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HOMENAJE A UN GRAN Y MALOGRADO ESCRITOR

El secreto de 'El secreto de las fiestas'

La editorial Anagrama reedita la novela que Francisco Casavella escribió en 1997 como novela juvenil y reescribió en el 2006 para un lector más adulto

Miqui Otero

El escritor Francisco Casavella, en su casa en el 2006.

El escritor Francisco Casavella, en su casa en el 2006. / Julio Carbó

Os voy a explicar el secreto de 'El secreto de las fiestas', pero no puedo hacerlo todavía, porque entonces tendría que cerrar este documento aquí y ahora y, justo después, encerrame yo.

Además, los secretos no se regalan, sino que se confían, y solo nos conocemos desde hace un par de líneas.

Empezaré por hablarte de los hombres-tachán, de los que nacen en las páginas de esta novela para contagiar a otros en las calles y la vida. Los hombres-tachán se reconocen entre ellos y se distinguen porque te cuentan una cosa muy rara, pero que tú, en el fondo, tenías muchas ganas de que te contaran. Y, normalmente, esa cosa rara forma parte de una historia.

Daniel Basanta es también raro. Raro por excepcional, por único en su especie, y aun así tan parecido a ti. Es un raro de concurso: “Mi rareza es de marciano en misión especial en la Tierra, que disimula el día entero, todos le siguen mirando y el marciano no sabe por qué, y resulta que le miran porque es verde”. ¿Alguna vez te has sentido así? No verde, sino raro. Como cuando estás triste y sonríes para maquillar tu tristeza (disimulas tan pésimo) y entonces a la gente le das risa o pena y no sabes qué es peor, si la crueldad o la condescendencia.

Exiliado en una aldea gallega por un padre medio 'hippy' y músico, este niño raro accede al mundo a través de las historias que su abuelo le explica. Cómo trotó por el planeta como un dado en un tapete y sobrevivió en La Habana entonando canciones dedicadas a vacas ('Vaca infame', 'Besos de vaca', 'Una vaca en el cafetal'). Cómo, durante el viaje, descubrió el sentido de la conga (un baile que no apunta dirección, pero que tiene sentido porque carece de él, como la vida) y conoció a muchos hombres tachán, que, por si no ha quedado claro, son esas personas que nunca dicen “cómo me aburro” ni “hay que tirar del carro”. Su abuelo es un hombre-tachán de campeonato, pero también fallecen los que saben hacer de tres palabras un chiste y una canción, aunque no lo hacen sin antes iluminar a quien quieren: “Me condecoraron reyes, presidentes, dictadores, pero yo tiraba las medallas al mar. Me agasajaron en banquetes, pero nunca dije unas palabras de agradecimiento y comía con las manos”.

Así, mediante la historia conoce uno la Historia, el folletín de los serios. Así, mediante esta frase conoce uno no solo al abuelo sino a Daniel, el protagonista. Así, se hace una idea de cómo pensaba su autor, Francisco Casavella, y de cómo se educó el autor de este homenaje. Así, escapándose monte a través para jugar a máquinas del millón, conversando con vacas idiotas, leyendo el único libro de la casa (uno sobre millionarios estadounidenses), languidece Daniel en la aldea, hasta que, tras algunos gestos y gestas, su padre decide enviarlo a Barcelona, no sin antes bendecirlo con un par de advertencias: “No hay que fiarse de nadie, porque hay gente muy extraña que te puede hacer mucho daño. Atracadores, drogadictos y gente de la política”.

Raro, rarísimo

Iniciado en la nostalgia heredada y en el brillo de la aventura (y todos sabemos que la aventura se vive cuando se escucha o se prepara), Daniel protagoniza una novela de formación (que no de deformación, como tantas otras) por la que rebotará como una bolita de pinball, rozando el revuelo de faldas de mujeres-tachán y cegado como un potrillo en un cruce de carretera por faros veloces y neones que invitan a otra. Daniel, que comparan con Holden Caulfield, pero que quizás se parezca más a un Shanti Andia de Baroja que naciera rodeado de diantres en cubas de aguardiente gallego, es raro, rarísimo. Pero normal solo es un programa de lavadora, así que, en realidad, se parece mucho a ti. Y, desde luego, a mí también.

Casavella escribió este libro en 1997 como novela juvenil y lo reescribió en el 2006  para un lector más adulto. Eso dice la historia oficial, aunque es probable que él no hiciera tales distingos. Me pidió que la leyera con él mientras la reescribía y ahí no solo intenté atrapar 'El secreto de las fiestas', sino que en algún momento me pareció vislumbrar 'El secreto del secreto de las fiestas'. Una de las pocas novelas que jamás recomendaría a alguien que no quisiera. Hoy sé que su secreto responde a las leyes de la gravedad, a las más elementales de la física: si me echara a correr por alguna calle enarbolando este libro y lo lanzara al azar, sé que cambiaría la vida (o la haría más habitable) de cualquier persona cuya cabeza interceptara el proyectil. No se puede describir una melodía, pero sí silbarla. No es fácil definir el encanto, pero sí reconocerlo.

Bajo una parra

Escribo estas líneas bajo una parra, los dedos de los pies algo fríos por el viento nordés, los eucaliptos cabeceando en señal de asentimiento, a unos kilómetros de la aldea de Basanta, donde siempre veraneo y escribo y donde una vez casi perdí la vida en un coche a 140 para presenciar el alumbramiento de una vaca (no le vi mucho sentido a ese riesgo y desde entonces les guardo cierta inquina). Hay indicios de los locos de la novela en personajes reales, como ese cubano que manejaba una Gibson de dos marchas o el que se paseaba por los pastos con traje blanco de lino y pensaba que su casa de aldea era un hotel de La Habana. O ese borracho que se creía invisible, a quien los paisanos no contradecían, así que amanecía resacoso y desnudo. O aquel gallego taxista en La Habana de casinos y trompetas que nos enseñaba mapas que dibujaba de memoria (y el mundo es de quien decide su cartografía). Y los mezclo, porque todo aquí, como en ese espejo veneciano de Cunqueiro, es mezcla de realidad y fantasía. Las meigas y diantres, las brujas que salen de la Paralaia para peinar sus cabellos y las señoras que te asaltan en un cruce para preguntarte: “E ti, de quen ves sendo?” (soy de esta novela, señora). Porque, dijo Torrente Ballester, los gallegos hablan como griegos y sueñan como celtas (por eso cuando emigran montan bares). Porque eso hacen escritores y lectores.

Así que, si alguna vez te has sentido raro, por único o por nervioso o por solo o por rodeado de gente con el corazón de plástico, frunce los labios: “Suena mejor el vibrato de mis labios que uno que yo me sé con diez trompetas”. Porque solo sé que 'El secreto de las fiestas' (Anagrama), y también el secreto que esta novela encierra, es que nunca acaba el secreto de las fiestas. Por mucho que los años intenten volvernos más ciegos y más tristes y más torvos.  Y gracias a cada nueva edición, como esta, y a cada nuevo lector, como tú, que te sumas a la conga sin que nadie te vea. Los hombres y mujeres tachán no dicen que aman la vida, sino que viven; que leían mucho, sino que leen; que ellos sí saben bailar, sino que bailan.

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