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ENTREVISTA

Sergi Pàmies: "En Twitter funciona mejor el odio que el elogio y es el vehículo ideal para los totalitarios"

El autor catalán regresa con 'L'art de portar gavardina', 13 relatos breves, con menos ficción y más memoria, realidad y autorretrato que en sus anteriores libros de cuentos

Anna Abella

Sergi Pàmies, en Barcelona, este septiembre. 

Sergi Pàmies, en Barcelona, este septiembre.  / JORDI COTRINA

Sergi Pàmies (París, 1960) regresa con una de las sensaciones de la ‘rentrée’ literaria, 'L'art de portar gavardina' (Quaderns Crema), trece cuentos marca de la casa, breves, concentrados, con muchas capas por redescubrir, donde se hacen corpóreas las ausencias –de los hijos ya mayores, de la exmujer y de los fallecidos padres, la escritora Teresa Pàmies y el histórico líder del PSUC Gregorio López Raimundo- y en los que la memoria, la realidad y el autorretrato ganan terreno a la ficción respecto a anteriores libros de relatos como 'Si menges una llimona sense fer ganyotes' (2006), 'La bicicleta estàtica' (2010) y 'Cançons d'amor i pluja' (2013). 

Como bien recuerda, también Hitler, Stalin y los torturadores de Chile y Argentina llevaban gabardina. Però usted prefiere las que lucían su padre, su madre y los hombres que a ella le gustaban, su amigo Jorge Semprún, Bogart, Camus, Delon... 
Es la pieza de vestir que mejor retrata el siglo XX, por la transversalidad, la importancia y el éxito que tuvo y porque aunque yo de niño pensaba que los que la llevaban eran los buenos, luego vi que la llevaban también los malos. El motor narrativo del cuento funciona a través de la gabardina, es una solución literaria, un elemento poco político y muy literario. Todo se reduce al arte de llevar gabardina. 

Se compró una en Berlín. Su padre, dice, la lucía con estilo de escuela británica, pero parece preferir la parisina y bohemia.
Distingo entre la del inspector Colombo, desgarbada y destartalada, y la del duque de Edimburgo, impecable, como la de mi padre. Yo soy un gabardinista frustrado, lo intenté en la bohemia, noctámbula, pero mi anatomía no digería bien la elegancia de la gabardina. Era un oxímoron ambulante, por eso digo que soy más de cazadoras y ponchos. Hay que saber perder. En estos cuentos el espíritu es este, tanto en cuestiones sentimentales como llevando gabardina, un arte reservado para quienes saben llevarla.

"Exorcizo lo demonios y la trascendencia de la muerte con el humor"

Sergi Pàmies

Escritor

De ahí que vuelva a hablar de su separación, del aburrimiento como “primer factor de envenenamiento de las relaciones”. 
Es de las cosas de las que más he hablado en los últimos años. He retratado la evolución, desde el entusiasmo inicial a la duda, la rutina, la decadencia, y ahora, el final. Y para no caer en la autocompasión y el victimismo, que me parecen horrorosos, encuentro una buena alternativa en el humor proponiendo que la gente se separe cuando aún está bien. Y luego convierto la separación en un acto de amor final: ‘Oye, ya está, no ha durado lo que creíamos pero no está mal lo que ha durado’. 

Cuenta que cuando con la transición su padre salió de la clandestinidad, junto con el Partido Comunista, le desmitificó. 
Sí, de pequeño era importante crear el mito para justificar la ausencia: el padre no está porque es Superman, está haciendo el bien. Aquí retrato la crisis del 90% de adolescentes de querer ‘matar’ al padre. En 1976 yo tenía 16 años y unos meses después de que volviera a casa empezó la desmitificación. Con el tiempo recuperé una relación normal con él que no existió durante 20 años y que coincidió con sus últimos años, desde sus 65.

Parece insinuar que sus padres preferían la clandestinidad a la democracia. 
Es la famosa frase de Manolo Vázquez Montalbán ‘Contra franco vivíamos mejor’. En la clandestinidad había mucha aventura, misterio, adrenalina  secretismo; lo otro era más vulgar: llegas tarde a cenar, no has venido a comer... Lo planteo como un peligro: si le damos mucho la bronca a mi padre a ver si aún añorará la clandestinidad.

"Cuando escribo de una manera más íntima vuelco las notas más tristes y turbulentas"

¿Cómo sintieron sus padres la transición?
Para ellos fue fabuloso. Una primera etapa de algo. Un acto de justicia y normalización brutal para mucha gente, para el PSUC, que se pudo presentar a las elecciones y ver cuánta gente los seguía, que era mucha pero no era la mayoría. Entrar en un proceso democrático fue un baño de realismo: tras 40 años creyendo que representas a todo el mundo ves que representas a un 28% de la población. 

En un cuento tiene la sacrílega fantasía de ser hijo de Jorge Semprún. ¿Qué diría un psicólogo? 
El planteamiento es una herejía brutal. Sé que soy morboso, perverso y disonante, pero es muy literario. Uso la herejía como combustible para un acto de reparación y paso de la anormalidad mitificada con la interferencia de la política a la relación normal de un padre con un hijo. Como dice Javier Cercas, ‘no somos hijos de la historia que nos habría gustado sino de la historia que tenemos’. De ahí se puede deducir que me habría gustado más ser hijo de Semprún. Seguramente me lo habría pasado mejor, pero soy hijo de mi padre. Aunque es una hipótesis verosímil porque entre mi madre, mi padre y Semprún siempre existió una tensión política no resuelta. 

