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lectura deliciosa

Pasen y vean el gabinete de prodigios marinos de Morten A. Stroksnes

El escritor noruego despliega una fascinante erudición sobre los océanos mientras intenta cazar un tiburón boreal en 'El libro del mar'

Ramón Vendrell

Un tiburón boreal.

Un tiburón boreal.

En los abismos oceánicos vive el pulpo 'Taningia danae', cuyos ocho brazos tienen grandes órganos luminosos que cuando caza se iluminan como un letal árbol de Navidad. Un susto de muerte se llevan sus presas, ja, ja, ja. Eso si ven. Seguimos en las oscuras profundidades: el calamar gigante ('Architeuthis'), que puede llegar a pesar 500 kilos y cuyos tentáculos alcanzan los ocho metros, nada horizontalmente como una bala gracias a su forma acuadinámica y a la propulsión a chorro de agua con que está equipado. Sus ojos enormes nunca pestañean. No tendría rival allí abajo si no fuera por el cachalote, un prodigioso cetáceo dentado capaz de sumergirse hasta los 3.000 metros (los pulmones se le comprimen tanto que casi desaparecen) que siente debilidad por su carne. Tampoco tendría rival cerca de la superficie el cachalote (aunque a veces una manada de orcas se envalentona y con su endiablada técnica de caza va a por una cría) si no fuera por el hombre, que apreciaba sobremanera su espermaciti y su ámbar gris, si bien tampoco le hacía ascos a su carne, su grasa ni su descomunal pene, con cuya piel los cazadores se fabricaban impermeables. Se calcula que entre 1870 y la década de 1970 se capturaron más de 200 millones de ballenas. En las explotaciones dedicadas al procesamiento de estos animales se curraba a destajo y había desmayos a causa del hedor. Algunos trabajadores no consiguieron librarse nunca de la hediondez.

El poderoso palangre en el que el escritor noruego Morten A. Stroksnes engancha estas y muchas otras perlas de erudición sobre todo lo relacionado con los océanos (de los terrores medievales a los faros pasando por la pesca y la salazón del bacalao, que da lugar a 30 calidades) y su amor por ellos en 'El libro del mar' (Salamandra) es la disparatada aventura que emprende con un amigo para cazar un tiburón boreal ('Somniosus microcephalus') en aguas de las islas Lofoten, en Noruega, al norte del Círculo Polar Ártico.

Sin copular hasta los 100 años

Ojo con esta criatura: es caníbal y solo nace una en cada parto, la que se ha comido a sus hermanos en el útero, llega a los ocho metros, baja a más de 1.000 metros de profundidad, no copula hasta los cien años, lo cual tampoco es un problema demasiado grave porque vive cuatro siglos, su mandíbula se mueve adelante y atrás como si se deslizara por unos engrasados raíles y el parásito 'Ommatokoita elongata' devora poco a poco su córnea hasta dejarla ciega. Su carne es venenosa y quienes durante la primera guerra mundial se vieron obligados a comerla por necesidad y no sabían prepararla se "emborrachaban de tiburón". Pero se emborrachaban de verdad: habla incoherente, tambaleo, visiones, raptos de locura e incluso muerte. Christian Lydersen quiso capturar unos ejemplares para la investigación. Sacó muchos más de los que necesitaba, aunque de algunos solo quedaba la cabeza atrapada al gran anzuelo porque sus congéneres se habían comido el cuerpo. Así las gasta el tiburón boreal. 

El humanista Olaus Magnus, nombre en latín del sueco Olaf Mansson, escribió extensamente en el siglo XVI sobre los monstruos que poblaban entonces los mares escandinavos e incluso los dibujo en la 'Carta marina': pulpos colosales de diez tentáculos, rinocerontes, liebres y caballos marinos, pesadillas de ojos llameantes y colmillos afilados. No son en absoluto más extraños que los animales que descubre ahora la ciencia en la base de la columna de agua, tinieblas perpetuas donde se estima que quedan millones de especies por catalogar.

Morten A. Stroksnes.

Un libro delicioso y fascinante, con la justa medida de poesía paisajística y surcado por un fino humor, en el que lo de menos es si los dos iluminados cazan o no un tiburón boreal.