvenil como en algo con historia. En 1981 escribí un capítulo piloto para Granada TV, pero nunca llegó a emitirse. Quería continuar explorando aquel tema, y entonces topé con el 'Adolescence' de G. Stanley Hall en una librería de segunda mano. El libro era de inicios del siglo XX, y ya hablaba de manifestaciones juveniles previas. La idea original de Teenage era llegar hasta el presente.

-¿Dónde decide la acotación 1875-1945?

-Cuando en el manuscrito inicial llegué al final de los años 20 tenía tanto material escrito que me asusté: decidí junto a mis editores que el libro debería empezar en los victorianos y terminar en 1945, al final de la segunda guerra mundial, con la "invención" del adolescente. El final de esa guerra marca el inicio de un nuevo orden mundial que solo ahora está empezando a cambiar: con Trump y el Brexit, Inglaterra ha perdido la autoridad moral que ganó a finales de esa guerra.

-Hay cientos de libros sobre hip-hop o punk-rock, pero 'Teenage' toca territorio casi virgen. ¿Obvió las subculturas de posguerra por su excesiva familiaridad?

-Mucho de lo que aparece en 'Teenage' es nuevo, y eso era importante. El nacimiento del 'teenager' como consumidor democrático coincide con el final de la segunda guerra mundial y la bomba atómica. A partir de allí, la cantidad de información aumenta de modo exponencial: sería imposible escribir sobre cultura juvenil de 1945 hasta hoy y comprimirlo en un libro como 'Teenage'. Solo sobre Elvis, o los cultos de los años 60, ya podrías escribir un libro entero. Por tanto, no se trata tanto de familiaridad excesiva, sino de la imposibilidad de abarcar el periodo de 1945-2018 de un modo riguroso en un solo libro. Dicho esto, no he abandonado la idea de escribir una secuela que abarque la década 1945-1955.

-Algunas tribus juveniles de 'Teenage' ya habían sido tratadas en libros que lo preceden. Lo nuevo es el modo en que los enlaza y construye una narrativa común.

-Me gustó utilizar diarios personales inéditos, lo que da al libro una sensación de inmediatez e intimidad. Una dialéctica que se hace obvia a lo largo de 'Teenage' es la de adultos tratando de controlar a los jóvenes, y lo que estos hacen como reacción a eso. Sigo creyendo firmemente en el poder que tiene la juventud para salir al mundo y ver los problemas que existen de un modo nuevo, y luego actuar de modo positivo sobre esos problemas. Asimismo, no todos los movimientos juveniles son benignos. Puede haberlos militaristas o totalitarios, y esa es una distinción importante. Hoy lo vemos en el auge fascista en Occidente. La rabia juvenil puede degenerar hacia un lado oscuro.

-Dice que esa "energía y emoción podía con facilidad derivar en el barbarismo y la violencia".

-La ira adolescente suele ser un resultado directo de haber sido forzado a vivir en base a unas normas que te son ajenas, que te han sido impuestas y consideras injustas. Por supuesto, no todos los adolescentes piensan así, pero yo sí lo pensaba cuando era joven, así que simpatizo con ello [ríe]. A la vez, yo fui un joven rebelde, pero una gran mayoría de adolescentes a lo largo de la historia hacen lo que les ordenan (la ira 'teen' no es tan mayoritaria como parece). Intenté mostrar la juventud como fuerza de cambio. A la vez, la paradoja es que los jóvenes rebeldes necesitan a los que no lo son para tener un foro seguro donde escenificar esa rebelión.

-El nazismo era 'teen': las proclamas grandilocuentes, el dinamismo como meta (no como medio), la épica barata, el odio a la razón, el nihilismo… Todo muy de la ESO.

-Es algo que se solidificó en el fascismo italiano, con la obsesión de Mussolini con la "giovinezza". El fascismo es juvenil. No quiero comparar el Brexit con los nazis, pero las razones de los partidarios del Brexit son extremadamente infantiles. Se comportan como niños. Es repugnante, de veras. No atienden a razones, es todo una gran pataleta. Los nazis querían el poder inmediato, pero no trabajar para conseguirlo; buscaban la satisfacción inmediata: igual que cualquier adolescente. A la vez, los nazis eran una mezcla espantosa de tecno-barbarismo, hipercapitalismo agresivo y políticas étnicas bárbaras, y la juventud jugó un papel clave en todo ello. Los nazis prometieron un nuevo mundo juvenil y libre, y lo que ofrecieron fue esclavismo y muerte.

-Me sorprendí carcajeándome de algunas vanguardias que en un tiempo lejano me habían parecido románticas. Lo de los Vorticistas y Futuristas es de azotaina en el trasero.

-Algunos eran ridículos, es innegable. La parte de machismo bravucón, especialmente. Mi libro incluye muchas voces femeninas para contrarrestar a ciertas vanguardias. Me siento mucho más cercano a ellas que a muchos de ellos, especialmente en lo tocante a su acercamiento al sexo y al género, opuesto al machito belicista de principios de siglo. Los Futuristas y los Vorticistas no eran fascistas per se, pero coquetearon con el fascismo de una forma u otra. Encuentro su machismo cotidiano ridículo a la vez que peligroso. No me gusta. Esa es la razón por la que, de entre los grupos de punk-rock, prefiero aún a los Buzzcocks que a los Clash. Los Clash no eran ni remotamente totalitarios, pero el tipo de bravata viril que exponían les hace sonar ridículos hoy. Todos esos berrinches…

-De su libro me deprime la constatación de que lo que lucimos todas las subculturas de los 80 ya estaba lucido y relucido en 1889.

-La diferencia estriba en la comercialización. Por marginales que fuesen las subculturas post-rock’n’roll, todas eran asimilables. En los cultos victorianos la gente no tenía tantos medios. En las tribus de posguerra aparece una versión dinamizada y comercial de la cultura juvenil, que por definición lleva asociada una cierta influencia económica. Eso hizo que la juventud de repente fuese importante para el sistema económico occidental, porque tenía que ver con dinero, de un modo que aquellas subculturas de principios de siglo jamás fueron. Los Scuttlers eran puro lumpen urbano, no tenían ningún poder más allá de importunar y asustar a los ciudadanos de bien. Después de la segunda guerra mundial los agrupamientos territoriales, los gangs, van de la mano con un nuevo crecimiento económico. Los movimientos juveniles de la segunda mitad del siglo creen que lo inventaron todo, pero no es así. Es una buena lección de humildad [ríe].

-La clase social es indispensable para juzgar culturas juveniles. De las travesuras pijas de los Bright Young Things afirma que si llegan a estar protagonizadas por jóvenes de clase obrera habrían acabado todos entre rejas.

-Hablar de clase es crucial. Los Bright Young Things eran un grupo muy especial, y la palabra "joven" estaba en su nombre, así que tenían que aparecer en el libro por narices, pero a la vez eran una camarilla de lo más irritante [carcajada]. En otro nivel los Bright Young Things me parecen interesantes porque tenían a muchos miembros homosexuales en sus filas, y se hacían preguntas sobre masculinidad y género. Todo tiene un aspecto positivo y uno negativo.