Ir a contenido

Maria del Mar Bonet culmina su sueño cubano

La cantante mallorquina pone de largo su vínculo con la isla en un emocionante concierto en el teatro José Martí rodeada de prestigiosos músicos como José María Vitier, Jorge Reyes, Pancho Amat y José Luis Cortés `El Tosco¿

Jordi Bianciotto

Maria del Mar Bonet, en un momento del concierto en La Habana 

Maria del Mar Bonet, en un momento del concierto en La Habana  / KIKE ENRIQUE SMITH SOTO

Lo que comenzó como una intuición, la de una sintonía sonora, poética y filosófica entre dos islas, Mallorca y Cuba, ha desplegado estos días su forma más efusiva: Maria del Mar Bonet, siguiendo el hilo de la memoria indiana hasta las Antillas, dejándose envolver por los sabores de La Habana, reafirmando complicidades y entregando como una ofrenda, este sábado en el teatro José Martí, el cancionero del disco ‘Ultramar’ (2017) al país que lo inspiró. Maria del Mar mediterránea y tropical, acento aventurero en la agenda de conciertos de una capital que muestra signos de cambio sin dejar de ser la de siempre.

Ha sido una semana de ensayos intensos, entrevistas televisivas de amplia difusión (“¡mírala, es Maria!”, oímos a su paso por un bullicioso mercado de frutas de Centro Habana, entre racimos de papayas y mangos) y reencuentros tranquilos con amigos como José María Vitier. Hablamos del autor de la aromática canción ‘Amor’, que compuso a partir de un poema juvenil que su padre, Cintio Vitier, dedicó a su madre.

A Maria del Mar, esta ciudad la pone de buen humor. No necesita regresar a sus lugares emblemáticos; es como si le bastara saber que está ahí, en La Habana, un lugar que siempre le transmitió resonancias mágicas. Sensación de familiaridad: la presidenta del Instituto Cubano de la Música, cómplice estrecha de esta presentación organizada por el Institut Ramon Llull en el marco de una semana cultural balear, se llama Marta Bonet. Uno más de tantos apellidos catalanes, baleares, que se cruzan en nuestro camino.

La estela de la ‘nova cançó’

Al poco de llegar, Maria del Mar es agasajada con la entrega del Premio Internacional Miguel Matamoros, bautizado así en honor al autor de ‘Lágrimas negras’. El vicepresidente de la UNEAC, la asociación de escritores, Pedro de la Hoz, crítico musical vinculado largamente al ‘Granma’, la describe como “cantora de aires andaluces y libaneses, magrebíes y balcánicos, con la voz acoplada a la música del gran griego Mikis Theodorakis y al misterio poético de Ramon Llull”, y destaca su compromiso recordando la frase que dijo un día: “yo no he sido ni soy de la ‘gauche caviar’”. Toma ella luego la palabra, pero queda unos instantes en silencio, emocionada. Es solo un momento de flaqueza. Acaba viéndose abocada a cantar: sola, ‘a cappella’, invocando su ‘Cançó de bressol’, toma de tierra con el campo mallorquín.

Los ensayos, en el mismo Martí, son minuciosos y aunque casi todos los músicos, once en total, conocen el repertorio porque lo rodaron el año pasado por España (parada en el Liceu), Maria del Mar hace aquí y allá discretos pero inexcusables apuntes. “Esto suena un poco blando, parece de niña de la primera comunión”, desliza con ironía en una de las canciones campesinas. ‘Què volen aquesta gent?’ requiere un arreglo de percusión menos marcial. ‘Nina ninona’ acentúa ahora su mística ‘afro’ con la flauta de José Luis Cortés, ‘El Tosco’, músico ausente en el ‘tour’ del 2017. El líder de NG La Banda fantasea con un disco de timba, la salsa cubana, con la voz de Maria del Mar. ¿Por qué no?

‘Almendrones’ y trap

Fuera, La Habana bulle mientras va retocando su decorado: vemos grúas que construyen hotelazos de lujo y una galería de tiendas a la que llaman “el museo” porque sus escaparates son para mirar y no tocar. Florecen los comercios privados y los ‘almendrones’, los Chevrolet y Pontiac de otros tiempos, lucen manos de pintura frescas y conviven, cada vez más, con utilitarios modernos. Ojalá que las novedades no sean “a costa de los triunfos de la revolución”, te dicen. En los ‘halls’ de los hoteles se sigue cantando ‘Guantanamera’, pero hay clubs en los que retumba el trap.

Ya es sábado, y una hora antes del concierto cae un tremendo “palo de agua”, como dicen aquí, que a ojos europeos parece un huracán. Cae la oscuridad y los empleados del teatro cierran portalones fortificándose contra el agua y las ráfagas de aire. “Sempre hi ha vent en les nostres cançons”. Ya lo creo. La actuación debe retrasarse media hora. Por fin, sale Maria del Mar, agradeciendo a los asistentes el esfuerzo de haber cruzado la ciudad en condiciones complicadas. Abre con una novedad, la canción tradicional cubana ‘Oye, mira’, que ha convertido en ‘Vine, vine’, arropada por las Cuerdas del Monte y el tres luminoso de Pancho Amat.

La sensibilidad insular

Música cubana en catalán, sí. Una propuesta que no ha sido acogida con extrañeza por estos instrumentistas proclives al desafío. José María Vitier nos ha hablado de su idea de “sensibilidad insular”, viendo las islas, Mallorca o Cuba, como “simas de montañas” que pueden observarse mutuamente, y su teoría coge forma en torno a la suave sensualidad de piezas como ‘Danza de fin de siglo’. La sonoridad se hará luego más corpulenta, en diálogo con el jazz, asentada en el contrabajo de Jorge Reyes, hasta las improvisaciones desatadas de ‘Els boscos del pensament’.

Tras ‘La Balanguera’, Marta Bonet entrega a Maria del Mar Bonet el Premio Internacional Cubadisco, seis años después de que recayera en el sinfónico ‘Bellver’. Pero antes, ‘Què volen aquesta gent?’ ha abierto el bis y en su presentación la cantautora ha afirmado que “en España hay presos políticos y políticos exiliados”. Al oír estas palabras, el embajador español en La Habana, Juan José Buitrago (en sus últimos días de ejercicio: fue nombrado durante el mandato del PP), sentado en platea, se ha levantado y ha marchado con sus acompañantes. Ni siquiera los diálogos transculturales más poéticos pueden librarse de ciertos episodios de desencuentro.