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CENTENARIO DE LA MASACRE DE EKATERIMBURGO

Los Romanov, últimos meses antes de la ejecución

A través de la correspondencia y diarios de los zares y su entorno un libro revela cómo vivieron su encierro desde la Revolución de 1917 a su asesinato, en julio de 1918

Anna Abella

La familia Romanov, en 1913 (de izquierda a derecha, Olga, María, Nicolás II, la zarina Alejandra, Anastasia, Alekséi y Tatiana. 

La familia Romanov, en 1913 (de izquierda a derecha, Olga, María, Nicolás II, la zarina Alejandra, Anastasia, Alekséi y Tatiana. 
El hijo y heredero del zar, Alekséi, con su perro Joy (que sobrevivió a la matanza). 
Las hijas del zar, con las cabezas rapadas, porque tras pasar el sarampión se les caía el pelo. 
La habitación del sótano de la casa Ipátiev, en Ekaterimburgo, donde fueron ejecutados el zar y su familia. 
El zar y su hijo Alekséi, serrando troncos en Tobolsk. 
Anastasia y Tatiana, trabajando vigiladas. 
El zar y su familia, rodeados de soldados de la guardia cosaca, en 1916. 
La casa Ipátiev, en Ekaterimburgo, en cuyo sótano fue ejecutada toda la familia. 
El zar y la zarina. 

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En la habitación de 5x6 metros del sótano de la casa Ipatiev de Ekaterimburgo, en la noche del 16 al 17 de julio de 1918, fueron ejecutados a tiros por los bolcheviques el zar Nicolás II, la zarina Alejandra Fiodorovna, su hijo y heredero, el pequeño y hemofílico Alekséi, y sus cuatro hijas, María, Olga, Tatiana y Anastasia. Junto a ellos, murieron tres sirvientes y su médico. El comisario del Sóviet de los Urales Yákov Yurovski, al frente de nueve hombres, cumplió la orden de matarlos y de hacer desaparecer sus cuerpos, cubriéndolos con ácido y enterrándolos en secreto a varios kilómetros. Un destino que las víctimas nunca sospecharon y del que está a punto de cumplirse un siglo. “Ni el zar ni la zarina creo que supieran algo de su final trágico. Al revés, con toda su devoción y preocupación por sus hijos, no querían perder la esperanza hasta el último minuto”, opina desde Rusia la traductora Tatiana Shavaliova, basándose en las cartas y telegramas, diarios y memorias de la familia imperial pero también del tutor y profesor de francés Pierre Gilliard y otros testigos de aquellos meses.

Con una selección de ese material, armado cronológicamente y traducido del ruso original, Shavaliova ha construido ‘Romanov. Crónica de un final: 1917-1918’ (Páginas de Espuma), un relato epistolar que desnuda fragmentos de la vida cotidiana y del ánimo y pensamiento de los últimos zares en sus últimos meses de vida, los que pasaron confinados desde el inicio de la Revolución rusa en febrero de 1917, cuando el pueblo, golpeado por el hambre y la primera guerra mundial, salió a la calle al grito de “Pan, tierra y paz”. Las condiciones de los encierros, primero en Tsárskoye Seló (cerca de Petrogrado, luego San Petersburgo) y Tobolsk (Siberia) y, finalmente, en Ekaterimburgo, cada vez fueron peores y más restrictivas. 

El sótano de la casa de Ekaterimburgo, tras la ejecución.

Numerosas fotos, notas a pie de página y textos contextualizadores completan un libro, propuesto por el editor de Páginas de Espuma, Juan Casamayor, que ha contado con la colaboración de Ezra Alcázar, director de la revista mexicana de literatura ‘Inundación Castálida’, donde Shavaliova publicó un artículo sobre los Romanov del que surgió la idea. 

Mucho se ha escrito de la leyenda y el mito que rodeó el final de los zares o de la influencia que el oscuro monje Rasputín ejerció sobre la zarina. La ausencia de cadáveres (no fue hasta los años 90 que se reveló el hallazgo de los restos) y las noticias contradictorias abonaron rumores como el de la supuesta supervivencia de Anastasia. “Pero la historia de la familia y de sus últimos días es poco conocida”, constata Shavaliova. Las misivas muestran a un zar que, con el diminutivo de Nicky, llamaba a su mujer “Solecito lindo”, y a una zarina que se dirigía a él como “mi querido, mi amado, mi tesoro” o “mi ángel, luz de mi vida”. A Alcázar, lo que más le sorprendió “fue la devoción a la familia”, cuenta desde México: “el descubrir a un Nicolás II que era un mal político pero un gran padre. A Alejandra como una mujer sumamente pasional, en la política y en la vida personal. Descubrir una monarquía muy sencilla, las chicas habían sido voluntarias y durante el encierro cortaban leña y hacían otros trabajos”, añade el periodista.

Anastasia y Tatiana, trabajando durante uno de los encierros. 

De hecho, el zar también serraba árboles junto a sus hijos y cuidaba la huerta. Aunque viven con incertidumbre, desasosiego y angustia por la falta de noticias del exterior y el saber que sus cartas y conversaciones son controladas, pasean y leen (el primer Sherlock Holmes de ‘Estudio en escarlata’, de Conan Doyle; ‘Guerra y paz’, de Tolstói; novelas históricas de Merezhkovski...), van a misa y Nicolás II disfruta de sus hijos y juega con ellos, a cartas, al backgamonn... “Ahora paso mucho más tiempo con mi linda familia”, escribe en mayo, tras cumplir 49 años y lamentar cuánto añora también a su “querida madre”.

