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crisis en una entidad

Las claves para descifrar el reino paralelo de la SGAE

Estas son las singularidades, las irregularidades y las lacras de la asociación

Nando Cruz

La sede principal de la SGAE, en Madrid.

La sede principal de la SGAE, en Madrid. / JOSÉ LUIS ROCA

Pese a que la SGAE ha sido durante décadas una entidad caracterizada por su opacidad, poco a poco se han ido conociendo algunos de sus procedimientos para recaudar y distribuir los ingresos de sus asociados. La nula vigilancia por parte del Estado ha facilitado que durante décadas funcionase como un reino paralelo sobre cuyo funcionamiento ofrecemos algunas claves.

La rueda

Con este término se conoce el mecanismo que, según denunció Antón Reixa en su breve etapa al frente de la entidad, han practicado Tele 5, Antena 3, TVE y otras cadenas al emitir programas de madrugada en los que sonaban durante horas composiciones desconocidas y a menudo casi inaudibles. Sus autores cedían un porcentaje de los derechos a las editoriales de las teles y, tras declararlas a la SGAE, tanto los autores como las televisiones cobraban. Reixa cifró el fraude en un 20% de la facturación de la SGAE; 50 millones de euros anuales que reducen la retribución a autores que no participan de la rueda y facilita el acceso a puestos de control en la entidad a otros cuya música nadie ha oído jamás. Algún autor de la rueda llegó a registrar 11.000 en cinco años. Tres directivos de la SGAE fueron acusados de colaborar con la trama. Sus delitos habían prescrito.

Las televisiones

Son la fuente principal de ingresos de la SGAE (en el 2017 abonaron 99 millones de euros) y por eso buscan el modo de recuperar parte de lo que pagan a través de contratos editoriales. Las televisiones pueden exigir a un autor que le ceda hasta el 50% de sus derechos editoriales y, al mismo tiempo, pueden emitir hasta un 33% de música de autores de su editorial. Esto además de crear una vía de retorno automático del dinero tributado a la SGAE, legaliza los favoritismos hacia los artistas de la casa y a la vez margina a los que no pasan por el aro.

Las multinacionales

Es el otro gran lobi, enfrentado a la SGAE y al lobi de las televisiones al ver que estas destinan buena parte de su parrilla a artistas que ellos no gestionan y que el reparto de ingresos de la SGAE destina muchísimo más dinero a los autores de la rueda que a sus representados. Como protesta, han retirado ya su catálogo internacional, medida que entrará en vigor en enero. Eso debiera significar que si televisiones, salas de conciertos y bares han de tributar por utilizar sus repertorios, ya no pagarían ese dinero a la SGAE. Aunque no es exactamente así.

La recaudación

El punto de mayor conflicto de muchos autores con la SGAE es que buena parte de su recaudación se tramita mediante tarifas planas y que lo que pagan salas, bares, plataformas digitales y demás usuarios del catálogo de la entidad se acuerda mediante tratos confidenciales. Así, el músico recibe un talón con la cantidad desglosada, pero no hay modo de comprobar si esta se corresponde al uso real que haya tenido su repertorio. En el libro ‘SGAE: el monopolio en decadencia’, Ainara Legardon y David García Aristegui, explican que cuando algún autor ha reclamado, al año siguiente ha cobrado más. Es una pista de que el sistema de reparto se corrige en función de variables tan poco matemáticas como patalear.

'El pendiente'

Aunque ya existen tecnologías capaces de detectar con el móvil qué canción suena en un bar o emisora, la SGAE no las usa. Eso hace que miles de autores nunca reciban el dinero que debieran porque sus canciones no son identificadas. Durante años, ese dinero fue a un saco llamado ‘el pendiente’ que después se repartían entre algunos socios. Aquel pellizco de dinero ajeno se conocía como 'el aguinaldo'. Años después, cuando Teddy Bautista se enfrascó en el proyecto de la red de teatros Arteria, 'el pendiente' fue a sufragar aquellas inversiones. Se trata de cantidades que algunos años superaban los 17 millones de euros.

Los autores que consideren que la SGAE no les está pagando por el uso de un repertorio que ellos pueden demostrar, pueden reclamarlo en un periodo de cinco años (tiempo atrás eran 15), pero solo podrán recuperarlo si son socios. La entidad recauda el dinero de todos los autores, incluso de los que no están afiliados porque prefieren trabajar con licencias libres. Por eso el grupo Pony Bravo tiene decenas de miles de euros retenidos en la entidad.

El voto

De los alrededor de 120.000 socios, apenas 20.000 tienen derecho a voto porque para obtenerlo han de haber generado un mínimo de 655 euros en los últimos cuatro años. Y cuanto más dinero genera, más votos tiene un autor. Sin embargo, para tener derecho a ser candidato, has de haber generado en algún momento de tu carrera alrededor de 150.000 euros. Estos requisitos no solo están a años luz de la práctica democrática de ‘una persona, un voto’, sino también que también fomentan la permanencia en los puestos de mando de la entidad de artistas que dejaron de generar dinero hace décadas.

El sistema de voto de los que pueden votar también tiene complicaciones: no se permite votar por correo electrónico y el voto por correo ordinario no garantiza al votante que su voto sea contabilizado porque no puede certificar el envío y, por lo tanto, correos no puede probar que haya llegado a destino. Solo la SGAE lo sabe y, como con el pago a autores, hay que creer en la entidad.

La imagen

La campaña de acoso a los vendedores ambulantes, la recaudación en bodas y peluquerías, la cascada de escándalos (alguno de ellos por gastos de 40.000 euros en prostíbulos en seis meses) y la imposición unilateral del canon digital a CD-R, DVD, cintas VHS y demás soportes (aplicada en el 2003 y tumbada en el 2011 desde Europa) arruinaron de tal forma la imagen de la SGAE que harán falta genios del márketing para restituirla. Como efecto colateral, también cayó en descrédito la imagen de los autores. Anton Reixa llegó a decir: “Para que haya respeto a la propiedad intelectual en este país tiene que desaparecer la SGAE”.

El registro de obras

El sistema de registro de obras de la SGAE anda lejos de ser perfecto. Son tantas las que se inscriben cada año que, escudados en la maquinaria burocrática y los oscuros pasillos de la sede, se han descubierto chanchullos de todo tipo: por ejemplo, el de personas que registran obras que se grabaron antes de que ellos nacieran. En algún caso son herederos de los autores reales que quieren seguir recibiendo dinero de obras ya en dominio público. En el caso de la zarzuela ‘La revoltosa’, no era ni un heredero sino un colaborador de la entidad; tan cercano que tenía un despacho en el sótano del Palacio de Longoria, la sede de SGAE.

Y el otro registro

La Guardia Civil entró en el Palacio Longoria el 30 de junio del 2011. De aquel registro que duró 13 horas, se derivó la detención de Teddy Bautista, José Luis Rodríguez Neri, director de la filial digital, y nueve personas más que siguen pendientes de juicio y a las que se pide de siete a doce años de cárcel. Se les acusa de un desvío de fondos de la entidad para beneficios particulares. El agujero que dejó aquella gestión podría alcanzar los cien millones de euros.

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