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CRÓNICA

Jonas Kaufmann, un Wagner de lujo en Peralada

El tenor alemán reconquista al público ampurdanés en su tercera visita al festival

Manel Cereijo

Jonas Kaufmann, el sábado por la noche en Peralada

Jonas Kaufmann, el sábado por la noche en Peralada / MIQUEL GONZALEZ

Jonas Kaufmann regresaba al Festival Castell de Peralada la noche del sábado para reconquistar a un público, el ampurdanés, que lo adora. Era la tercera vez que el tenor alemán pisaba ese escenario consiguiendo revalidar el éxito de las pasadas ediciones, esta vez acompañado por la Orquesta Titular del Teatro Real dirigida por Jochen Rieder, el mismo equipo que lo escoltó esta semana con idéntico programa en el coliseo madrileño. Kaufmann dejó claro, por encima de todo, que Wagner es lo suyo por color vocal, temperamento y, por supuesto, dicción.

Reservando las páginas operísticas del compositor romántico alemán para la segunda parte, en la primera pudo también brillar en el repertorio francés que mas alegrías le ha dado, que domina y que calza con su talento. Arrancó pisando fuerte con Ah, lève-toi, soleil!, de Roméo et Juliette, marcándola con su voz oscura y personal fraseo; matizó con detalle un Don José de Carmen varonil y sugestivo interpretando La fleur que tu m'avais jetée, que no siempre ejecutó con limpieza cuando se aventuraba en sus artificiosos pero efectivos pianísimos. Completó la primera parte con páginas menos conocidas como Rachel, quand du Seigneur, de La Juive (Halévy) y Ô souverain, de Le Cid (Massenet), que expuso jugando con dinámicas, dominando el legato e impregnándolas de su innata musicalidad.

La orquesta, por su parte, y para que el tenor tuviera sus momentos de respiro, ofreció piezas instrumentales de óperas de Saint-Saëns, Bizet, Massenet y Chabrier con cierta tristeza en la ejecución y poca motivación, con los músicos sin aportar el mismo nivel de calidad que el demostrado junto a Kaufmann.

Subiendo de temperatura

El concierto subió realmente de temperatura en la sección dedicada íntegramente a obras de Richard Wagner, en la que la orquesta, aquí sí, quiso subirse al mismo vagón del tenor. El cantante es quizá uno de los mejores intérpretes del momento, si no el mejor, del genio alemán. Rieder empezó con mejor pie la ejecución de la Cabalgata de las valquirias, pero el primer regalo vino con Ein schwert verhiess mir der vater, el comienzo de la tercera escena del primer acto de Die Walküre, en la que Kaufmann desgranó un Siegmund de quitar el hipo, entregado al fraseo wagneriano y generoso en acentos dramáticos; qué gran intensidad la conseguida en Wälse..., escena en la que Siegmunt pronuncia el nombre de su padre alargando eternamente esas dos llamadas teñidas de desesperación. En Morgenlich leuchtend im rosigen Schein, de Die Meistersinger von Nürnberg y en In fernem Land, de Lohengrin, volvió a dar una clase magistral de lo que es el canto expresivo que exige Wagner, dando una vez más muestras de encontrarse en su espacio natural. La orquesta, ahora más eficiente e implicada, dijo bastante más en los preludios interpretados de ambas óperas.

El apartado de las propinas –las mismas regaladas en Madrid– dio pie al desmelenamiento del público, que durante el concierto estuvo más bien prudente. Se lanzó con Pourquoi me réveiller, de Werther de Massenet, sin duda uno de los momentos cumbres de la noche demostrando ser uno de los grandes Werther de la actualidad, y más Wagner: Wonnemond..., también de Die Walküre, y un sentido Träume (el último de los Wesendonk Lieder, escritos originalmente para voz femenina) dedicado a Carmen Mateu, siendo este el primer año en el que no estuvo entre el público la que fuera fundadora y alma del Festival.

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