El zar y su hijo Alekséi, serrando troncos en Tobolsk. 

Zar y zarina apelaban ‘Baby’ o ‘Rayito de sol’ a su único hijo varón, por el que toda la familia se desvivía, ya que su hemofilia hacía que un hematoma tardara días en curar y limitaba sus movimientos. “Alekséi tiene un dolor en la mano y por eso ha tenido que pasar todo el día acostado”, escribe Nicolás II en su diario, en mayo de 1917. Antes, el chaval, de 13 años, y sus cuatro hermanas han pasado el sarampión y Alejandra mantiene puntualmente informado a su marido (antes de que este se vea obligado a abdicar en marzo y antes de que le confinen junto a la familia en Tsárskoye Seló) de la fiebre de cada uno y de que se les cayó tanto el pelo que tuvieron que raparlos a todos.  

Las hijas de los zares, rapadas tras el sarampión. 

“Me siento grave, herido y triste”, escribe tras abdicar el ya ex-zar, a pesar de que su esposa, aún invocando a Rasputín, le reclama que “ejerza mano dura y muestre su poder”, al tiempo que le anima: “Todo nuestro amor ardiente y caluroso te rodea, mi maridito, mi único, mi todo (...) Siente mis manos, que te abrazan, mis labios unidos a los tuyos cariñosamente, siempre juntos, siempre inseparables”. 

La zarina, "soberbia, severa y majestuosa"

Kerenski, ministro del Gobierno provisional revolucionario y supervisor del primer encierro, detectó “la diferencia de carácter y temperamento de la pareja”. “En su posición de prisionero, Nicolás II disfrutaba de su nuevo modo de vida (...) -decía en sus memorias-. Su mujer pasaba un tiempo difícil por la pérdida del poder, y no podía resignarse a su nueva posición. Tenía ataques psicóticos”. “Era una mujer soberbia, severa y majestuosa”, “atractiva e inteligente”, que a “pesar de estar quebrantada e irritada en aquel momento, tenía una voluntad férrea”. 

“Ella, con la lejana sombra de Rasputín –opina Casamayor-, es la muestra de un orgullo familiar y dinástico heredado de 300 años atrás. No les importa el pueblo, del que están muy distanciados”. Los recuerdos de un ayuda de cámara del zar revelan cómo un oficial de la guardia rezachó dar la mano a Nicolás II, quien le preguntó ¿Por qué, querido mío?’. ‘Soy del pueblo –le respondió-. Usted no ha querido darle la mano al pueblo y yo tampoco lo haré”.  

El zar y su familia, rodeados de soldados de la guardia cosaca, en 1916. 

“No sabían mucho de la situación del pueblo, pero lo que sabían les preocupaba”, señala la traductora citando a la zarina en una carta a una amiga: “¡Oh, gente, gente! Pobres flacos. No tienen carácter, amor patrio, ni a Dios. Por eso castiga al país. Pero no quiero pensarlo ni voy a creer que Él (Dios) lo deje morir. Como los padres castigan a sus hijos desobedientes, así Él actúa con Rusia”. 

“Rusia tenía problemas, sí; los zares vivían como en otro mundo, seguramente sí, no sabían cómo vivía un campesino, pero los bolcheviques tampoco -reflexiona Alcázar- La revolución era necesaria y fue buena hasta que se convirtió en el horror totalitarista. Y desde el principio hubo chispazos de violencia y autoritarismo: eso fue el asesinato de los Románov, un aviso del horror que vendría después”. 

“Sé que todo esto no durará mucho”, escribía la zarina, esperanzada, a una amiga en diciembre de 1917. Siete meses después llegaba la inesperada masacre, de la que aún hoy no existen pruebas de si la ordenó Lenin, como apuntó Trotski. Aquella sangrienta noche de agosto, el Ejército rojo también mató a dos de los tres perros de la familia, solo se salvó Joy, el springer spaniel del zarévich, que, como apuntaba el propio Nicolás II en su diario un año antes, ya había sobrevivido a la mordedura de una serpiente durante un paseo. Joy sería adoptado por un coronel del Ejército blanco que llegó al lugar a los pocos días de la ejecución. Meses antes, su joven amo, de 13 años, preguntaba a su tutor: “Si ya no hay más zar, ¿quién va a dirigir Rusia?”. 

El hijo del zar, Alekséi, con su perro Joy.

La memoria de los zares, en la Rusia actual

“Ahora, en Rusia, la dinastía Romanov se percibe con más objetividad. Ya pasamos la época soviética y la negación del régimen monárquico. Gobernaron durante 300 años, son inherentes a la historia rusa y sin ellos Rusia hubiera sido distinta. Para los rusos la época de los zares es una época histórica”, explica la traductora Tatiana Shavaliova, que recuerda que la canonización de los Romanov por la Iglesia ortodoxa rusa en 1981 y en el 2000, “tiene que ver con la resignación y devoción de la familia en sus últimos días”, no con la valoración política del zar. 


De hecho, cada año se celebran en Ekaterimburgo “los días zarinos”, del 10 al 20 de julio, con exhibiciones, lecturas y conciertos y una procesión de 20 kilómetros hasta la catedral, construida cerca de donde tiraron los cadáveres.  

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