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CRÓNICA

'Grito pelao', desbordante canto a la maternidad

La excesiva duración lastra una atrevida propuesta de la bailaora Rocío Molina y la cantante Sílvia Pérez Cruz en el Teatre Grec

Marta Cervera

Rocío Molina y Sílvia Pérez Cruz, en una escena de Grito pelao.

Rocío Molina y Sílvia Pérez Cruz, en una escena de Grito pelao. / CHRISTOPHE RAYNAUD DE LAGE

Sincero, atrevido, con momentos estelares de gran plasticidad pero también con pasajes que poco aportaban a un espectáculo protagonizado por tres mujeres y una cuarta en camino. La maternidad y el embarazo de Rocío Molina, en su cuarto mes de gestación, empapan 'Grito Pelao', este personalísimo proyecto que la bailaora malagueña ha concebido con la cantante Sílvia Pérez Cruz y Carlos Marquerie, autor también de la dramaturgia. Aunque con escenas bellas e impresionantes, el conjunto resultó desbordante sobre todo cuanto a duración. Se hizo largo. Aun así, el embrujo de la música y el baile con una sobria puesta en escena logró que casi todo el público, que aplaudió en diversos momentos de la función, se quedara hasta el final. Duró dos horas en su estreno en el Teatre Grec el miércoles pasado. 

Incontestable la química entre la valiente bailaora Rocío Molina y la versátil cantante Sílvia Pérez Cruz, ambas pletóricas. Esta última no solo se soltó en la parte vocal con preciosas canciones, también sorprendió como bailarina. Qué control y sensualidad transmitió en esa escena en donde ella sola era la única que se movía con el torso y los brazos acariciando el aire.

Y para no haber hecho nunca nada como profesional, menuda artista demostró ser Lola Cruz, la madre de Molina, ya fuera bailando tango o hablando con su hija en escena como si estuviera en casa y no ante un anfiteatro abarrotado con un público que interrumpió con sus aplausos el espectáculo en varias ocasiones.

Plenitud

El embarazo no impidió a Molina mostrarse en plenitud: arrastrarse por el suelo, taconear con fuerza sentada y más suave de pie. Más allá de la fenomenal soleá y del divino taranto que le regaló a su madre destacó ese desnudo íntimo y personal -más allá del integral- al explicar su decisión de anteponer la maternidad a todo lo demás, y de hacerlo sola, sin necesidad de “un amor mochilero”. También mostró su masculinidad y explicó que ella siempre prefirió mover las caderas para adelante y atrás como un hombre a contornearlas como hacen las mujeres. Y hasta bailó con una barba postiza nada favorecedora.

Entre lo menos conseguido de esta propuesta con momentos impactantes es el equilibrio entre las escenas. Faltó algo. En varios momentos parece que el espectáculo acaba pero sigue adelante sin aportar ideas nuevas. Brillante, eso sí, la utilización del escenario del Grec tapizado de arena blanca que se iba transformando, al igual que la pared de rocas del fondo, con proyecciones preñadas de colores intensos que arropaban cada escena y que, incluso, transportaron a un útero materno cuajado de esperanza. Pura vida.          

Temas: Grec 2017

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