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CRÓNICA

Tom Jones, la bomba sexual y el asceta

El cantante combinó sus 'hits' y el trascendente material de sus últimos discos en un poderoso recital en Pedralbes

Jordi Bianciotto

Tom Jones, en el festival Jardins de Pedralbes.

Tom Jones, en el festival Jardins de Pedralbes. / FERRAN SENDRA

En lugar de quedarse en un rincón lamentándose de que las listas de éxitos de hoy ya no son como las de antes, Tom Jones ha emprendido una hábil reconversión de su estilo y su personaje con sus tres discos publicados en esta década. Yendo a las fuentes del blues, el góspel y el country, el galés ha encontrado un modo creíble de perdurar más allá del ‘hit’, sin renunciar a sus clásicos pero envolviéndolos con arreglos refrescantes y atemporales, y luciendo una voz que conserva su poderío. Los auditorios siguen rugiendo a su paso, como este domingo en el Festival Jardins de Pedralbes.

Su fuelle pulmonar casó bien con esos registros de blues-rock áspero que abrieron la noche en ‘Burning hell’, de John Lee Hooker, y la tradicional ‘Run on’, ambas del disco que estrenó ese ciclo de madurez, ‘Praise & blame’ (2010). Al tercer tema, ‘Mama told me not to come’, de Randy Newman, aparecieron los tres metales, con lo cual la banda sumó hasta nueve músicos. Repertorio mestizo, diluyendo las fronteras de los géneros y escorándose hacia un soul vivificante en los homenajes a Sam Cooke (‘Shake’) y Solomon Burke (‘Cry to me’). Y en el blues trotón de ‘Take my love’, una dedicatoria melancólica a su esposa Melinda, fallecida en el 2016, que le acompañó, dijo, durante 59 años.

Contoneos y crucifijos

Una de las piruetas más llamativas de este Tom Jones otoñal es la manera en que se las ha apañado para conjugar la mística y la voluptuosidad. Porque en sus conciertos se dan la mano los contoneos de ‘Sex bomb’ y el fondo espiritual de ‘Motherless child’ (una pieza tradicional que en 1999 grabó con Portishead), y el crimen pasional de ‘Delilah’ convive con la llamada a la trascendencia ‘coheniana’ de ‘Tower of song’. Jones interpretó todas esas canciones como si vinieran del mismo lugar, combinando sin apuros la liturgia más grave (crucifijos en la pantalla de video enmarcando ‘Soul of a man’) con el country ligero (‘Green green grass of home’) y la lluvia de ‘hits’ que salpicó con desenfado el recinto en el tramo final: asaltos a ‘What’s new pussycat’, ‘It’s not unusual’ y ‘You can’t leave your hat on’ alejados de la superproducción pop, con acordeones y metales juguetones.

Un Tom Jones desmitificador de su catálogo, que se puso tierno en ‘What a wonderful world’ y que liberó testosterona a su clásico estilo en ‘Kiss’, “un homenaje al desaparecido gran genio Prince”. Pero, a los 78, el ‘tigre’ no solo quiere excitar, sino también reconfortar y hacer reflexionar, y ahí nos dejó, como cierre de la noche, el galope acusador de ‘Strange things happening every day’, de Sister Rosetta Tharpe, una canción considerada precursora del rock’n’roll que habla de hipocresías religiosas y dobles morales.

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