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CRÓNICA

Ethan Iverson y Mark Turner, un almacén en medio de la nada

El dúo invoco ambientes misteriosos en la presentación de 'Temporary Kings' en el Conservatori del Liceu

Roger Roca

Iverson y Turner, durante su actuación. 

Iverson y Turner, durante su actuación.  / LORENZO DUASO

Vas conduciendo por una carretera al norte de la gélida Minnesota, allí donde Estados Unidos va a morir a orillas de un lago enorme, y en medio de la nada te encuentras con un almacén gigantesco y solitario en el que se venden muebles baratos. Como para que te dé una depresión. O como para escribir un blues, que es lo que hizo Ethan Iverson. El pianista, que no es de Minnesota pero casi -nació en la vecina Wisconsin-, explicó el pasado martes en el Conservatori del Liceu cómo su encuentro con ese paisaje desolado le inspiró el blues 'Unclaimed Freight', una de los momentos más intensos de la presentación de 'Temporary Kings', su disco a dúo con el saxofonista Mark Turner dentro del 50 Voll-Damm Festival Internacional de Jazz de Barcelona.

Claro que no era un blues convencional. Sin clichés, sin “oh yeahs” ni desgarro. Y por supuesto, sin respetar ni lo más elemental de las formas del blues. Pero al mismo tiempo, esa música recogida y lacónica transmitió a la perfección la sensación de vacío que Iverson debía tener cuando se dio de bruces con aquella estampa: un almacén en medio de la nada que vende cosas que probablemente nadie elegiría por gusto. 

Ambientes inquietantes 

La música de Iverson, exmiembro de The Bad Plus, y Turner, uno de los saxofonistas más personales en activo, invoca ambientes inquietantes y misteriosos y esquiva la catarsis emocional. Habrá quien les encuentre fríos -hubo algunas deserciones a mitad del concierto-, pero nadie les podrá acusar de ser previsibles ni vulgares. Han encontrado una manera propia de sublimar las tradiciones del jazz y la contemporánea sin pisar lugares comunes; un mundo de melodías asimétricas que aún así, extrañamente fluyen. Un mundo de formas casi picassianas, de jazz que nunca es solamente jazz y de música de cámara que tiene un swing que no se oye pero se siente, de improvisaciones de vértigo sobre una arquitectura sofisticadísima. “Perdona por perderme en la coda”, le dijo Iverson a Turner al final de una de las piezas más exigentes. La filigrana era tal que, probablemente, nadie más en la sala se dio cuenta.