La amistad de su padre con Semprún se rompió en el congreso del PCE de Praga de 1964, cuando este fue expulsado por no someterse a la disciplina del partido. 
Se acabó para siempre. Pero no entre Semprún y mi madre, que no tragó con la disciplina, para ellos su fraternidad estaba por encima de todo. Esa cultura de estar por encima de las diferencias es un legado que asumo. La figura pública de mis padres trasciende el ámbito familiar y mis hermanos y yo debemos gestionar su legado. Eso también aparece en el libro.  

"Tengo ideas negras y la literatura me permite vehicularlas"

En sus relatos se empeña en morir. ¿Una forma de desdramatizar la muerte?
Es una tradición, en todos los libros me mato, me muero, me atropellan... Vengo matándome desde 1986, con el primer libro. Lo hacía secretamente pero como ha trascendido ya no podré hacerlo. Tengo ideas negras y la literatura me permite vehicularlas. Para desdramatizar digo que me estoy entrenando. La muerte me ha preocupado siempre. En un poeta sería algo natural. Ya en ‘Si menges una llimona...’ empiezo un cuento diciendo ‘Tuve que morirme para saber si me querían’.

Y, a punto de morir, ¿también tendría pensamientos banales?
Sí, como el del cuento, me imagino sufriendo por dónde he dejado las llaves, por dónde tengo el coche. Para quitar importancia a lo trascendente de la muerte y exorcizar los demonios a través del humor, la ironía. 

"Yo no me pelearé con nadie por el tema de la independencia"

Habla de los últimos años de su madre. 
No es un libro sobre la muerte sino más sobre la ausencia. Cuento que ella escribió en la residencia apuntes dispersos sobre la vejez y que intentamos publicar un libro con ellos, como ella quería, pero al final no lo hicimos porque era muy desigual y no le hacía justicia, aunque no descarto que lo replanteemos. Ella expuso toda su vida en sus libros pero faltaba una pieza, su final. Y pensé que sería bonito explicar los dos años finales y cómo vivía el hecho de escribir. 

Para superar malos momentos, Teresa Pàmies le decía: “todo lo que vives es susceptible de convertirse en literatura”. Parece que siguió el consejo de su madre. 
Es la mejor definición del camino literario que los dos hemos hecho. Esa razón terapéutica, catárquica, de digerir malos momentos… los escritores, pintores, músicos... tenemos el privilegio de vehicular hacia la creación nuestros entusiasmos, obsesiones o tristeza. 

¿Por eso en sus relatos hay cada vez menos ficción y más crónica personal? 
Los materiales que utilizo para escribir son los mismos desde el primer día: la imaginación, la realidad y la memoria. Lo que ha cambiado es la proporción. Aquí es donde hay menos imaginación, prevalecen la realidad y la memoria. Y en los últimos tres libros ha ido a más. Creo que porque en los últimos 15 años, gracias al periodismo, he escrito de lo que me ha dado la gana, de cosas efervescentes, divertidas, grotescas, distendidas. Así que cuando necesito escribir de una manera más íntima me quedan las notas más tristes y turbulentas, las que no puedes escribir en una crónica de diario. Cuanto más íntimo es un escrito menos pesa la fantasía. 

¿No siente pudor al hablar de su familia y de vivencias personales?  
Sí, siempre hay fronteras y lo escribí pensando en no atravesar líneas de intimidad. Antes de publicar les pasé el original a mi exmujer y a mis hijos. No quería que provocase incomodidades. Soy un caballero. Y porque fui hijo de un escritor que te hacía salir en sus libros sin consultarte. 

"Plantear que me habría gustado ser hijo de Jorge Semprún es una herejía brutal"

Protegió a sus hijos de la historia familiar, pero ¿no es una forma de que la recuperen contándola en sus libros? 
Cierto, hice un cortafuegos con ellos. Y ahora mi método ha funcionado porque se está produciendo un interés espontáneo por su parte. Uno me dice que le enseñe las cajas de fotos de la abuela. Otra que le diga cuál era su mejor libro sobre el exilio. 

En el primer cuento cita dos cuestiones omnipresentes: Twitter y la independencia. No le veo en la red.
Es una pincelada para situar la época, entre el 2013 y  el 2018 no hemos hablado de otra cosa. Solo uso una cuenta para consultar Twitter como si fuera una biblioteca. Alguien abrió una cuenta, y otra en Facebook, con mi nombre pero no soy  yo. Tiene cosas buenas, para buscar referencias y ‘links’ útiles, y otras malas: me preocupa cómo ha interferido malévolamente en la construcción de criterios individuales y colectivos. Mucha gente no decide qué opina de las cosas hasta que sabe qué dice Twitter y eso es antinatural. Y además es el vehículo ideal para los totalitarios. En Twitter funciona mejor el odio que el elogio y es la válvula de las peores pulsiones, las más inmediatas, dichas sin contar hasta 10. Hace unos días me dijeron que habían dicho el nombre de mi novia y ¡no tengo novia! No hay veracidad y hay un algo pulsión delatora, de delación.

¿Y la independencia?
Expreso mis opiniones de no independentista pero extremadamente respetuoso con los que sí lo son, y con una gran convicción pesimista de que esto no tiene solución, y con tristeza y angustia. Me interesa mucho, lo sigo mucho, lo vivo con inquietud. Esto ya no es un suflé. No quiero una ruptura con España de ninguna manera. No creo que estemos en un nivel de ruptura de convivencia sino que hay alguien, desde los dos bandos, que quiere que lo estemos. Por ello debemos preservar los vínculos de la amistad y del respeto por encima de todo. He visto hasta qué punto la política puede dividir a gente que son casi hermanos, a comunistas que habían estado en juntos en prisión y en el exilio pelearse porque uno era marxista leninista y otro leninista marxista, y reencontrarse en un entierro y preguntarse por qué se habían peleado. Yo no me pelearé con nadie por el tema de la independencia. 

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