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ARRANQUE DEL FESTIVAL DE VERANO DE BARCELONA

El Grec alza el telón con una sobria epopeya

Oriol Broggi y su compañía ofrecen el 'El poema de Guilgamesh, rei d'Uruk' con bellas imágenes, treatro, música y danza

El público acogió con cinco minutos de aplausos pero sin mucho entusiasmo un montaje que duró cerca de dos horas

Marta Cervera

Una escena de El poema de Guilgamesh, montaje dirigido por Oriol Broggi, estrenado en el Teatre Grec.

Una escena de El poema de Guilgamesh, montaje dirigido por Oriol Broggi, estrenado en el Teatre Grec. / CARLOS MONTANYES

Oriol Broggi (Barcelona, 1971) se estrenó ayer en el Teatre Grec como director con 'El poema de Guilgamesh, rei d'Uruk', una milenaria epopeya sumeria en versión de de Jeroni Rubió que al final se hizo larga. Cesc Casadesús apostó este año, su segundo frente al Grec, por este relato cargado de historia servido por La Perla 29. Sorprendió por la bella plasticidad de algunas imágenes creadas con proyecciones y con sombras que extrajeron el máximo partido del espacio natural del anfiteatro. Aunque a los seguidores de Broggi todo les debía de sonar porque el director se mantuvo fiel a sí mismo, trabajando desde la austeridad y sin estridencias. A tenor de los aplausos del primer día, cinco minutos y nada efusiovos, no todo salió de perlas. El montaje, con brillantes momentos, fue irregular. 

El escenario cubierto de arena, como el suelo de la Biblioteca de Catalunya, ese singular y mágico espacio reconvertido con éxito en teatro, era una de las sorpresas de la noche. De él fueron emergiendo los sencillos objetos que los protagonistas utilizaban para revivir las increíbles proezas de Guilgamesh, un semidios simbolizado con ayuda de unas cañas. Ese sencillo elemento que Broggi ya utilizó en 'Èdip' fue una de las claves del montaje. El otro, el movimiento. La coreógrafa valenciana Marina Mascarell ha enriquecido el lenguaje corporal de actores que encarnan a Guilgamesh: Màrcia Cisteró, Toni Gomila, Sergi Torrecilla y David Vert.  Sutiles proyecciones, entre ellas imagénes de las antiguas de las ruinas de Persépolis -de la ciudad amurallada de Uruk que existió a orillas del Éufrates no queda nada- contribuyen también al relato.

Cisteró, Gomila, Torrecilla y Vert llevan el peso del relato. Están todo el rato en escena y se van alternando en la narración de la historia. Siempre contenidos, tanto en el tono como en la gestualidad, van explicando las increíbles aventuras de este poema épico transmitido de forma oral antes de ser fijado en tablillas de arcilla hace unos 5.000 años. Los principales personajes con los que el héroe se encuentra en su camino son interpretados por Clara Segura, Marta Marco, Ramon Vila y Lluís Soler. Y muchos actores afines a La Perla 29 aparecen en forma de coro o pueblo en diferentes escenas, ya sea para actuar o tan solo contribuir en determinadas acciones cuando la naturaleza desata toda su fuerza. En uno de esos momentos se levantó tal nube de polvo que hasta afectó al un sector del público.  

El problema de Guilgamesh que, como muchos poderosos, desprecia al pueblo y abusa de él. La humanidad no ha cambiado tanto en este aspecto, por desgracia, aunque quizá pensaran diferente los representantes de las principales instituciones y partidos políticos que acudieron al estreno. Este año rompieron con la tradición de ocupar la primera fila y se sentaron más atrás, en la séptima. La alcaldesa Ada Colau y Laura Borràs, 'consellera' de Cultura, entre otros asistieron al estreno. Y como es tradicional, la plana mayor de las artes escénicas, también acudió a la noche inaugural.   

Gigantesco Villegas

Pero sigamos con 'Guilgamesh'. Como la fe mueve montañas, los súbditos del rey de Uruk acuden a los dioses en busca de ayuda. Solícitos a sus deseos, los dioses optan por contrarrestar a Guilgamesh creando a Enkidu, encarnado por un brillante Ernest Villegas. Él también es un gigante, un ser de enormes proporciones y fuerza, como Guilgamesh pero de origen salvaje, tal y como se encarga de demostrar el actor que acaba el montaje más rebozado de arena que nadie.

Tras convertirse en hombre, se enfrentó sin miedo al rey de Uruk en una pelea épica que duró siete días. Pero Gilgamesh, cuando tenía a Enkidu en sus manos, prefirió perdonarle. Aquello fue el principio de una gran amistad entre dos seres que se contrarrestan y se compensan. Juntos llevarán adelante una serie de gestas pero Guilgamesh, nunca tiene bastante. Necesita ponerse a prueba constantemente y acaba desafiando a los dioses. Pese a las reticencias de su amigo juntos se lanzarán a una aventura  que lo cambiará todo. En ella desafiarán a los dioses. Como siempre, los héroes conseguirán la victoria pero el precio esta vez será muy alto.  

Broggi logró transportar al público a los orígenes de la humanidad a través de una historia mitológica cuyo texto acaba como al principio, invitando a disfrutar de las cosas pequeñas de la vida y a esa olvidarse de imposibles. La delicada música con laúd, violíb y buzuki de Yannis Papaioannou contribuyó a viajar en el tiempo y trasladar al público a la cuna de la civilización donde fueron halladas las primeras muestras de escritura cuneiforme con la historia de Guilgamesh, la primera de muchas historias de este Grec que mira a Oriente.   

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