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ENTREVISTA

Joan Margarit: "Me pregunto, después de tantos años, por qué he escrito estos poemas y no otros"

El poeta publica 'Per tenir casa cal guanyar la guerra' , sus memorias de infancia y primera juventud

Elena Hevia

El poeta Joan Margarit

El poeta Joan Margarit / FERRAN NADEU

El pasado mayo Joan Margarit, el poeta catalán más celebrado, cumplió 80 años. Un buen momento para detenerse y mirar hacia atrás, contemplar a aquel niño que era él a quien el trabajo del padre, arquitecto, y el de la madre, maestra, pocas veces coincidentes, hicieron atravesar la España sojuzgada por el franquismo de traslado en traslado: Sanaüja, en La Segarra, donde nació en plena contienda; Girona; el Turó Park barcelonés, y Tenerife. Ese sentimiento de soledad que está siempre sus poemas –“Per què fa tant de fred a la postguerra?”, se preguntaba en 'Càlcul d’estructures'- quizá se haga más analítico en ‘Per tenir casa cal guanyar la guerra’ (Proa), su primera incursión narrativa en la que explora su infancia, adolescencia y primera juventud. Diversos relámpagos iluminan una vida: la del pequeño sentado en su orinal descubriendo la inmensidad del mundo, la muerte de su hermana en un noche negrísima, la belleza de la Devesa de Girona, el paisaje canario y los barcos.

¿Qué tiene de testamentario este libro?
Nada. Evidentemente se lo regalaré a mis nietos y ellos decidirán si lo leen o no. Pero esa no es mi intención.

Nace, eso sí, de una conciencia de haber llegado a la senectud, como a usted le gusta llamar a la vejez.
Hace como cuatro años que preparaba este libro. Empecé a pensar que la vida transcurre entre la infancia - acabe esta donde acabe- y la senectud -empiece esta donde empiece, a los 60, 70 u 80- y en medio está lo que yo llamo lío, porque es un lío monumental, y jamás se me ocurriría escribir sobre ello.

Pero sí sobre la infancia.
Claro, porque la infancia es más nítida, puede ser lejana y difícil de aprender, pero no es un lío, es algo prístino. Y respecto a la senectud no tengo, ni tendré jamás perspectiva para escribir sobre ella. Porque una etapa debe interpretarse en la siguiente.

Y esta será la última.
Exactamente, no hay más.

¿Así que ya no dará continuidad a estas memorias?  ¿No conoceremos su edad adulta?
No, porque nadie es capaz de hacer algo verdadero en la etapa del lío monumental. Puedes leer las memorias de Churchill pero realmente no sabrás nada de él, solo podrás informarte sobre el desembarco de Dunquerke o la Cumbre de Yalta.

Cuenta que una forma de desencadenar los recuerdos fue repasar las notas de una conversación que tuvo con su madre y encontrar las memorias de guerra de ésta.
Son unas 30 páginas en una libreta en la que ella escribía pensamientos y vivencias y lo que cuenta pone de manifiesto aquella barbaridad, porque así fueron aquellos años. Pero lo que ha puesto en marcha el libro es mi curiosidad, que me impulsaba a preguntarme por qué después de tantos años he escrito estos poemas y no otros. Esa es una cuestión que solo tiene sentido a lo largo de una vida, en una fulguración final.

¿Y cuál es la respuesta?
Todo viene de la infancia. En la madurez te limitas a hacer frente a lo que has adquirido con mucha intensidad en los primeros años. Todo remite al principio.

¿Todos sus poemas buscan entenderse a sí mismo?
Sí, pero cuando los escribía yo no lo sabía. (Ríe) El libro me ha tranquilizado porque el conocimiento tranquiliza.

¿La prosa le aportado un conocimiento especial?
A mí, sin duda la poesía me clarifica más las cosas porque ofrece más profundidad en una sola página. A lo mejor una novela puede aportar lo mismo pero necesita más recorrido. Así el equivalente de lo que ofrece un poema de Elisabeth Bishop o de Antonio Machado es ‘Guerra y paz’. Y las dos cosas están bien. Hay un momento en que necesitas ‘Guerra y paz’ y un momento en que necesitas un poema.

Lo que se desprende de estas memorias es lo solitario que era el niño Joan Margarit. Con tanto traslado sus padres no se lo ponían fácil.
Tampoco fue fácil para ellos. Estamos hablando de un momento en que era muy importante pertenecer a los perdedores o a los ganadores. Entrabas al mundo por dos puertas distintas. Por eso si en la actualidad detectas hechos peligrosamente parecidos a las circunstancias de tus orígenes te quedas muy afectado. Eso es algo de lo que nuestros hijos y nietos no saben el significado que pueda tener.

¿La soledad fue producto de su carácter o de las circunstancias?
Bueno, yo no fui un chico infeliz. Las circunstancias eran duras, pero nadie me pegaba y me daban de comer. Pero sí, en el libro no aparece una pertenencia a un grupo de compañeros hasta los 8 o 9 años. Yo entonces no sabía que había que tener amigos.

En el libro también intenta comprender a su padre y a su madre, con quienes tuvo sus diferencias. Creía que su madre no le quería.
Es que para amar hay que comprender. Y para hacerlo debes poner todo encima de la mesa. El amor no es fácil.

Escribir, por lo tanto, en este sentido es un actor de amor.
Claro, por eso hablo de la infancia, porque ahí está el amor, y no en la relación y descripción de todas las personas que he conocido.

Y sin embargo a usted no parece guiarle el corazón sino la cabeza.
Mi formación es de ciencias [es catedrático emérito de Arquitectura en la UPC] y eso ha condicionado mi poesía. Yo me niego a hablar de amor o de belleza sin hablar de inteligencia porque en el corazón solo está la válvula para mantener viva la cabeza. Amor, belleza e inteligencia nunca deben ir separadas.

Usted que durante años ha ejercido de puente entre la cultura catalana y la castellana, ¿cómo vive el actual desencuentro político?
Pues con sufrimiento, un poco atemperado por tener 80 años. Reconozco muchos miedos del pasado, pero a mi edad tienes la ventaja de que ya no tienes tiempo que perder en según qué cosas. Me he ganado el derecho a ver en qué quiero ocupar el último tramo.   

Temas: Poesía Libros

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