CRÍTICA

Marta Rojals: Secretos de familia

Pese a contar con un gran despliegue de recursos, 'El cel no és per a tothom' muestra una cierta rigidez formal

El popular avión del Tibidabo.

El popular avión del Tibidabo. / JOAN CORTADELLAS

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Vicenç Pagès Jordà
Vicenç Pagès Jordà

Escritor y crítico literario

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Como las anteriores, la tercera novela de Marta Rojals (Ribera d’Ebre, 1975), ‘El cel no és per a tothom’ está protagonizado por mujeres, trata temas sociales, está escrita en un catalán atrevido y es de una candente actualidad. Las tres novelas son modernas en el sentido de que abren camino, pero también en el sentido de que ignoran la posmodernidad: explican historia de ahora con el lenguaje de ahora, pero con una visión más artesanal que lúdica, como si pudiéramos encararnos a la realidad con la misma voluntad de representación que en el siglo XIX.

Los protagonistas de ‘El cel no és per a tothom’ son tres hermanos: dos gemelas con carácter y un hermano pusilánime, hijos de una madre dominante y un padre papanatas. La estructura binaria se repite en los dos gemelos de buena familia del pueblo, el yerno modélico y el partidario de la cara oscura de la vida. Por lo que respecta a las gemelas, la diferencia no es de bondad ni de intensidad, sino que una sigue un camino aparentemente convencional, mientras la otra intenta su independencia. A su alrededor, pululan constelaciones de parientes, amigos y amantes. Llegadas a la edad adulta, las gemelas han dejado de hablarse, pero las circunstancias las obligan a un encuentro, que solo ocurrirá al final del libro, diferido por todos los ‘flashbacks’ que nos permiten acceder a su pasado.

Sorpresas dosificadas 

Marta Rojals ya había demostrado que dominaba el arte de la narrativa. A lo largo de ‘El cel no és per a tothom’ dosifica una serie de sorpresas para mantener vivo el interés del lector. Pese a todo, es fácil encallarse en el tramo central. Si las escenas están bien construidas y el lenguaje es vivo, ¿cómo es que se produce ese cansancio? Intentaré explicarlo desde mi punto de vista.

El esquema es muy parecido a las novelas anteriores, ya que trata de las vicisitudes vitales desde el punto de vista de mujeres contemporáneas. Ahora, sin embargo, Rojals ha doblado el numero de páginas y ha creado una red de relaciones mucho más complejas. Al cabo de centenares de páginas, la alternancia entre las escenas que conducen al final y las que permiten hacerse cargo del pasado familiar se hace repetitiva (o algo peor: como en una teleserie, no pasa nada si nos saltamos algún episodio). Otro aspecto que no facilita la lectura es que la autora utiliza casi de manera exclusiva el recurso de la escena. Sin resúmenes, elipsis, deceleraciones, el ritmo se mantiene uniforme en toda la novela. Como en las sinfonías, una narración reclama fluctuaciones de tempo en vez de esta esclavitud del ‘showing’. No es suficiente que el instrumento lingüístico esté afinado si no hay una alternancia de allegros, andantes y lentos. Por mucho que la autora despliegue sus recursos, que son notorios, la rigidez dificulta la lectura.

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Como los puntos de vista corresponden a los hermanos, el resto de los personajes quedan en segundo plano, esquemáticos e interrumpidos. Añadamos, finalmente, una acumulación de hechos rocambolescos: la doble pareja de gemelos antitéticos (que permite la previsible configuración de triángulos isósceles), el embarazo catalizador, la conspiración familiar, la aparición de improviso de un hijo desconocido. Todos estos elementos, sin embargo, no aparecen como una parodia, sino que da la impresión de que Marta Rojals considera que las características del folletón son válidas en la literatura de hoy en día.   

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