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CRÓNICA

András Schiff, por amor a Bach

El genio del teclado ofreció un monográfico en el Palau dedicado al compositor barroco

Pablo Meléndez-Haddad

András Schiff, el pasado marzo, en el Palau. 

András Schiff, el pasado marzo, en el Palau. 

La relación del pianista húngaro Andras Schiff con el Palau de la Música Catalana viene de lejos y no es de extrañar que este genio del teclado llenara el auditorio modernista la pasada semana con un brillante y épico monográfico dedicado al padre Bach con el que se inauguró el curso 2018-19 del ciclo Palau-Bach. El connotado intérprete lo considera como “el más genial de todos los compositores” y de eso se trató la velada: de confrontar la genialidad de un músico consagrado a su obra que nunca llegó a conocer el piano moderno durante toda su vida y la de un intérprete actual que, a través de este instrumento, ha llegado al alma de la obra bachiana.

Abrió el fuego el popular 'Concerto italiano BWV 971' cuyo primer tema tanto se ha utilizado en radio y publicidad. Schiff construyó una introducción de espléndida factura, sin llenarla de claroscuros románticos, aunque también es verdad que en el fantástico primer movimiento se apreció algún nudo resuelto con poca claridad en momentos de transición; hubo interesantes cambios de 'tempi' que brindaron flexibilidad, para más tarde ofrecer un 'Andante' dulce y sutil, cantando las frases en un generoso juego de dinámicas. Al interpretar la 'Obertura estilo francés BWV 832' se oyeron una vez más todas y cada una de las voces de la partitura con gran claridad; ya no se apreciaron esos finales de frase algo acelerados que hubo en la primera pieza. Por el contrario, y como ese gran compendio de danzas de salón que incorpora y estiliza la 'Obertura francesa', en los diferentes movimientos hubo adecuados -y sorprendentes- cambios de ritmo, subrayándose los acentos y manteniendo la elegancia en el fraseo.

Técnica e inspiración, pero también virtuosismo y sensibilidad, fueron las constantes en las 'Variaciones Goldberg BWV 988', el enorme monumento de la cultura de Occidente que András Schiff -todo un experto en la obra- despachó en 73 intensos minutos ofreciendo una clase magistral en la asimilación de la pieza, con una interiorización absolutamente orgánica en la que nunca cesaron de sonar las diferentes voces (todas y cada una de ellas), imponiendo silencios elocuentes y volando, por ejemplo, en la 'Variación 14'. El público se mostró subyugado y devotamente en silencio durante toda la ejecución ante una versión tan emocionante y virtuosa, pero un grupo de desalmados rompió la magia final con aplausos y vítores precipitados antes de que Schiff levantara las manos del teclado ante su evidente decepción y enfado. Los ritos deben respetarse.