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PERFIL de la diva

Montserrat Caballé en la intimidad: risa contagiosa y mirada fulminante

Su colección de anécdotas sobre el mundo de la lírica habría dado para un libro pero ella prefería saborearlas entre amigos y familia

Marta Cervera

Montserrat Caballé y su hija, Montserrat Martí, en el 2007.

Montserrat Caballé y su hija, Montserrat Martí, en el 2007. / GUILLERMO MOLINER

Quien conoció a Montserrat Caballé nunca olvidará su contagiosa risa. Aunque de cara a la galería podía mantener una pose algo distante, en 'petit comité' y con sus amigos siempre hizo gala de un magnífico sentido del humor. Su clan familiar conocía de sobras todas las anécdotas de su impresionante carrera pero aun así, cuando se reunían, no podían parar de reír cada vez que las recordaban.

Su risa era contagiosa. Lo descubrí en un viaje a Milán para acudir al debut de la hija de la cantante -también llamada Montse como su prima y secretaria personal de la soprano- en una producción del musical ‘West Side Story’ estrenada en Milán. La cena posterior estuvo plagada de divertidísimas anécdotas donde hablaban de grandes figuras como si fueran de la familia. "Podría haber hecho más de un libro con todo lo que sabía", recuerda Christina Scheppelmann, directora artística del Liceu. Tenía un enorme sentido del humor. Llegó incluso a reírse de sí misma y del anuncio de la lotería en el que apareció en el 2013, que calificó de "horroroso". 

Debajo de la imagen de famosa cantante de ópera se escondía una mujer campechana y humilde. Solía ser directa y no le gustaba que la halagaran en exceso. Cuando alguien le hablaba de la cantidad de idiomas que hablaba, respondía: "Pero si no hablo árabe, ni chino". 

El pilar

La familia fue para Caballé un pilar importante. Su marido, el tenor aragonés Bernabé Martí, fue una gran ayuda para ella. Siempre la apoyó en los momentos difíciles y cuando no pudieron cantar más juntos siguió a su lado para que ella prosperara en el exigente mundo de la lírica. El otro hombre de su vida fue su hermano, Carlos Caballé, que empezó desde muy joven a ocuparse de los contratos de su hermana y acabó creando una de las agencias de contratación más pujantes durante una época, en la que estuvieron Plácido Domingo y José Carreras. Su hermano fue el único empresario de la diva.

Para Caballé la música fue su vida pero siempre tuvo muy presente a los suyos. No dejó nunca que su delicada salud la apartara de su objetivo: desarrolló una brillante carrera y apuntaló una sólida familia. Caballé ha grabado varios discos con su hija que ha seguido la tradición familiar aunque de pequeña no le gustaba nada tener una mamá tan viajera. En aquella época las conexiones no eran como hoy, solo existía el teléfono fijo, pero Caballé llamaba a casa cada día para seguir la crianza de los suyos. Incluso cruzaba el Atlántico para reunirse con ellos si tenía tres días libres.

Pese a conocer los mejores coliseos y hoteles, Caballé no olvidó nunca sus orígenes modestos y se negó a cambiar de residencia. Siendo una de los referentes de la ópera podía haberse trasladado a un lujoso barrio residencial como otros colegas pero prefirió permanecer en el piso que tenía con vistas a la cárcel Modelo. Pensaba que era aleccionador tener cerca ese paisaje. Aunque no debió de serlo tanto para ella pues en el 2015 fue condenada por el Tribunal Superior de Justícia de Catalunya a una pena de cárcel (que no tuvo que cumplir) y a una multa de 240.000 euros por evasión fiscal tras declararse residente en Andorra cuando en realidad vivía en Barcelona.

Placeres sencillos

Fuera de escena le gustaba disfrutar de los placeres sencillos de la vida. Le gustaba pasar tiempo en su finca cerca de Ripoll pero la música siempre estuvo presente, incluso al final de su vida. Cuando abandonó los escenarios siguió trabajando tanto en su concurso de Zaragoza -de donde han salido cantantes como Pretty Yende que acaba de triunfar en la inauguración de la temporada del Liceu con ‘I Puritani’- como en su afán por transmitir su experiencia a las jóvenes generaciones. Se consideró siempre una servidora eterna de la música a la que se acercó con enorme respeto y exigía lo mismo a quienes aspiraban a hacer carrera en la lírica que asistían a sus clases magistrales, a quienes podía fulminar con la mirada. “Siempre fue muy estricta con los estudiantes pero era un favor que les hacía porque este es un negocio muy difícil donde nadie te regala nada. O te esfuerzas muchísimo o no llegas porque la música es un trabajo eterno donde nunca dejas de aprender”, recuerda Scheppelmann.