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EL FESTIVAL DE CINE FRANCÉS

Cannes aplaude 'Cold war', de Pawel Pawlikowski

El director de la premiada 'Ida' retrata la vida bajo el yugo del estalinismo a través del trágico amor entre un músico y su musa

Nando Salvà

El cineasta Pawel Pawlikowski (centro) y los actores Joanna Kulig y Tomasz Kot, en la presentación de Cold war  en Cannes

El cineasta Pawel Pawlikowski (centro) y los actores Joanna Kulig y Tomasz Kot, en la presentación de Cold war  en Cannes / EFE / SEBASTIEN NOGIER

Lo que le pasó a Pawel Pawlikowski con Ida (2014) fue una anomalía. Las películas rodadas en blanco y negro y en polaco y consistentes en asépticas conversaciones no suelen recaudar milllones en todo el mundo ni obtener el Oscar, ni lograr que todo el que las ve se rinda a sus pies de forma hasta cierto punto inexplicable -en realidad, asumámoslo, está algo sobrevalorada-. Sea como sea, se entiende que el director polaco haya seguido un camino parecido en la película con la que este viernes ha presentado su candidatura a la Palma de Oro.

Cold war es compañera de viaje de su predecesora no solo porque comparte con ella las características arriba mencionadas. Ambas son historias obviamente intimistas pero también profundamente políticas. Si Ida se servía de la relación entre una novicia y su amarga tía para hablar de la conflictiva relación de la sociedad polaca con el legado del comunismo y la culpa colectiva frente al Holocausto, ahora Cold war retrata la vida bajo el yugo del estalinismo a través del trágico amor entre un músico y su musa.

Sí, contada en pocas palabras, la nueva película no tiene particularmente nada de extraordinaria: como tantas otras historias habla de cómo, cuando ya parece haber superado todos los obstáculos, el amor a menudo resulta no ser tan bueno como parecía; y aun así, en el peor de los casos, se niega a abandonar a quienes lo sufren, y los obsesiona, y les hace mucho daño, y hasta les destruye la vida.

Hace falta entrar en más detalles para describir lo que hace que sea especial: esa precisión narrativa que le permite no tener ni un plano ni una línea de diálogo de sobra; esas deslumbrantes composiciones que nos transportan de la Polonia rural a Berlín y de París a Zagreb; la fluidez con la que sugiere el paso del tiempo a través de momentos musicales que incluyen canciones populares campesinas, himnos propagandísticos, ritmos latinos, tríos de jazz y voces como Louis Armstrong, Billy Holiday y Adriano Celentano. Esa capacidad casi ilógica, por último, para despojar el drama de dramatismo y conseguir que las más hieráticas escenas e interpretaciones nos provoquen una respuesta inequívocamente emocional. Obviamente es demasiado pronto para decir si Cold war proporcionará a Pawlikowski el mismo éxito masivo que Ida pero, en caso de que así sea, esta vez no habrá motivos para sorprenderse.

Sorry Angel

Como Cold warSorry Angel es la historia de un romance que acaba mal; a diferencia de lo que sucede en aquella, es sí, aquí la funesta resolución se percibe menos como algo inevitable que como un golpe de efecto innecesario. Es quizá el más evidente punto flaco de la que, por otra parte, es la película que más cerca está de colmar finalmente las expectativas que un día se pusieron sobre el director Christophe Honoré.

También presentada hoy a concurso, Sorry Angel se sitúa en la París de 1993 para retratar a un escritor seropositivo y a los hombres con los que se relaciona, entre ellos un examante a punto de sucumbir ante la enfermedad y el joven estudiante que quizá será la última conquista de su vida. Es posible que el escritor y el estudiante deban entenderse como dos caras de la moneda o, mejor, como la misma persona -¿Honoré?- en dos tiempos distintos; el idealismo juvenil frente al fatalismo que impone la experiencia.

Honoré sigue sin ser el más centrado de los narradores: algunas escenas funcionan como páginas de guion a medio arrancar, y otras se prolongan tanto que su supuesto dramatismo se diluye por completo. El francés, asimismo, mantiene intacta su tendencia a abusar de las citas visuales de películas y canciones. Y por momentos la melancolía que despliega su mirada al sida cae en el tipo de afectado victimismo que con tanta habilidad evitó la reciente 120 revoluciones por minuto, premiada en este mismo festival el año pasado. Lo que a pesar de ello le otorga su valor es la autenticidad y la compasión que derrocha mientras contempla a un hombre que se abre al mundo y, sobre todo, a otro que se prepara para decirle adiós. 

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