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ESTRENO EN EL LLIURE

'Àngels a Amèrica', el vuelo más alto de David Selvas

La maestría de Pere Arquillué y Vicky Peña apuntala la gran maquinaria escénica del díptico sobre el sida

Imma Fernández

Una escena de ’Àngels a Amèrica’, en el Lliure de Montjuïc.

Una escena de ’Àngels a Amèrica’, en el Lliure de Montjuïc. / FELIPE MENA

Se propuso David Selvas un reto mayúsculo: llevar a escena la monumental obra ‘Ángeles en América’, del norteamericano Tony Kushner, con los jóvenes intérpretes de la Kompanyia Lliure, y ha superado la osadía con una puesta en escena en la que destaca el despliegue técnico, la claridad expositiva y la maestría de un Pere Arquillué impecable, como es habitual en él, y de Vicky Peña. Quedaba, en el recuerdo del ya lejano 1996, la propuesta inconclusa de Josep Maria Flotats, que solo pudo abordar la primera parte, ‘S’acosta el mil.leni’. Ahora Selvas completa con ‘Perestroika’, inédita en Catalunya, el aclamado y premiado díptico que rompió el silencio sobre la plaga de sida en la América del reciclado ‘cowboy’ Ronald Reagan. El autor siguió los pasos del poderoso abogado Roy Cohn (estupendo Arquillué), uno de los gatillos más desalmados en la caza de brujas de McCarthy – curioso, llegó a ser asesor de Donald Trump-. Homosexual en el armario,  acabó muriendo infectado por el virus. De cáncer, decía él, para preservar su imagen.

El primer logro de esta versión ha sido el limpio tijeretazo: las casi ocho horas del original se han quedado en cuatro y media, divididas en dos partes (se aconseja el maratón de los sábados), que concentran lo esencial del texto de Kushner. Una mirada caleidoscópica sobre la lealtad, la traición, la culpa y la intolerancia, que hoy se renueva con el auge de las ideologías ultras.

Selvas maneja bien las escenas en paralelo y solapadas (consigna del autor), que agilizan el relato en la primera parte y refuerza con imágenes grabadas en directo, recurso hábil para magnificar momentos como el encuentro, en el plano de la fantasía, entre Prior, joven enfermo de sida (buen trabajo de Joan Amargós) y Harper, la esposa insatisfecha del abogado gay y mormón Joe Pitt (Eduardo Lloveras). Sobre ella, atiborrada de Valium, recae el peso cómico, un registro que se le da muy bien a Júlia Truyol. Joan Solé es Louis, el novio ‘traidor’ de Prior, y Quim Àvila supera, con desparpajo y buen oficio, la controversia de meterse en la piel del ex ‘drag queen’ Belize, negro con mucha intención en el original, que cuida del moribundo Cohn.

Realidad y fantasía

El joven elenco, más asentado y suelto en la segunda parte, no logra, empequeñecido en el gran engranaje técnico e irregular en sus dibujos, el reto de emocionar con la intensidad que marca la obra. La escenografía de Max Glaenzel se plantea como un artefacto efectista al servicio del doble plano - realidad y fantasía- por el que transitan vivos y muertos. Habitáculos con paredes que caen y dejan ver a los fantasmas del pasado, o que encierran a los personajes en su enfermedad y en sus alucinaciones. En la segunda parte, se transforman en espejos de camerinos.

Selvas se ha aplicado mucho en potenciar los desvaríos oníricos; el efecto más impactante es el del ángel (Raquel Ferri, con una voz metalizada que no llega nítida), que cae desde el cielo del teatro sobrevolando el escenario sujetada con un arnés. Un ángel femenino que se le aparece a Prior para anunciarle que es un profeta y que es capaz de despertar la libido de Hannah Pitt, la madre de Joe, en una escena en la que se luce Peña (también rabino y Prelapsarianov, porque así lo quiso Kushner). Hay grandes momentos en la valiente propuesta de Selvas, pero no consigue que las partes más desgarradoras del colosal díptico toquen la fibra del espectador. A estos ángeles de altos vuelos les falta alma.