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CRÍTICA DE CINE

'Perdidos en París': poética francesa

El filme de Dominique Abel y Fiona Gordon parece más una sucesión de escenas resultonas que un conjunto bien ensamblado, pero tiene momentos deslumbrantes y una ingenuidad agradable

Quim Casas

Estrenos de la semana. Tráiler de Perdidos en París  (2016)

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Perdidos en París ★★★

Dirección: Dominique Abel y Fiona Gordon 

Reparto: Dominique Abel, Fiona Gordon, Emmanuelle Riva, Pierre Richard

Título original:  'Paris pieds nus'

País: Francia

Duración: 83 minutos

Año: 2016

Género: Drama

Estreno: 21 de diciembre del 2018

'Perdidos en París' es una película que propone más cosas de las que consigue. En sus imágenes sobrevuela la inspiración de Jacques Tati, del Léos Carax más poetizado, del georgiano Otar Iosseliani y sus comedias etílicas y hasta tiene un momento de 'slapstick' en las alturas a lo Harold Lloyd y una secuencia, la de un hombre y una mujer que duermen en lugares distintos pero sueñan que se aman en la misma cama, que es un evidente homenaje a 'L'Atalante', el filme-faro más luminoso del cine francés de entre guerras.

Su problema es que encauzar toda esa poética cinematográfica entre naif, cómica y fantasiosa es tarea complicada. O todo funciona con la precisión de un mecanismo de reloj analógico o todo se desborda. Entre lo sublime y lo ridículo, un territorio fronterizo sobre el que han transitado desde obras maestras hasta títulos mediocres.

El filme realizado e interpretado por Dominique Abel y Fiona Gordon no es ni lo uno ni lo otro. Le sobran algunos gags protagonizados por uno de sus personajes, el indigente parisino que encuentra la mochila de una despistada bibliotecaria canadiense que ha venido a París para encontrar a su desahuciada tía (la última interpretación de otro faro del cine francés, Emmanuelle Riva, protagonista de 'Hiroshima mon amour').

Le falta también mayor fluidez narrativa, ya que a veces el filme parece más una sucesión de escenas resultonas que un conjunto bien ensamblado. Pero tiene momentos deslumbrantes a orillas del Sena o en lo alto de la torre Eiffel, escenas de baile entre personajes al margen de todo que aplaudiría Aki Kaurismäki y una ingenuidad agradable.