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ENTREVISTA A LA ESCRITORA ITALIANA

La cobaya humana de la comida de Hitler

Rosella Postorino rescata en la novela 'La catadora' la historia real de las mujeres obligadas a comer los menús del Führer para prevenir envenenamientos

La protagonista se inspira en Margot Wölk, la única de las catadoras que sobrevivió al fin de la guerra y que no desveló su secreto hasta que tuvo 95 años

Anna Abella

Margot Wölk, que a sus 95 años desveló que había sido utilizada como cobaya para probar la comida de Hitler y que inspiró la novela de Postorino. En la imagen enseña una foto suya durante la guerra.

Margot Wölk, que a sus 95 años desveló que había sido utilizada como cobaya para probar la comida de Hitler y que inspiró la novela de Postorino. En la imagen enseña una foto suya durante la guerra. / AP / MARKUS SCHREIBER

No fue hasta el 2013, que la alemana Margot Wölk, con 95 años, hizo público que en la segunda guerra mundial los SS la obligaron a ser una de las 15 mujeres que durante casi tres años tuvo que probar a diario la comida que luego consumía Hitler para prevenir un posible envenenamiento. Sus compañeras fueron fusiladas por los rusos y solo ella sobrevivió a la guerra, logrando huir gracias a un teniente nazi con el que tuvo una relación, aunque no se libraría de ser brutalmente violada por los soviéticos. La tardía revelación de aquella anciana llevó a Rosella Postorino (1978) a buscarla para entrevistarla y escribir un libro sobre su experiencia pero antes de lograrlo Wölk murió. Ello no impidió a la autora italiana recrear su historia en ‘La catadora’ (Lumen), Premio Campiello, de la que ya ha vendido los derechos para la versión cinematográfica. 

La protagonista, Rosa Sauer, de 27 años, se inspira en Wölk, secretaria con el marido en el frente, que abandonó Berlín cuando un bombardeo destruyó su casa y se trasladó a vivir a la de sus suegros en un pueblo de Prusia oriental, cerca de la Guarida del Lobo, cuartel general de Hitler, donde la reclutaron como catadora. Su relato se convirtió para Postorino en “una obsesión”, que la llevó a buscar noticias o testimonios sobre aquellas mujeres. "Nadie sabía nada de ellas", cuenta por teléfono desde Madrid. “Sientes que no tenían alternativa, ¿cómo le dices que no a las SS? ¿Estás dispuesta a pagar el precio de decir ‘no’? Me preguntaba qué habría hecho yo en su lugar. ¿Habría sido lo suficientemente valiente como para arriesgar mi vida por unas ideas? Esa decisión moral de los seres humanos que los convierte en mártires o héroes en sistemas totalitarios me llevó a escribir la novela”.   

Rosella Postorino, el pasado viernes durante su visita a Madrid / JOSÉ LUIS ROCA

El personaje de Rosa se mueve entre “el miedo a morir tras cada bocado” y la culpa. “Por un lado, la colectiva que se les atribuye a los alemanes por haber aceptado y tolerado el nazismo. Aunque ella no se siente nazi ni estaba de acuerdo con el régimen, sabía que para sobrevivir debía trabajar para el Führer y comer su comida antes que él. Eso la hace sentirse cómplice y parte del sistema inhumano de los nazis. Pero también culpable, porque les pagaban por comer, aunque pudieran envenenarse. De algún modo eran privilegiadas porque comer significaba sobrevivir mientras otros morían y sufrían hambre a su alrededor”.  

"A Hitler le temblaban las manos, tenía problemas digestivos y se tomaba 16 píldoras al día contra la flatulencia. Pasamos del ser mesiánico a una figura ridícula"

Hitler es “como una sombra letal” al que las catadoras nunca vieron cara a cara. “Él no se dignaba verlas porque solo eran cobayas humanas”. Pero en la novela el líder nazi aparece de dos formas. “Una es la imagen que de él muestra la propaganda, como alguien marcado por la providencia con un valor místico, responsable de la vida y la muerte de los demás, omnipresente e invisible, como si fuera Dios”, explica Postorino. La otra es “a través de lo que cuentan de él quienes le conocían, como la baronesa o el cocinero. Hablan de Hitler como ser humano y es ahí cuando hay que recordar que fue un ser humano que mató a muchos otros, que era de nuestra especie. Habría que generar anticuerpos para no repetir sus atrocidades”. 

Margot Wölk, cuando a sus 95 años desveló que había sido catadora de Hitler / AP / MARKUS SCHREIBER

Esa imagen corpórea de Hitler, que no comía carne ni bebía alcohol, “implica fragilidad, caducidad. Un cuerpo se degrada, se marchita, se estropea, envejece. Y permite contar que tenía un tic en los labios, que le temblaban las manos, que tenía problemas digestivos y se tomaba 16 píldoras al día contra la flatulencia. Pasamos del ser mesiánico a una figura ridícula. Era un paranoico con problemas de digestión, que era muy goloso y podía atracarse de chocolate y luego hacer ayunos en los que adelgazaba siete quilos. Eso da imagen de una persona desequilibrada, neurótica”. 

La ficción permite a la autora hablar de la relación de la protagonista con el oficial nazi, algo que sí eligió, a diferencia del hecho de convertirse en catadora de Hitler, que fue algo accidental. “Pudo elegir no acostarse con él, pero lo hizo y su culpa va más allá de la colectiva, tiene un sentimiento individual de vergüenza”, apunta la autora, a quien lo que más sorprendió de la catadora real fue “su silencio, el guardar sus secretos durante tantos años”. “Creo que vivió la culpa como un fardo que no podía revelar aunque al final no quiso morir con él a cuestas –añade- En ningún lugar ha habido tanto silencio como en las familias alemanas. La mayoría de los alemanes y también de los supervivientes de los campos nazis guardaron silencio, ocultaron las humillaciones sufridas”. 

"En ciertas épocas de la historia el no elegir significa elegir. La no elección forma parte de la complicidad. Lo que ocurrió con el nazismo tiene mucho que ver con lo que hoy pasa con los refugiados"

“En ciertas épocas de la historia el no elegir significa elegir. La no elección forma parte de la complicidad”, reflexiona Postorino al trasladar el dilema a la actualidad. “Tengo la sensación de que el público que viene a las presentaciones del libro percibe la historia como algo del pasado, que sucedió hace mucho y que nada tiene que ver con nosotros hoy. Pero sí tiene que ver. Yo crecí con la idea utópica y el sueño de una Europa organizada, de cooperación entre estados para prevenir las guerras. Y ahora, con la importancia de las fronteras y los nacionalismos y la fracturación política ese proyecto peligra. Se percibe al extranjero como una posible amenaza pero el inmigrante se ve obligado a dejar su casa, a afrontar torturas, violaciones, encierros, a pagar mucho dinero por cruzar el mar, arriesgando una vida que solo intenta mejorar. Valora su vida e intenta protegerla. Pero el Gobierno de Italia, el de Trump, también el ‘brexit’, por no hablar de Hungría y el resurgir de la extrema derecha, quieren anular el valor de la vida humana esgrimiendo un ideal o una justificación económica. Es espantoso. Eso es lo que nos debe preocupar, porque pueden despertar fantasmas del pasado”.