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CRÓNICA

Joshua Bell triunfa en el Auditori

El violinista encandiló con un concierto de Saint-Saëns

Pablo Meléndez-Haddad

El violinista Joshua Bell, el pasado sábado en el Auditori. 

El violinista Joshua Bell, el pasado sábado en el Auditori.  / MAY ZIRCUS/ L'AUDITORI

Aunque el programa del fin de semana de la OBC contaba con obras dispares estética y estilísticamente y para todos los gustos, sin duda la estrella de la propuesta era el violinista estadounidense Joshua Bell, quien interpretó el sábado en el Auditori el ‘Concierto n°3’ de Camille Saint-Saëns, pieza de gran belleza estrenada en Hamburgo en 1880 por el español Pablo Sarasate. Esta obra maestra ofrece el equilibrio justo entre virtuosismo y un lirismo arrebatador, con un ‘andante’ bucólico en el que los solistas de la madera se lucieron tanto como Bell guiados por la sabia mano de Kazushi Ono. Bell, arropado por su incondicionales, ofreció una clase de genio interpretativo, emocionando con sus pianísimos imposibles, su afinación superlativa, sus agilidades de vértigo y su pasión arrebatada en, por ejemplo ese último movimiento en el que sacó sonidos simplemente maravillosos, pleno de colores agitanados.

Ono le fue fiel en todo momento, tanto como la orquesta en su conjunto, construyendo un diálogo cargado de complicidades. Un público cariñoso recibió de regalo por parte del violinista un trozo de la banda sonora de la película 'The red violin' de François Girard (1998), por la que el compositor John Corigliano recibió un Oscar.

A estas alturas el público casi había olvidado que el concierto había comenzado con una obra estrenada en 2011, ‘Ungebetenes spiel 2’, un recorrido de exploración sonora con zapateados incluidos que utiliza los instrumentos de la forma más variada, creación del valenciano Manuel Rodríguez Valenzuela, un compositor que afirma soñar con ser ‘luthier’ de instrumentos raros; quizás a eso se deba el sonido que consigue, que se adentra en rarezas y excentricidades.

En la segunda parte, de Shostakovich se escuchó su imponente y autobiográfica 'Sinfonía nº 10 en mi menor, Op. 93' (1953) en la que, además de las citas personales y a una de sus amantes, el compositor incluyó una sutil caricatura de Stalin y su régimen. Desde el ‘moderato’ inicial, con una OBC con casi 70 cuerdas y un centenar de efectivos en total –reforzados por músicos en formación de la Esmuc como parte de un convenio de colaboración entre la orquesta y la vecina casa de estudios superiores–, la obra se ofreció con gran concentración y efectividad, redondeando una velada que puso al público en pie.