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festival de cannes

David Robert Mitchell construye un laberinto pop en 'Under the silver lake'

El director usa un gran caudal de referentes de la cultura pop para crear algo único y raro

Nando Salvà

David Robert Mitchell, en Cannes.

David Robert Mitchell, en Cannes. / EFE / NICHOLAS HUNT

Hablar de 'Under the silver lake' sin mencionar siquiera a Philip Marlowe, ni al gran Lebowki, ni 'Mulholand Drive' o 'Chinatown' o 'El largo adiós' sería como intentar comer un perrito caliente sin ponerse los dedos perdidos de kétchup: además de resultar muy difícil, le quitaría parte de la diversion al asunto. Una de sus escenas, de hecho, parece funcionar a modo de admisión por parte del director David Robert Mitchell de que todo cuanto vemos en pantalla es puro reciclaje. Pero lo cierto es que como ya hizo en su segunda película, la magníficamente terrorífica 'It Follows', aquí Mitchell usa sus referentes para construir algo único.

Por las escenas de 'Under the silver lake' pasean un asesino de perros, una banda de música con aspecto de secta, un monarca vagabundo, una asesina con cara de búho, manuales para la resolución de jeroglíficos, teorías de la conspiración ocultas en cajas de cereales, y un pianista que asegura haber compuesto todas las canciones famosas de la historia, de 'Smells like teen spirit' a 'I want to know what love is'. Es una película rara.

Presentada este miércoles a concurso en el Festival de Cannes, está protagoniza Sam (Andrew Garfield), un 'loser' permanentemente fumado y urgentemente necesitado de un peine y una ducha, y que parece pasar la mayor parte de su tiempo masturbándose y espiando a sus vecinas. Cuando una de ellas desaparece, sin embargo, Sam decide ponerse en marcha y emprender una investigación a lo largo y ancho de Los Angeles. Lo vemos alternar los más bizarros encuentros sociales y fiestas y, en el proceso, poner a prueba su vasto conocimiento de la cultura pop para descubrir secretos oscuros sobre los que siempre fantaseó. Casi como si fuera un personaje de videojuego, resuelve acertijos que le dan acceso a una matrioska de mundos ocultos.

Mientras lo acompaña, Mitchell nos presenta numerosas pistas falsas, y misterios destinados a serlo para siempre, y personajes supuestamente relevantes que de repente desaparecen para no volver. Y, sobre todo, nos presenta momentos extraños y desconcertantes, uno tras otro y sin parar. Por momentos da la sensación de usar su vasto catálogo de ideas como si fueran libros de arte apilados sobre una mesa de café -es decir, como una forma de impresionar-, y eso hace que, viendo la película, por momentos uno se sienta tan extraviado como su calamitoso héroe. Puestos a perderse, eso sí, existen pocos lugares donde hacerlo tan fascinantes y exuberantes como el interior de 'Under the silver lake'.

A pleno pulmón

Cada vez que el director Stéphane Brizé y el actor Vincent Lindon se juntan es para hablar de la lucha del hombre corriente para mantener su dignidad frente a un mundo empeñado en arrebatársela. Lo hicieron primero en 'Mademoiselle Chambon' (2009), luego en 'La ley del mercado' (2015) y ahora vuelven a hacerlo en la otra aspirante a la Palma de Oro presentada el miércoles. Es una pena que en esta ocasión la fuerza se les haya ido por la boca.

Al principio de 'En guerre', los empleados de una planta de producción deciden ir a la huelga, y el resto de metraje de la película es una sucesión de escenas de pugna entre trabajadores y empresarios en las que los actores se chillan sin cesar los unos a los otros. El griterío sería menos molesto si no supiéramos en todo momento a quién beneficiará la resolución del conflicto. La película, en todo caso, culmina de una forma que resulta sorprendente aunque, eso sí, por el motivo equivocado: con un gesto de dramatismo desproporcionado que envuelve las luchas de su protagonista de victimismo y autocompasión.