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la experiencia

Del tripi ochentero a la "microdosis"

Nosotros hacíamos todo lo contrario de lo que recomiendan los manuales de uso del LSD

Kiko Amat

Del tripi ochentero a la "microdosis"

La última vez que tuve un tripi en las manos fue ayer. Me hallaba yo tomando una copa en un bar madrileño cuando el director de Cáñamo, con el mismo abandono que San Francisco de Asís cuando lanzó su ropa a los leprosos, me puso en la palma de la mano un nuevo ácido llamado "microdosis". Yo escruté aquel pedazo de papel secante de apariencia inocua. Luego miré a la mesa de al lado y vi a Clive Owen. Por un momento pensé que había asimilado el alucinógeno por osmosis. Solo después de palmearle los mofletes a Clive Owen (sí, era el real) aseveré que el ácido no podía haber surtido efecto, pues un paso elemental es tragarlo.

Entre 1991 y 93 mis amigos y yo tragamos numerosos tripis. En los manuales de uso advierten que el ácido lisérgico debe engullirse con zumo o agua, en un entorno controlado, de una fuente fidedigna, y que a menudo culmina en una rumbosa sesión de sexo hipersensible, así que nosotros hacíamos todo lo contrario. Nuestro cuadro operacional consistía en pillar cualquier cosa que nos vendiese cualquier sinvergüenza al margen de la ley (los minoristas que cubrían nuestras necesidades eran un peón de fábrica de confitura pluriempleado a narcotraficante y un fiestero de Ciutat Meridiana) y sin hacer preguntas.

Una vez el ácido llegaba a nuestras manos, procedíamos a engullirlo con tosquedad en el sitio más desaconsejable posible (bares atestados de quinquis, descampados fantasmales, zonas de prueba de armas atómicas), inundando los estómagos de cerveza y sin prestar atención a modalidad o potencia. En la época de los tripis, de hecho, la única clasificación orientativa estaba basada en los dibujitos del dorso (Gorbachev: flojos; Yin-yans: ectoplasmas de antepasados en cueros, etc.). Como si una cara de Bart Simpson, reproducible en cualquier copistería de barrio, fuese prueba irrefutable de la composición del producto.

Cuando el fármaco "bajaba", se procedía a repetir de lo mismo en dosis triplicada. En caso de que los dos minoristas habituales estuviesen entre rejas, se pillaba sin pestañear cualquier otra cosa que estuviese en un campo psicofarmacológico cercano. A continuación, uno procedía a desbarrar y perder la razón por estos mundos de Dios, acompañado de varios sujetos en peor estado que uno, sin anclaje alguno a la realidad, durante el máximo número de horas posible y sin decir más que paridas. Nadie comprobó lo del sexo hipersensible, jamás.

A menudo lo pasamos bien: como cuando tomamos MDOH ("Fresas") y empleamos una noche entera para recorrer una calle de 100 metros: cada paso era la AP-7, los portales desaparecían en el horizonte, como en un salto hiperespacial.   

De nuevo en el bar madrileño le echo un vistazo a la "microdosis", y pienso que non ho l'età, como cantó la eurovisiva. Mi cerebro es un parque de atracciones abandonado: siniestro, triste, lleno de tiovivos con tuercas flojas. Alguien podría salir herido, si engullo esto. Yo, posiblemente. Así que cierro los dedos y guardo la cosa en el bolsillo. Nunca se sabe.

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