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Crónica teatral

Una delicada joya en el Lliure

Lluís Homar da una lección, dirigido por Guy Cassiers, en la versión teatral de 'La neta del senyor Linh', la exitosa novela de Philippe Claudel

José Carlos Sorribes

Lluís Homar, en una escena de La neta del senyor Linh, que programa el Lliure de Montjuïc.

Lluís Homar, en una escena de La neta del senyor Linh, que programa el Lliure de Montjuïc. / DAVID RUANO

A un país sin olores, digamos que europeo. Allí llega el señor Linh, huyendo de su casa, devastada por una guerra que le ha dejado solo porque ha perdido a su familia. Lo hace en compañía de la única superviviente –una nieta de solo seis semanas- y de un puñado de tierra de su patria. Es un refugiado. Es el protagonista de 'La neta del senyor Linh', la novela del autor francés Philippe Claudel que, desde su publicación en el 2005, ha emocionado hasta la lágrima a más de 200.00 lectores en los 11 idiomas en que se ha publicado.

La novela, un cuento de ternura y desolación apabullantes, pedía a gritos una versión teatral que, tras su estreno en el Temporada Alta, se ha instalado en el Teatre Lliure. Ha llegado a partir del proyecto de un grande del teatro europeo, el director belga Guy Cassiers, que ha levantado la historia del señor Linh en un monólogo con cuatro idiomas (flamenco, inglés, francés y  catalán) y otros tantos actores. Aquí, Cassiers no ha podido tener mejor compañero de viaje, otro ilustre como es Lluís Homar.

El actor desgrana cada frase, cada gesto, con la emoción precisa, siempre en el tono

El actor es, a la vez, el narrador, el señor Linh y el señor Bark, a quien encuentra casi por azar en un banco, en la entrada de un parque. El desdoblamiento viene a ser lo que ya hizo, algo menos, en la aclamada 'Terra baixa', donde también interpretó todos los papeles del drama rural de Guimerá bajo la batuta de Pau Miró. Entre Cassiers y Homar tejen de forma artesana un montaje presidido por la palabra, poderosa y poética, de Claudel. Así, la puesta en escena manifiesta la sobriedad propia de los grandes directores, con un uso brillante de la proyección de vídeo para ilustrar esas conversaciones sobre la vida y la muerte entre el señor Linh y su nuevo amigo, el único que tiene en un entorno nada amistoso. Los efectos sonoros también dan la atmósfera justa. Pero todo ese embalaje precisa además de un actor en plenitud para redondear el 'pack'.

Un montaje que pide proximidad

Y eso sucede en la sala de Montjuïc porque Homar desgrana cada frase con la emoción precisa. Siempre en el tono, por ejemplo, de un narrador que nos lleva de la mano con enorme cariño. Es esta una obra de pequeños gestos, de detalles, de pocos aspavientos, algo que revela que también exige cercanía, proximidad del público. Cierto es que tiene el gancho necesario para ser programada en la sala Fabià Puigserver de Montjuïc, pero su efecto se hubiera multiplicado en el recogimiento que le hubiera dado la sala de Gràcia.

De todos modos, entre Claudel, Cassiers, Homar, el señor Lihn, su nieta y el señor Bark consiguen acortar cualquier distancia en una pieza que si bien es una delicada joya de vuelo poético también nos interpela directamente en estos días de berridos xenófobos e intolerantes.