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CRÓNICA DE ÓPERA

Superficial 'Flauta mágica' de Broggi

El dramaturgo catalán no consiguió convencer con su aproximación a la obra de Mozart, en la que destacaron los solistas

Manel Cereijo

La soprano Olga Kulchynska y el tenor Liparit Avetisyan en sus papeles de Pamina y Tamino, respectivamente.

La soprano Olga Kulchynska y el tenor Liparit Avetisyan en sus papeles de Pamina y Tamino, respectivamente. / TOTI FERRER

Producciones operísticas marca de la casa. Ese propósito ha motivado al Festival de Peralada a lo largo de su extensa trayectoria. No es fácil atreverse con dos funciones de una nueva 'Flauta mágica': aun siendo un bombón teatral para cualquier director de escena, esconde tras una aparente sencillez una gran complejidad tanto en el aspecto musical como en el dramatúrgico, con infinidad de lecturas. Es la ópera de Mozart más representada, radiografiada del derecho y del revés y revisitada hasta la saciedad; solo en Peralada se han podido ver, con este, tres montajes.

Para ello se ha confiado en un director novel en el género, Oriol Broggi. Con años de experiencia en el mundo teatral, la propuesta del dramaturgo catalán no consiguió convencer; lleva su sello y se centra en el núcleo de la historia, en el carácter de los personajes -desdibujados por un perfil demasiado minimalista- y en la magia que los une.

Su aproximación al título, quizá por prudencia, acabó siendo superficial, con una dirección de actores estática en la que solo el personaje de Papageno resultó bien perfilado. Broggi presentó un escenario casi del todo despojado de elementos: unas simples varas de madera multiuso y unas cuantas sillas, todo ya muy visto. Para aproximar la obra a un público amplio eliminó recitativos dando importancia a un narrador en el primer acto (el buen hacer del actor Lluís Soler) que se convirtió en uno de los sacerdotes de Isis y Osiris en el segundo, quien contaba detalles clave de la trama, interrumpiendo los diálogos originales.

Le acompañó en la creación de su 'Flauta' la complicidad de Josep Pons al frente de la Simfònica y del Cor del Liceu, quien supo sacar buen jugo de la partitura -la conoce bien-, a pesar de cierta lentitud en algunos pasajes que a veces incluso ralentizaban la tensión teatral.

Voces a la altura

Le asistieron tirando del carro la siempre inteligente aportación de Albert Faura con la iluminación adecuada, además de las proyecciones de Francesc Isern, el vestuario -simple pero esencial- firmado por Berta Riera y un competente equipo de voces que, en mayor o menor medida, estuvo a la altura.

De entre los solistas, destacó especialmente la labor de la soprano Kathryn Lewek, quien regaló una Reina de la Noche de voz atractiva y segura en los temidos sobreagudos. La Pamina de Olga Kulchynska resultó superficial de carácter y, aun ofreciendo toda su juventud con firmeza, a su emisión vocal le faltó cierta calidez; Liparit Avetisyan fue un Príncipe Tamino de vocalidad generosa y cuidada, mientras que el Papageno de Adrian Eröd derrochó simpatía y claridad en su visión del personaje; también convenció la desenvuelta Papagena de Júlia Farrés. Andreas Bauer fue un Sarastro muy aplaudido y seguro en el canto y tanto las Tres Damas (gran equipo) en las voces de Anaïs Constans, Mercedes Gancedo y Anna Alás como Francisco Vas en la piel de Monostatos estuvieron fantásticos. Cabe destacar la aportación del coro liceísta, brillante en todas sus intervenciones.

El Festival dedicó las funciones de 'La flauta mágica' al recientemente desaparecido periodista y crítico de EL PERIÓDICO César López Rosell. Contigo en el recuerdo, César.

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