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FESTIVAL GREC

Akram Khan, un prodigio en el Mercat

El bailarín y coreógrafo británico, de origen indio, deslumbra con el solo antibélico de 'Xenos'

José Carlos Sorribes

Akram Khan en una escena de Xenos.

Akram Khan en una escena de Xenos. / JEAN-LOUIS FERNANDEZ

Pocas veces la danza adquiere tanto sentido como en 'Xenos', la última creación de un pequeño dios (solo por su estatura) del baile, el movimiento y la coreografía: el londinense Akram Khan. Artista con raíces familiares en Bangladés, a ellas ha hecho siempre un constante tributo con un estilo que mezcla el kathak de la tierra de sus antepasados y la danza contemporánea. Una manera de hacer que le ha convertido en un tótem de la danza.

A sus 43 años presenta en el Grec el que es, para desgracia de su legión de seguidores, el último solo de su carrera. El cierre tenía que ser majestuoso y lo es. Khan despliega en el Mercat de les Flors un exigente artefacto escénico que va más allá de la danza, por su profunda carga humana y política, sí política, con su alegato antibélico. Llega a partir de un conmovedor recuerdo al millón y medio de indios que formaron parte del ejército colonial británico en la Gran Guerra, la que sacudió Europa en la segunda década del siglo XX.

Cinco músicos de acompañamiento

Khan baila solo, pero no lo está en el escenario. Le acompañan cinco músicos que perfilan en todo momento el estado emocional de 'Xenos', palabra que significa extranjero en griego. Dos de ellos reciben al público con músicas y tonalidades indias. El agotador tobogán que propone Khan, con el apoyo de la dramaturga Ruth Little, va desde la alegría de la vida al horror y la muerte que provoca la llamada a filas. A todos esos vaivenes responde el baile del protagonista. Enérgico, virtuoso y pinturero en el arranque y con un movimiento mucho más trágico y desolador posteriormente. Pero siempre con el aura tan personal en la composición de figuras que llegan a remitir a esos dioses del hinduismo de tantos brazos.

Todo se desarrolla en una ladera-trinchera donde, por ejemplo, se suceden imágenes de plasticidad arrolladora. Como cuando la guerra engulle esas sillas o alfombras, útiles de la vida cotidiana, en un impactante cambio de plano. Una atronadora música se escucha de fondo y todo se corona con la aparición de los cinco músicos de forma súbita en lo alto de la colina. Brutal. También lo es el juego que propone Khan con los objetos, con esas cuerdas que lo arrastran colina arriba, colina abajo. O los cascabeles que rodean sus tobillos en el baile inicial y que se convierten luego en esposas, signo de esa esclavitud del obligatorio paso al ejército, o en las cartucheras cruzadas de un soldado.

No falta tampoco el recuerdo al mito de Prometeo y el fuego que le concedió a los hombres en favor de la civilización y el progreso pero devino destrucción por castigo divino. O ese karma negativo que genera la guerra y se repite entre padres e hijos. El prodigioso Akram Khan puso el listón del Grec muy alto el segundo día de esta edición. Probablemente insuperable. 

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