experimento arriesgado

El público vota 'sí' a 'Un enemigo del pueblo', pero por poco

La versión libre de Rigola de la obra de Ibsen se representa en Girona con 290 votos a favor y 228 en contra

Los actores en  ’Un enemigo del pueblo (Ágora)’. 

Los actores en  ’Un enemigo del pueblo (Ágora)’.  / VANESSA RABADE

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Marta Cervera

Había ganas el pasado jueves de ver el último montaje de Àlex Rigola en Girona, ‘Un enemigo del pueblo (Ágora)’, un experimento basado en una famosa obra teatral de Ibsen. El director barcelonés, aliado con El Pavón Teatro Kamikaze de Madrid, plantea la obra como un juego participativo y democrático. Hay debate, la reflexión y la participación activa del espectador. La libertad de expresión, la corrupción política y la preponderancia de la opinión de la mayoría a través del sufragio universal son abordados en ella de forma directa, con actores que son tan persona como personaje, como en anteriorers trabajos de Rigola (‘Who is me. Pasolini’, ‘Vània’). Nao Albet, Israel Elejalde, Irene Escolar, Òscar de la Fuente y Francisco Reyes rompen la cuarta pared y animan a la gente a opinar desde el primer minuto.

Como la obra habla de ética piden contestar a tres preguntas a mano alzada con unas papeletas entregadas al entrar. La primera: "¿Crees en la democracia?" 451 papeletas verdes con el sí y 50 rojas con el no. La segunda: "¿Tenéis derecho a decir todo lo que pensáis?" 514 sí frente a 18 que opinan lo opuesto. En la tercera el margen es mucho más ajustado. Se planteó como una manera de mojarse por la libertad de expresión. "¿Preferís ver la función o paralizarla como un acto para reivindicar la libertad de expresión?" Dependía del público seguir o no con el espectáculo. En Madrid se anuló la obra en dos ocasiones, recordó Elejalde, que, como sus compañeros, iba vestido de calle. "No es broma", advirtió. También aclaró que no devolverían el dinero de la entrada. En Girona la mayoría prefirió ver la obra, no por una gran diferencia: 290 votos frente a 228.

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A partir de ahí el equipo interpretativo empezó a desgranar la obra, sintetizada en una pizarra donde un esquemático dibujo resumía el problema de las aguas contaminadas del balneario que el doctor Stockmann (Elejalde) denuncia. Albet y De la Fuente representaban a los medios de comunicación, e Irene Escolar a la alcaldesa, partidaria de evitar una noticia que arruinaría el principal reclamo turístico del pueblo. Francisco Reyes era el hombre medio, un informático representante también de los autónomos. 

La corrupción política y la falta de libertad de expresión quedan expuestas desde el primer momento en un montaje planteado como un debate dialéctico que hasta invitó a Guillem Terribas, de la Llibreria 22, a dejar su butaca para ejercer de moderador. Pese a la nobleza de la causa de Elejalde/Stockmann, su idea de eliminar el sufragio universal que considera nefasto pues otorga poder a la "masa ignorante", no prosperó entre un público. En un animado turno de palabras, donde incluso citó al filósofo Walter Benjamin, la mayoría estuvo a favor del derecho a voto para todos, 417 frente a 86. Al salir, el debate continuaba entre los asistentes: ¿Era fiable el recuento de votos a mano alzada? ¿Nos han manipulado?