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EXPOSICIÓN

El Japón posatómico de Shomei Tomatsu

La Fundación Mapfre recorre la trayectoría del fotógrafo de los supervivientes de Nagasaki y de la ocupación estadounidense del país

Natàlia Farré

Imagen de uno de los soldados norteamericanos en Japón, tomada en 1969.

Imagen de uno de los soldados norteamericanos en Japón, tomada en 1969. / SHOMEI TOMATSU

Fotografía realista, sí, pero sin caer en lo documental o en el fotoperiodismo. La realidad pero rehuyendo de lo literal o de lo directo. E incluyendo siempre elementos vanguardistas, una perspectiva inesperada, un contrapicado... un elemento sorprendente. La realidad, aunque sin descartar un punto simbólico, surrealista, incluso absurdo. Ahí está la imagen de lo que aparentemente podría ser un pedazo de carne de un animal desollado, pero no; la realidad se impone y lo que muestra la instantánea es una botella de cerveza derretida y deformada por la onda de calor, la radiación y el fuego de la bomba atómica. Es una de las instantáneas más famosas del fotógrafo japonés Shomei Tomatsu (1930-2012), tan conocido y reconocido en su país natal como desconocido por estos lares.

'Botella derritida por y deformada por la onda de calor de la bomba atómica, la radiación y el fuego' (Nagasaki, 1961).

La citada imagen luce en la retrospectiva que le dedica la Fundación Mapfre en la que es la primera exposición en Barcelona de este artista considerado uno de los grandes de la fotografía del siglo XX. Y que, según Juan Vicente Aliaga, comisario de la exposición, "es tan importante, aunque mucho más vanguardista, que Henri Cartier Bresson". Ahí es nada. En total 180 imágenes que recorren la trayectoria de Tomatsu, desde las más famosas: las realizadas a los ‘hibakusha’, los supervivientes del terror atómico de Nagasaki, hasta las más bucólicas: las que muestran los cerezos en flor (de hecho, unas imágenes nada inocentes ya que el cerezo es símbolo de sacrificio, y sacrificarse por el país en Japón incluye el suicidio); pasando por retratos de Afganistán tomados en 1963, cuando el país aún no figuraba en los mapas occidentales, e imágenes sobre sexualidad.

Okinawa, la isla prohibida

Todo ello desde la singular mirada de un fotógrafo cuya producción no se entiende sin la segunda guerra mundial: “Su trabajo nace a la sombra de la guerra”, asegura Aliaga. Tomatsu no fue al frente, pero sí sufrió las consecuencias de los bombardeos en su ciudad natal, Nagoya, cuando tenía 15 años. Y comenzó retratando la devastación y la pobreza de un país derrotado y ocupado por los norteamericanos, una realidad, la de la ocupación, que también llena una parte importante de su corpus documental: no en vano las tropas estadounidenses siguen teniendo bases en el país. A Tomatsu le interesaba tanto la vida que se desarrollaba en las bases militares como las relaciones que se establecían, normalmente poco cordiales, entre los soldados y la población local. Ningún fotógrafo ha dedicado tantos metros de película al tema.  

Retrato de Tsuyo Kataoka, una de las supervivientes de Nagasaki, en  1961. / shomei tomatsu

Pese a ello su vocación por la fotografía nació del interés por una chica a la que enfocaba con la cámara. Aunque su primera imagen profesional (abre la exposición) es una mano cogiendo un huevo que emerge de unas hojas de periódicos y que se inspira en la ‘Metamorfosis de Narciso’ de Dalí. Surrealismo puro. Pero de ahí pasó al realismo sin solución de continuidad. Y al blanco y negro como colores predominantes. Hasta 1969, año en el que se produjo un antes y un después en su fotografía tras su primer viaje a Okinawa, ubicación de la base americana por excelencia y donde, por entonces, los japoneses tenían la entrada prohibida salvo permiso especial de por medio. La isla mantenía culturas autóctonas y costumbres perdidas en el norte, un ritmo de vida más relajado y una naturaleza que le hizo descubrir los colores.

'Sangre y rosas', retrato realizado en 1968 para una de las series dedicadas a la sexualidad. / SHOMEI TOMATSU

De sus viajes a Okinawa, llegó a vivir en la isla, salió su libro más importante, ‘El lápiz del sol’, y su interés por explorar las raíces del Japón más tradicional y las formas de vida que se perdían por el consumismo y la occidentalización del país. Así, sus imágenes se llenaron de color y de tradiciones, como los ‘chindonyasan’, personajes vestidos como en el periodo Edo que a través de instrumentos musicales atraían la atención del público y anunciaban toda clase de productos o tiendas. Y sus imágenes se llenaron, también, de un interés por la naturaleza. Ya que a pesar de que Tomatsu se concentró en la experiencia humana: los supervivientes de los bombardeos, las bases militares, las protestas contra el orden político imperante..., como contrapeso hizo series dedicadas a la belleza del mundo natural. Imágenes que cierran la exposición. Hasta el 16 de septiembre.