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CRÓNICA

Chucho Valdés, raíces negras

El pianista cubano inauguró la 50 edición del festival de jazz de Barcelona en el Palau de la Música con un proyecto basado en los ritmos batá

Roger Roca

Chucho Valdés, en su última actuación en el Palau de la Música Catalana. 

Chucho Valdés, en su última actuación en el Palau de la Música Catalana.  / VIOLETA GUMA / ACN

“Será un concierto denso, largo y poderoso”, anunciaba con entusiasmo Joan Anton Cararach, director artístico del Voll-Damm Festival Internacional de Jazz de Barcelona. Aunque durante el Grec ya se programaron conciertos bajo la marca del festival, el viernes en el Palau de la Música arrancaba oficialmente su 50 edición. Medio siglo del festival de “una ciudad que ha crecido a ritmo de jazz”, dijo Tito Ramoneda, director general de la empresa The Project, que organiza el festival desde 1989. “Es patrimonio de todos los barceloneses y como tal lo tenemos que mimar y conservar”, remató

En un Palau en el que estaban, entre otros, la alcaldesa Ada Colau y la Consellera de cultura Laura Borràs. Hoy las relaciones entre el certamen y las instituciones públicas del país son buenas, pero a la largo de cinco décadas ha habido de todo.

La apuesta artística para celebrar su medio siglo de vida era consistente. El 40 aniversario lo habían inaugurado a dúo el añorado Bebo Valdés, emblema del festival durante una década, y su hijo Chucho. Diez años después, tras la muerte de Bebo en 2013, le correspondía a, Chucho, el patriarca de la saga y el padrino oficial del festival. Y a sus 77 años, casi la edad que tenía su padre cuando debutó en Barcelona, mantiene intacta su inquietud. En el Palau estrenaba música inspirada en los toques batá, ritmos originarios de la cultura yoruba, con raíces en Nigeria, que se tocan con un juego de tres tambores. De las muchas veces que Chucho Valdés ha actuado en Barcelona desde 2002, nunca antes había presentado una música tan enraizada en la cultura africana.

Invocación solemne

El pianista y su grupo, tres percusionistas y un contrabajista cubanos, empezaron solemnes, como en una invocación. Valdés levantaba la mano para indicar entradas, salidas y pausas en una música que parecía que se estaba construyendo allí mismo, aún sin automatismos ni rutinas aprendidas. Los percusionistas, con protagonismo para Dreiser Durruthy Bombalé, al cargo del tambor batá y la voz, tejían una trama de ritmos densa y rica, y el poder era cosa del portentoso Valdés, que volcaba todas las escuelas que domina -la clásica, la contemporánea, el jazz moderno, las tradiciones cubanas- sobre el piano. La música tomó temperatura en un fascinante “Son XXI” que suena a futuro, y aun así, costó que el Palau se encendiera. Quizás porque al proyecto aún le falta soltura y rodaje, quizás porque los códigos de esa música de raíz africana aún son tan ajenos al público del jazz de Barcelona como lo debían ser los de la orquesta norteamericana de jazz que, casi cien años atrás, desembarcó por primera vez en la ciudad para actuar en el Teatre Principal.

La preciosa “100 años de Bebo”, una canción hasta hoy inédita que Valdés aprendió de su padre cuando era niño, fue lo más emotivo de una noche que tuvo como eficaz invitado al violinista cubano Carlos Caro, residente en Barcelona. Al final Durruthy Bombalé bajó a la platea a jugar con los espectadores recreando un ritual yoruba, pero nadie, a excepción de un grupo de cubanos, sabía muy bien cómo responder a la invitación. Pasaba una hora y media cuando Valdés y sus músicos se marchaban bailando del escenario. No fue largo, no fue exactamente una fiesta, pero fue bien rico.