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Soldados estadounidenses en Vietnam, en 1954.

AFP

ENSAYO SOBRE LAS DROGAS EN LA GUERRA

Los cobayas humanos del LSD

Estados Unidos sometió durante la guerra fría a miles de soldados a experimentos secretos con la droga alucinógena buscando formas de librar guerras "más humanitarias"

Anna Abella

El LSD provoca alucinaciones, euforia o depresión, histeria, enajenamiento, pensamientos torrenciales, problemas de equilibrio, descoordinación motora, desorientación espacial y una intensidad sensorial desproporcionada. “No hace falta mucha imaginación para darse cuenta de cuáles podrían ser las consecuencias si la tripulación de un acorazado estuviera bajo sus efectos”, señala el doctor H.K. Beecher, citado por el profesor polaco Lukasz Kamienski en su reciente ensayo  ‘Las drogas en la guerra’ (Crítica, 2017). Ni es difícil entender por qué el 70% de los soldados estadounidenses desplegados en Vietnam en 1973 consumían algún tipo de droga para evadirse y sobrellevar la brutalidad de la guerra (el 31% tomaban sustancias psicodélicas, sobre todo, LSD; el 51%, marihuana, y el 28%, drogas duras como la heroína).  

Estados Unidos no tuvo reparos en realizar desde 1955, en el Arsenal Edgewood (Maryland), un programa de experimentos en soldados voluntarios (no siempre) con LSD (como ya venían haciendo con otras sustancias desde 1948). Era la guerra fría y, según un informe de la CIA, los soviéticos iban por delante en la guerra química. Buscaban, en plena era de amenaza nuclear, un arma como esta droga psicodélica, que incapacitara y no fuera letal y que, disuelta en agua, alimentos o como una nube tóxica, transformara al enemigo más entrenado y armado en unidades indisciplinadas, sin capacidad ofensiva ni resistente. Argumentaban, explica Kamienski, que una guerra incapacitante, “al librarse en un campo de batalla alucinógeno, sería mucho ‘más humanitaria’”, sin bombas ni fuego que amenazaran el patrimonio histórico y causando menos bajas en las tropas propias, que apenas hallarían resistencia.       

La mayoría de soldados se presentaron voluntarios como cobayas en los experimentos, pero no eran conscientes de los riesgos

Revela el libro cómo a algunos soldados se les administró LSD en el café sin su consentimiento y se les filmó con cámara oculta durante las maniobras. “No eran capaces de acatar las órdenes básicas ni de realizar las tareas rutinarias. La mayoría se reía por nada, se desternillaba y permanecía feliz durante el resto del día. Si esto les ocurriera a las tropas enemigas, serían derrotadas literalmente por la risa”. También el Ejército británico experimentó, en 1964, con LSD disuelto en agua sin que los soldados lo supieran y lo grabó: “El operador de radio era incapaz de usar los equipos, los francotiradores no daban en el blanco y el oficial al mando no podía localizar su posición sobre el terreno. Los soldados se reían, se tambaleaban y no podían concentrarse ni en la más sencilla de las tareas”. 

Durante los más de 20 años que duraron los experimentos en seres humanos del Arsenal Edgewood, 7.000 soldados de la base se presentaron voluntarios. Con ello lograban días libres, incentivos económicos, mejores barracones… Pero las pruebas también se extendieron a otras bases militares y a un millar de civiles en 12 universidades, hospitales y prisiones: eran adultos sanos, pacientes psiquiátricos y reclusos que no estaban informados, desconocían los riesgos y no habían dado su consentimiento. Y, aunque los soldados aceptaran voluntariamente ser cobayas, en realidad, según médicos como el psiquiatra James Ketchum, que creó y ejecutó el programa, la tropa, que “no tenía un nivel alto de educación” no comprendía los términos científicos que firmaban ni las secuelas a las que se exponían.  

"No tuve vida después de que me dieran LSD. Me quedé vacío. Vivía en un mundo crepuscular donde nada era real o importante”, denunció un soldado que fue torturado

Como suero de la verdad

El Ejército de EEUU también experimentó con LSD buscando un suero de la verdad para interrogatorios. Muchos de los conejillos de indias desconocían a qué se les sometía, como uno de los diversos testimonios que cita Kamienski, el del soldado negro James R. Thornwell, destinado en Francia y arrestado por robo de documentos confidenciales. Fue torturado: recluido en aislamiento, sin dormir, sin comida, agua ni retrete, humillado con insultos racistas y amenazas de muerte. Tras darle la droga le dijeron que si no hablaba, “el desagradable y horripilante estado mental que sufría no solo se prolongaría para siempre, sino que derivaría en paranoia”. “No tuve vida después de que me hicieran tomar LSD. Me quedé vacío. Vivía en un mundo crepuscular donde nada era real o importante”, denunciaba el militar, que pese a demandar al Gobierno y perder varios juicios no logró ser indemnizado hasta 1980 por la Cámara de Diputados. Cuatro años después lo hallaron muerto en su piscina. 

Otros interrogados con LSD, en Hawai, en 1962, confesaron tras suplicar que “no los mantuvieran en ese aterrador estado alucinógeno continuo que veían como una tortura”, otros amenazaron con suicidarse. 

Estados Unidos acabó cancelando los experimentos con LSD por “insuficiencia de datos, el carácter poco concluyente de las pruebas y los problemas de índole jurídica, política y ética” que suponían.   

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