EL LIBRO DE LA SEMANA

'Una vieja historia': en las oscuras sentinas de lo real

Jonathan Littell regresa a la novela 12 años después de 'Las benévolas' con una obra perturbadora, no apta para todos los públicos

El escritor norteamericano de expresión francesa Jonathan Littell.

El escritor norteamericano de expresión francesa Jonathan Littell. / GETTY IMAGES

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Domingo Ródenas de Moya

Han transcurrido 12 años desde 'Las benévolas', la abrumadora novela con la que Jonathan Littell impresionó a los lectores de medio mundo y ganó el premio Goncourt (que ni se molestó en recoger). El horror que allí burbujeaba en las memorias imaginarias del oficial nazi Maximilien Aue, aquí ha roto sus diques y ha anegado el relato de pesadilla saturado de violencia y sexo. No está de más advertir de la descarnada y minuciosa descripción de lo uno y lo otro, que puede hacerse insoportable y monótona, efectos que Littell, maestro en la manipulación de sus recursos, ha previsto y procurado en una novela sin trama ni personajes estables, perturbadora, alegórica y escrita en una prosa de ritmo y fraseo hipnóticos.

Un narrador en primera persona que va cambiando de sexo y edad (hombre, mujer, hermafrodita o transexual, niño…) da testimonio fenomenológico (más somático que sentimental) de sus experiencias del dolor y el placer, de la crueldad y dominación infligidas y sufridas, del impulso de muerte y destrucción. La ternura, la compasión o el amor, que también están, aparecen sepultados bajo el turbión de escenas de calculado naturalismo escabroso. Cada uno de los siete capítulos repiten los mismos elementos, como ocurre con los cristales móviles de un caleidoscopio. Entre ellos hay dos que sustentan la estructura global: la piscina en la que se abren y cierran los capítulos, lugar de regeneración, líquido amniótico del que emergen renovados los narradores, y los pasillos en penumbra por los que transitan haciendo 'footing' hasta que, accionando el pomo de puertas invisibles, acceden a los distintos espacios de experiencia: un dormitorio, un jardín, un salón familiar, las calles de una ciudad o un campo de batalla. En estos pasillos, símbolo de los paréntesis o intervalos entre vivencias, aparece siempre la enigmática Dama del Armiño de Leonardo, oteando un más allá que es solo una interrogación, la que plantea el arte.

Violencia desaforada 

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El agua y los pasillos marcan el umbral y los tiempos muertos en la vida de estos narradores proteicos que cuentan, con variaciones, la esencial persistencia de los factores que conforman la vida humana. La visión que transmiten es inequívocamente pesimista. Además de una sexualidad mecánica y multiforme y una violencia desaforada, se repiten ciertos 'leitmotivs' que van adquiriendo creciente significación: el chándal verde, el niño como testigo, la música de Mozart, la omnipresencia narcisista de los espejos, el gato gris, la colcha verde estampada de hierbas, el tentempié con sardinas en lata, cebolla cruda, pan y vino, el álbum con fotos de cuerpos desnudos (imagen en abismo del libro de Littell)… Los sucesivos espacios a los que acceden los narradores componen también un amplísimo catálogo escenográfico que va de la alcoba conyugal a las calles nocturnas, de la mansión donde se celebra una orgía, al bosque o la guarida de un asesino. Toda esa pluralidad apunta en la misma dirección totalizadora: la de representar la consabida y finita historia de las posibilidades humanas.

Una soberbia ambición de significar impulsa esta novela fuera de modas y eso es admirable. En ella se entrecruzan ecos de Sade, Kafka y Beckett, pero también cinematográficos, del Godard de 'Alphaville', los hermanos Coen o incluso el 'Holy Motors' de Leos Carax. Es obvio que para Littell el mundo está mal hecho (quién lo duda), pero ante su acongojante retablo narrativo me queda una reserva: ¿es indispensable inducir en el lector el ahogo, la repulsión y el hastío que puede producir la realidad? Si la respuesta es afirmativa, esta es una rotunda obra maestra, aunque no pensada para todos los públicos.