TRIUNFO TARDÍO

Lucia Berlin y sus hijos: bailando con yonquis y príncipes

Tras su éxito póstumo, la autora de 'Manual para mujeres de la limpieza' reaparece con 'Una noche en el paraíso'

"A menudo nos preguntábamos si eran sus peripecias las que alimentaban su escritura o al revés", confiesa su hijo David

Lucia Berlin, con su hijo David en brazos.

Lucia Berlin, con su hijo David en brazos. / LITERARY STATE LUCIA BERLIN

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Olga Merino

Dos años después del éxito arrollador de 'Manual para mujeres de la limpieza', cuyos derechos fueron vendidos en 30 países, emergen otros 22 relatos de la redescubierta Lucia Berlin (Juneau, Alaska, 1936-Marina del Rey, California, 2004), una escritora de mirada inteligente y personalidad magnética. La nueva colección, 'Una noche en el paraíso / Un vespre al paradís' (Alfaguara / L’Altra), se publica simultáneamente en Estados Unidos y aquí, tal vez porque la traducción en español fue una de las más exitosas del mundo. Los hijos de la autora han compilado, además, un tercer libro con notas autobiográficas, cartas y fotografías, que verá la luz en España el próximo octubre bajo el título de 'Bienvenida a casa'.

El lector deslumbrado por Lucia Berlin volverá a disfrutar en 'Una noche en el paraíso' de su sentido del humor afilado, sin llegar al sarcasmo, y de su sinceridad descarnada en una gavilla de historias inspiradas de nuevo en sus recuerdos pero esta vez siguiendo el arco cronológico. Le tocó en suerte una vida difícil y cuesta arriba, un pozo sin fondo donde escarbar. Hija de un ingeniero y de un ama de casa “fría, racista y alcohólica”, peregrinó en su infancia por distintos enclaves mineros. Vivió en Chile, El Paso, México, California y Nueva York. A los 30 años, ya había tenido tres maridos y alumbrado cuatro hijos, todos varones. Los crio sola luchando contra un severo alcoholismo y alternando todo tipo de empleos precarios para sacarlos adelante -auxiliar de enfermería, telefonista o mujer de la limpieza-, a pesar de la dolorosa escoliosis que padecía. Separada del tercer marido, consiguió un puesto de profesora en la Universidad de Colorado.

"Nuestra vida nunca fue aburruda, a menudo divertida y a veces trágica", confiesa David Berlin, su tercer hijo

“Nuestra vida nunca fue aburrida, a menudo divertida y a veces trágica”, confiesa David Berlin, el tercer hijo de Lucia Berlin, en una larga conversación mantenida a través de varios correos electrónicos desde la bahía de San Francisco, donde reside “en una zona residencial muy aburrida” al este de la ciudad. Recuerda una existencia nómada, de apartamento en apartamento. A veces, porque no se podía pagar el alquiler y, durante un tiempo, en una furgoneta Volkswagen. “Cuando cumplí los 17 años, ya había vivido en 13 casas distintas. Además, viajábamos mucho. Supongo que de alguna manera me afectó pero no sé hasta qué punto”, explica David, de 56 años, que lleva tres décadas casado y solo se ha mudado dos veces desde que contrajo matrimonio. “He tendido a buscar el equilibrio quizá en respuesta a la precaria estabilidad de mi infancia”.

A través de los emails, David ayuda a desentrañar la madeja familiar: Lucia Berlín se casó en Nuevo México con el escultor Paul Stuttman, quien la abandonó con un hijo pequeño (Mark, el primogénito) cuando el segundo (Jeff) estaba en camino. En 1958, rehízo su vida con el músico de jazz Race Newton, con quien no tuvo descendencia. Dos años más tarde, se casó con Buddy Berlin, también músico de jazz, enganchado a la heroína y padre de los dos pequeños (David y Daniel). “Mi padre adoptó a mis dos hermanos mayores; en realidad, fue el único padre que tuvieron”.

El alcohol, su refugio

Sola, madre soltera con cuatro hijos por criar, la escritora se refugió en el alcohol impelida por las circunstancias y el patrón familiar. Fueron los años en que escondía las botellas de bourbon detrás de la lavadora o amanecía en la gélida sala de un centro de desintoxicación. “Aunque rozamos el filo varias veces, siempre tuvimos lo suficiente para comer y vestir”, dice David. Los cuatro hermanos se las apañaron desde pequeños para aprender a cocinar y hacer la colada. También se buscaban trabajillos. “Yo empecé a los 12 años porque comprendí que no podía contar con mamá para el dinero”.

“Tenía un hambre voraz por la vida y la aventura -prosigue su hijo David-. A menudo nos preguntábamos si eran sus peripecias las que alimentaban su escritura o al revés”. Al menos dos historias de la antología -esto es, 'Navidad, 1974' y 'Andando'- refieren sendos 'affaires' más o menos autobiográficos. “Ante un camino seguro y fácil, con un resultado favorable pero aburrido, y otra senda fabulosa y con una meta incierta, Lucia habría tomado la segunda”, apostilla.    

Con seis libros de cuentos, Lucia no logró en vida reconocimiento alguno y, sin embargo, perseveró

Aun así, a pesar de que el alcoholismo la desbordó, ninguno de la tropa Berlin recuerda su existencia en común como algo trágico, sino al abrigo de una madre cariñosa, inteligente y divertida. Se da la circunstancia de que Mark, fallecido en el 2005, un año después que la escritora, dejó escrita una semblanza de su madre que prologa 'Una noche en el paraíso'. Y lo que describe es una existencia eléctrica: “En familia, todos aprendimos a bailar en la playa, en los museos, en restaurantes y clubs como si fuéramos los dueños del lugar, en centros de desintoxicación y cárceles y galas de premios, con yonquis, chulos, príncipes e inocentes”. Mark heredó su talento pero también su inclinación por los excesos.

Con seis libros de cuentos, Lucia no logró en vida el reconocimiento y, sin embargo, perseveró. ¿Cómo diablos se las apañaba para escribir? “Muy temprano, antes de que nos despertáramos o bien después de la cena y hasta las tantas. Siempre estaba escribiendo, ya fuera historias o cartas”.

La autora falleció el mismo día que cumplía los 68 años de un cáncer de pulmón, y no lo hizo instalada en el garaje de la casa de uno de sus hijos como se ha dicho a menudo. “Era un estudio en el jardín de la piscina; había sido un garaje, pero fue bellamente restaurado”, aclara David. Los últimos meses de su vida los pasó en un apartamento en Marina del Rey, desde cuyas ventanas podía contemplar el azul de océano y seguir hilando esa escritura suya tan limpia, sin adornos ni melodramas. Como un puñetazo.

        

  

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