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ÓPERA FURERA

'Die soldaten', la violencia de 'La Manada'

Carlus Padrissa estrena con éxito en Colonia su versión de la compleja 'Die soldaten', de Zimmermann, la ópera más radical del siglo XX

César López Rosell

Una escena de la producción de Die soldaten, de Zimmermann, dirigida por Carlus Padrissa, en Colonia.  / PAUL LECLAIRE

Una escena de la producción de Die soldaten, de Zimmermann, dirigida por Carlus Padrissa, en Colonia. 
Una escena de Die soldaten, dirigida por Carlus Padrissa.

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Un final tan escalofriante como apocalíptico de 'Die soldaten' (Los soldados), obra maestra de Bernd Alois Zimmermann (Bliesheim, Alemania, 1918-1970) sacudió este domingo el Statehouse de Colonia. La Oper Köln recordó el centenario del nacimiento del compositor con el montaje de esta obra a cargo de Carlus Padrissa, de La Fura. Él ha dado respuesta al desafío de poner en pie la ópera más compleja y radical del siglo XX en la misma ciudad en la que se desarrolló la carrera del músico y donde se estrenó en 1965, después de haber sido calificada como irrepresentable. El director ha ofrecido, 53 años después, una versión escénica circular, que es tal como la quería el autor, a diferencia de otras producciones hechas en teatros de ópera.

El público acogió con más de 10 minutos de sinceros aplausos la estremecedora función, sentado en el centro de la sala en unas sillas que permitían dar giros de 360 grados para contemplar la acción que se desenvolvía a su alrededor. En 135 metros de pantalla proyectan escenas filmadas y otras alusivas a lo que sucede. Una orquesta con un centenar de músicos, junto a dos combos de percusión, uno con teclado para respaldar a la coral, un grupo de jazz y la veintena de intérpretes y tres bailarines interactúan casi en contacto con los espectadores.

Teatro total

El montaje aúna a la vez pasado, presente y futuro de la acción, según la concepción de Zimmermann de la forma esférica del tiempo. El espectador no puede abarcarlo todo, pero la calidad del texto le permite seguir la trama sin problemas. La ópera, basada en una obra de Jacob Lenz de 1775 y concebida como una crítica a la sociedad de su tiempo, cobró una renovada dimensión en manos del compositor. Este creó una pieza de teatro total en la que el destino de los personajes aparece marcado por una fatalidad aplicable a cualquier época convulsa y de opresión del ser humano. Aunque él la escribió después de la segunda guerra mundial, de la que regresó con una intoxicación de plomo que le ocasionó graves problemas de salud y periodos de depresión que le llevaron al suicidio.

Los soldados del relato representan el despiadado comportamiento del ser humano cuando actúa en grupo

Padrissa ha seguido fielmente las indicaciones de Zimmermann, respaldado por la hija del compositor, Bettina, presente en la 'première' y encantada con el resultado. "En conjunto, me ha gustado", aseguró al acabar la función. El director catalán ha introducido guiños alusivos al movimiento #Me Too e incide en la "guerra de sexos" en la producción, creada en colaboración con Roland Olbeter (escenografía), Chu Uroz (vestuario) y Mireia Romero (coreografía). Los soldados del relato no están en combate, pero tratan a la mujer como los componentes de 'La Manada'. Ellos representan el comportamiento del ser humano cando actúa en grupo. La protagonista Marie (Emily Hindrichs) es una joven de la burguesía prometida al comerciante Stolzius que acaba siendo seducida por el barón y militar Desportes (Martin Koch), quien invitará a su rudo ayudante a que viole a la muchacha.

Acabará convertida en una prostituta. "Una puta nunca lo sería, si el hombre no contribuyera a ello", dice un personaje respondiendo a Desportes, que descalifica a las mujeres sin pensar que la degradación de ellas supone también la destrucción de la humanidad.  El militar acaba siendo envenenado por el despechado Stolzius. Tras el momento de la violación de Marie, tres bailarinas escenifican una agresión vengativa con patada incluida a las partes del agresor. El montaje pretende recoger la denuncia del colectivo femenino expresado estos días en las calles, pero está lleno de escenas chocantes y despiadadas, sobre todo en los pasajes de contenido sexual que reflejan también que la humanidad se viola a sí misma.

Él público acogió con sinceros aplausos la estremecedora función, con una versión circular como quería el autor 

El final es tan impactante como desesperanzador, con la cegadora luz de la explosión la bomba atómica sobre los ojos del público y la imagen de 23 hombres colgados con una soga después de masturbarse. La acción simboliza el uso que hacen de las nuevas redes digitales individuos solitarios y pervertidos miembros de una sociedad enferma. Un desfile de soldados muertos precede a la catástrofe. Se escuchan marchas, gritos en varios idiomas e imágenes de tanques. El padre de Marie, que en otras versiones no reconocía a su desfigurada hija en la calle, aquí sí lo hace.

François Xavier-Roch brilló en la dirección musical del evento. La partitura indica con precisión cada momento de la acción y aplica las recetas más convenientes. Aparece el serialismo de Zimmermann, pero añade sonidos de jazz, electrónicos o corales de Bach. Se pasa de delicadas configuraciones a ensordecedoras descargas de sonidos y ruidos obligando a los cantantes a un esfuerzo que va del cantábile al grito. 

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