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IDEAS

Un presente sin ironías

Jordi Puntí

Elizabeth Moss, en El cuento de la criada.

Elizabeth Moss, en El cuento de la criada. / EL PERIÓDICO

Pasan los años y el célebre ensayo que David Foster Wallace publicó en 1993, 'E Unibus Pluram', sigue siendo una de las cosas más bien paridas, inteligentes y provocativas que se han escrito sobre la relación entre televisión, sociedad y literatura. Una de las líneas que DFW exploraba era la influencia de la cultura pop —sobre todo de corte televisivo— en la ficción norteamericana, y de qué forma la autoironía consciente de las comedias de situación se había ido trasladando a la narrativa. Se podía definir más o menos así: la novela realista norteamericana ya no reproducía el comportamiento humano y la realidad desde el presente, sino que los mostraba tal como se percibían en la televisión, es decir, bajo el filtro de la ironía y el ingenio constante.

Han pasado 25 años desde ese artículo y la televisión ha cambiado mucho. El año en que DFW murió, en 2008, se estrenó una serie como 'Breaking Bad', y 'Mad Men' llevaba sólo una temporada. Por no hablar de todo lo que vino después, de' True Detective' a 'House of Cards', de 'The Walking Dead' a 'Fargo' ... Es inevitable (y estimulante) imaginar qué habría pensado DFW del triunfo del formato de la teleserie, que ha atomizado los gustos de la ficción televisiva, alejándolos del ritmo semanal para llevarlos hacia un consumo compulsivo que se parece mucho más a la lectura de una novela de género.

Hoy en día, además, en las universidades americanas el artículo de DFW se estudia como punto de partida superado. La televisión ya no se encuentra en el centro de la cultura pop, y en el mundo de los hipsters, más preocupados por la autenticidad, la ironía ha dejado de ser uno de sus emblemas. Le daba vueltas el otro día, viendo la segunda temporada de 'El cuento de la criada', la serie de HBO. Basada en una novela de Margaret Atwood, la fuerza desoladora y oscura de lo que nos cuenta —un país totalitario y uniforme donde el feminismo o las alternativas de género o religión son combatidas con la muerte— nos golpea no porque imite la ficción, sino porque nos describe un futuro que cada vez se parece más al presente intolerante en que vivimos, el de la Europa dividida y de Trump separando niños de sus padres.

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